Llevamos seis días recorriendo lugares de los más variados y del gusto de todos. El Palacio de Buckingham y su famoso cambio de guardia, el London Eye, el Museo Británico, la Torre de Londres, la Abadía de Westminster y demás. A veces nos dividíamos las mujeres por un lado y los hombres por otro, sobre todo avanzada la tarde cuando era el happy hour, donde ellos no dejaban ningún pub sin recorrer, ni ninguna buena cerveza sin degustar. En tanto, las mujeres nos deleitábamos con andar por barrios como el Hampstead —barrio hermoso del noroeste de la cuidad y famoso por ser el hogar de artistas e intelectuales— o simplemente estar en Trafalgar Square o la plaza Piccadilly Circus, donde sus calles y comercios son una verdadera magia para los ojos.
Los museos y castillos eran de gustos generalizados, pero había que reconocer que a la hora de recorrer las catedrales, los hombres hacían un paso al costado, aun cuando propusimos ir a la Catedral de San Pablo. A pesar de que no podían creer que nos había llevado cuatro horas recorrerla, fue tal el entusiasmo que pusimos en la vista que tenía, que al día siguiente lo tomaron en cuenta para hacerle una visita corta.
—Alejo, debes ir a conocerla por lo menos en superficialidad y te aseguro que también te va a gustar como monumento histórico de la resistencia durante la guerra. Es imponente su voluminosa majestuosidad. No puedes perdértela. Su arquitectura es formidable —comentó Fátima enfática.
—Sí, leí en un libro sobre la historia de Londres que la de la iglesia de la Catedral de San Pablo fue una de las casi 89 iglesias que se quemaron en el incendio de 1666 y que la restauración de su cúpula llevó años de trabajo —acotó Ariel con cierta curiosidad y contagiándose de nuestro entusiasmo.
—Es muy interesante en muchos aspectos e incluso si la visitan tengan especial observación en un lateral derecho donde hay una placa con los soldados caídos en Malvinas y un breve comentario sobre esa época —remarcó tristemente Pía, y agregó que uno de sus primos murió en combate.
—¡Está bien! ¡Está bien! Mañana la pondremos en la agenda del recorrido —argumentó Álvaro con cierto desgano, quien se entusiasmaba por lo moderno y trasgresor—. Lo que si mañana está en la agenda de todos los mercadillos, y eso si nos va a llevar gran cantidad de horas.
Y así fue, ellos salieron más temprano y luego quedamos en encontrarnos en la ribera del sur del Támesis en el mismísimo Borough Market, el mercado más antiguo de Londres. Los puestos que allí se encuentran valen la pena por el colorido, la variedad y la calidad de lo que ofrecen. Se pueden comprar productos frescos o artesanales de cualquier parte del mundo, desde mermeladas orgánicas, carnes exóticas y quesos franceses.
La idea era hacer una compra y cenar en el departamento para agruparnos todos y charlar sobre lo visto y programar el recorrido a futuro. En pocos días partiríamos a París y sus alrededores de campiña, permaneciendo allí algunos días y luego nuestro consolidado grupo partiría a rumbos diferentes.
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