Embajada de Argentina en Egipto
La crisis política en el país y las manifestaciones que se venían originando periódicamente sobrepasaban con creces los problemas de los últimos meses. Por ello, en la embajada había un movimiento inusual de gente, con rostros preocupados donde el sonido de los teléfonos y de las video conferencias eran música de fondo.
Desde los primeros días de protesta, el gobierno egipcio había censurado la mayoría de los medios de comunicación y utilizó medidas para bloquear los sitios web de Internet. En tanto, en los televisores que se veían en la embajada, se escuchaban noticias mucho más alarmantes de las que pasaba en los medios de comunicación masivos.
«El pasado lunes se registró un incremento en el uso de la violencia, tanto de los manifestantes como de la policía con el fallecimiento de uno de los participantes y un oficial de policía. La situación fue más violenta con el uso de armas, machetes y el incendio de varios edificios de gobierno. Horas después, el secretario de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña criticó la mano dura del gobierno egipcio en el alegato a favor de la reforma política».
Federico, sentado en uno de los bordes del sillón frente a la gran pantalla, escuchaba atentamente el relato la descripción de la situación y de los acontecimientos con expresión preocupada en su rostro. Rompió su concentración ante las noticias cuando escuchó que alguien golpeaba la puerta.
—Si, adelante —dijo.
—Hola Federico, perdona que te interrumpa.
—Por favor Fernando, adelante, nunca es molestia tu visita. Estoy asombrado por la locura que está ocurriendo en las calles. ¡No sé cómo va a terminar todo esto!
Lentamente, Fernando se acercó donde se encontraba Federico, lo saludó con un gran apretón de manos y, ante su presencia, no dejó de mostrar cara de sorprendido. No era común que Fernando se presentara en el despacho de Federico. Generalmente, su oficina filtraba todo trámite o problema antes de llegar a él. Si bien eran amigos desde hace mucho tiempo fuera del ambiente de trabajo, dentro del mismo, mantenían distancia y se respetaban mutuamente. La actitud poco común de Fernando fue percibida de inmediato por Federico y no hizo esperar la pregunta obligada:
—Algo no muy bueno está ocurriendo para que estés aquí personalmente por problemas laborales. Puedo percibir que tu rostro encierra algo más, ¿qué es lo que se escucha en las noticias? ¡Qué ocurre? —preguntó Federico, sin sacarle los ojos de encima.
—Como me conoces amigo, hay una situación, que debo decirte que considero delicada y complicada.
Federico era el Embajador de relaciones exteriores y ante estos incidentes debía estar atento en las negociaciones y proteger a los ciudadanos extranjeros en este país. Toda persona que se encuentre en situaciones irregulares, de peligro o dificultades en los lugares donde reside pasaba por sus manos.
—Siéntate, te escucho —dijo Federico.
—En los pasillos está el hermano y los amigos de una argentina que en los enfrentamientos del lunes en la Plaza Tahrir fue golpeada por personal policial y no se sabe nada de ella desde entonces. Ellos vieron lo ocurrido, pero ante el tumulto de gente fueron separados y la perdieron de vista y no tienen novedades hasta la fecha. Por su cuenta, concurrieron a todos los lugares posibles para conocer su paradero pero no han tenido suerte con ello y vinieron a solicitar ayuda.
—¡Carajo! —respondió Federico llevándose la mano al pelo negro azabache hacia atrás, un indicio de preocupación muy común en él.
—Por mi parte traté, de realizar los llamados y contactos necesarios para tener información pero no tuve éxito. Solamente averigüé que la policía tiene varios detenidos, pero en los lugares que busqué no tienen a nadie con sus características y te aseguro que son inconfundibles; son muy fáciles de rastrear. No sé que más hacer ni a dónde dirigirme. El hermano y los amigos están asustados y te aseguro que no es para menos. Me gustaría que escuches su relato. Temo que es un caso delicado.
—Me cambio y hazlos pasar por favor. Los atenderé aquí mismo —agregó Federico.
Fernando abrió las puertas de la gran habitación donde se encontraba y se dirigió a Pía, Felipe y Alejo que se encontraban en un gran pasillo a las afueras de las instalaciones. Desde lo ocurrido, no se separaban y realizaban todo tipo de trámites juntos. Su idioma les jugaba en contra, pero con el inglés podían llegar a distintos puertos, aunque sin resultados positivos.
—Pasen por favor, pónganse cómodos y esperen aquí al Señor Embajador Francisco Díaz Achabal —mencionó Fernando.
Era de esperar que se encontraran con un señor entrado en años, con cabello cano y de aspecto robusto. Al entrar al salón en tonos cremas con molduras y grandes puertas y detalles de estilo, los sorprendió las dimensiones del lugar y el gran ventanal que daba a los fondos con un hermoso jardín con infinidad de verdes perfectamente ornamentados.
Ante el asombro de los tres, se podía ver un televisor de grandísimas proporciones donde daban reportes de la situación social actual, pero que de inmediato se dieron cuenta que era interno de la embajada, pues no era lo que veían en los medios locales por televisión en el hotel. Sonaban los teléfonos y otras máquinas al mismo tiempo en las habitaciones contiguas, pero no se veía gente trabajando en ellas. Por uno de los laterales y cerrando la puerta a su paso, con una figura imponente y vestido de impecable traje azul y corbata celeste, apareció Federico, le extendió la mano a cada uno de ellos y se presentó.
