Londres
Habíamos llegado los ocho amigos en horas de la tarde al Aeropuerto de Londres-Heathrow, uno de los más grandes y numerosos en cuanto afluencia de tránsito aéreo. Demoramos más de lo pensado, pues a Pía le habían enviado su equipaje en otro vuelo, tema por el cual, debimos esperar más de lo acostumbrado.
Habíamos llegado los ocho amigos en horas de la tarde al Aeropuerto de Londres-Heathrow, uno de los más grandes y numerosos en cuanto afluencia de tránsito aéreo. Demoramos más de lo pensado, pues a Pía le habían enviado su equipaje en otro vuelo, tema por el cual, debimos esperar más de lo acostumbrado.
Pero más aún se retraso la llegada, no por la famosa neblina de Londres, ni por los transportes, sino que esta vez fue responsable la ansiedad de Felipe, pues al entrar en el clima de las novelas de Arthur Conan Doyle, no pudo resistir la tentación de imaginarse los personajes de Sherlock Holmes. Por lo tanto, era obligada, aun con nuestros equipajes en mano, ir a la famosa calle ubicada entre Regen's Park y Oxford Street, donde la misma ayuda a evocar aquella Londres «dickensiana» típica de Holmes y varios de los relatos que figuran en sus novelas en el área de Trafalgar Square.
Apenas salimos del metro, nos topamos con la obra de John Doubleday, esa estatua en bronce de un hombre robusto que fuma su pipa imperturbable como se lo ve en infinidad de casos a los que debió resolver. También, ubicado en el museo, un caserón construido en 1815, que evoca detalle por detalle cada uno de sus diecisiete escalones, habitaciones con vista a Baker Street y su famosa chimenea que fue motivo de tantas escenas de reflexión para el famoso investigador. De la misma manera, se encuentran innumerables objetos que lo hacen característico: la pipa, el violín, el gorro de cazador, el equipo de química para hacer experimentos, sus pantuflas persas y cuadernos de apuntes.
Felipe no podía estar más emocionado, parecía un chico en una juguetería y todos compartíamos su entusiasmo y su sueño desde pequeño. Estar en la casa del célebre detective que inspiró un itinerario bien londinense tenía su magia.
Habíamos programado este viaje durante meses, Pía Godoy Cruz, Felipe Larrosa y Alejo Gómez Lazarte, mis mejores amigos, y yo, la mismísima, Fátima Flores Heredia.
Con Alejo, nos conocemos desde los tres años. Sus padres eran amigos del mío desde mucho antes que naciéramos y la amistad y el posterior amparo de ella hacia mí, nos hizo criarnos como hermanos. Debo reconocer que de adultos nuestras imágenes cambiaron y, aunque yo lo sigo viendo un hombre atractivo, con infinidad de cualidades, no pasa más que ser buenos amigos de la infancia, solo eso, hermanos desde el afecto. Nuestras charlas sobre nuestros sentimientos, nos llevaron noches sin dormir o bien quedarnos exhaustos, abrazados en un apretón fuerte para no romper lo que teníamos, esa amistad pura, sana, leal e incondicional. Sé que en muchas oportunidades mis palabras fueron destructivas para su entusiasmo en pensar que pasara algo más, pero no era el perfil que mi mente soñaba como hombre para toda la vida. Solamente es el soporte ante mi vida pasada y presente.
Mi madre nos abandono a mi padre, Oscar Flores Heredia y a mí, cuando era muy pequeña, tanto que no la recuerdo. Mi padre, un gran hombre de negocios y actual dueño de la gran empresa constructora en la que trabajamos juntos, supo repartirse para cumplir el rol de madre–padre y ser un progenitor muy presente desde mi corta vida.
Pero en cosas de mujercitas siempre acudía a Helena, madre de Alejo, que, hace tres años, falleció por una enfermedad cruel y repentina al lado de todos sus afectos incluyéndonos en ellos.
Alejo tiene dos hermanos varones mayores, con quienes también me llevo muy bien, pero pronto se pusieron de novio y fueron abandonando nuestras aventuras. En tanto, a Alejo y a mí siempre nos gusto la construcción y, si bien él eligió ser arquitecto y yo ingeniera civil, como mi padre, fusionamos muy bien en la empresa. Como verán, tenemos mucho mas que una infancia en común, también nuestras vidas laborales se juntan y se comparten.
Por nuestro entusiasmo en la organización del viaje, se fueron contagiando gente conocida y amistades de ambos en este viaje. Pía y yo sumamos a Carolina Romanelli, que fue compañera de facultad de Pía y con la cual pasamos muchas vacaciones juntas. De la manera, Alejo sumó a Felipe Larrosa, el loco de las novelas y de Sherlock Homes, con un gran título de médico general y una especialidad de médico forense y a Ariel Ramallo, que fue compañeros de escuela de Alejo.
Marcelo y Álvaro eran relaciones de ambos, pero no tan allegadas a mí, que en este caso se sumaron en una charla de café y se concretó lo que hoy es este viaje.
Como herencia del gran imperio, Londres, capital del Reino Unido, seduce a todo el que la visita. Sus costumbres, su clima tan inglés, su particular toque de diversidad, la cultura y la amabilidad de la gente fue algo que me conmovió.
Avanzada la tarde, llegamos al complejo, un dúplex donde nos alojaríamos todos, con un gran balcón en un segundo piso de grandes barandas de madera que daban al mismísimo Río Támesis. Río del sur de Inglaterra que nace en Glocestershire y desemboca en el mar del norte con una longitud de 364 km. La vista era más que espectacular y bella, hablaba por sí sola, sobre todo cuando las grandes luces de la cuidad y de las grandes edificaciones que teníamos ante los ojos comenzaban a iluminarse, mostrando la postal más surrealista de una ciudad centro del universo con una metrópoli aún más cosmopolita donde zorros y ardillas se mueven a sus anchas.
Deposité mis valijas en el suelo y con la mirada perdida hacia el gran ventanal, notando la belleza detrás de los cristales, salí corriendo hacia el cortinado, que parcialmente ocultaba el maravilloso paisaje que había detrás de él. Abrí los ventanales y salí hacia un deck de piso de madera con sillones haciendo juego, que hacían de mirador. Con las manos sobre mi boca, como no pudiendo creer que ante mis ojos se dibujara semejante paisaje de espectacularidad y belleza, no dejaba de llamar a todos para que contemplaran y compartieran lo que me llevaba a expresar los sentimientos de respeto, placer, fascinación y magnetismo por una ciudad que reunía todo y cada una de sus maravillas.
—Chicos no se pierdan este maravilloso paisaje digno de cualquier exposición de arte —expresé con gran entusiasmo.
Pese al cansancio que se apoderaba de todos, igual organizamos una cena y festejamos con el sonar de copas la llegada y el principio de un viaje que había sido programado por todos, desde hacía unos cuantos meses.
Pero el viaje ya era una realidad, comenzábamos a recorrer todos los diferentes países seleccionados con infinidad de culturas y paisajes pintorescos.
Me pareció oportuno llamar a mi padre para comunicarle de nuestra llegada. Teníamos intenciones de llamarnos día por medio y comunicarnos por Skype en la medida de lo posible para participarlo de nuestro recorrido y, por qué no, de nuestras aventuras.
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