—Por favor, tomen asiento, ¿a qué se debe su presencia y en qué los puedo ayudar?
Fernando entró nuevamente al salón y se quedó a presenciar el relato en el afán de que no se sintieran solos y apoyar la situación. Alejo tomó la palabra y comenzó detalladamente el relato desde el mismo momento y circunstancias en que salieron del Hotel hacia la plaza principal, donde ocurrió el incidente a Fátima.
Federico escuchaba atentamente el relato y con gran disimulo observaba a cada uno de ellos, solo interrumpiendo para realizar algunas preguntas, en pos de aclarar más el panorama y completar la historia de campo que el necesitaba.
Alejo, demostrando ya mucha angustia en su relato y con signos visibles de llevar noches sin dormir aclaraba:
—Ella llevaba en su cartera el pasaporte, la cámara y el celular. Si estuviera perdida, se hubiera comunicado enseguida con alguno de nosotros. Su celular no responde, esta mudo. Recorrimos todos los lugares posibles que nos informaron y no hay rastros.
Tanto los ojos de Alejo como los de sus amigos mostraban angustia y desazón ante la situación planteada.
Fernando no era ajeno a esta situación y realmente le daba mucha pena el escenario de estos compañeros que pedían información por su amiga desaparecida. Fue la expresión de su amigo que hizo reaccionar a Federico y con un tono de voz suave, tranquilizador, los miró a los ojos como solo él lo podía hacer y trató de calmarlos y dar palabras de aliento. Luego, expresó:
—El motivo por el cual no se comunica no los debe alarmar. Se cortaron las líneas telefónicas internas, las conexiones celulares por parte del gobierno al resto de la población e Internet.
Se levantó y se dirigió a otro extremo de la habitación.
—¿Me disculpan? —. Tomó un teléfono fijo para realizar unas llamadas.
Su aspecto era de un hombre que no llegaba a los 40 años, de contextura alta, corpulenta y fuerte, de cabello negro y lacio que le caía en cascada sobre la frente. Tez muy blanca, perfectamente atildado y afeitado, donde resaltaban aún más sus grandes ojos azules intensos que inspiraban confianza. Parecía más un modelo de publicidad de perfume masculino que un embajador. Se lo escuchaba hablar en un arameo coloquial de perfecta pronunciación y con pausas.
Mientras él hablaba por teléfono, era innegable que los amigos de Fátima le sacaban una ficha a ese hombre que confiaban que ayudaría en su búsqueda. Pía no se perdía detalle de sus movimientos y había quedado cautivada por su personalidad. Reconocían que el tipo tenía clase, su elegancia no era puro y simple protocolo social. Era un conjunto de educación, delicadeza y cultura que llevaba junto con un envase digno de destacar. Se podía decir que era un hombre integro, positivo y armonioso. Su seguridad al moverse y relacionarse lo hacían tener un aire de nobleza y sencillez al mismo tiempo, pero que no dejaba de la lado su naturalidad. Sin duda, reunía las cuatro características de las que siempre se las escuchaba hablar a las mujeres y que a los oídos de Alejo, dicho por Pía, le inspiraba algo de celos.
Su descripción era acertada, elegancia, naturalidad, distinción y belleza, sumándole como si fuera poco un detalle, que estaba a simple vista: inteligencia. Se podía ver en sus paredes diplomas de Abogado, Licenciado en Relaciones Internacionales y varios másteres en comunicación, relaciones diplomáticas y mediación.
Federico apartó el teléfono de su interlocutor en una de las tantas llamadas realizadas y ya en español, se dirigió a todos y pidió una descripción de Fátima, que de inmediato la comunicó al hombre al otro lado del teléfono.
—Es una mujer de unos 30 años, alta, cabello largo y rubio, ojos celestes que vestía en el momento una musculosa blanca con un short color crema y una camisa del mismo tono, un pañuelo al cuello con dibujos y unas botas cortas de cuero color suela.
Pía tomó su teléfono y rápidamente buscó una fotografía reciente de ella en ella y se la acercó a los ojos de Federico para que ayudara en su descripción. Él, tomando el aparato, sin sacar los ojos de encima de la fotografía y haciendo una mirada de soslayo a Pía, continuó:
—Luis, debo decirte que es muy llamativa y muy fácil de identificar en esta cultura. No se la puede haber tomado como una activista musulmana. Es muy claro que es turista. Llevaba con ella su pasaporte y su celular en una cartera pequeña. Si tengo algún otro detalle o rasgo significativo, te llamo. Espero novedades.
Colgó el teléfono y aún con la foto en mano preguntó:
—¿Hay algún otro rasgo significativo que puedan describir, como un tatuaje, una cicatriz, una mancha o un lunar?
Alejo bajó la vista y el gesto fue captado de inmediato por Federico.
—Por favor cualquier dato es de suma importancia —acotó Federico mirando al grupo.
—Un lunar de significativas proporciones detrás de su oreja derecha —agregó Alejo.
Y no le resultó necesario acotar más, pues tenía uno mas interesante al final de su espalda por la zona del sacro, que ocultaba con susprendas, pues no le gustaba mostrarlo y que había sido motivo de charlas entre Fátima y Alejo por lo mucho que le disgustaba.
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