29 de abril de 2015

Capítulo 6

Comenzaba a caer la tarde y todos presentaban signos de significativo cansancio. No habían detenido la búsqueda y eran continuos los llamados telefónicos y las informaciones cruzadas de los distintos organismos en las máquinas de las distintas dependencias.

Pero en un momento, ante un llamado de Fernando, se presentó una esperanza por parte de un oficial de policía. Federico, por el contenido de la conversación, pidió de inmediato continuar con la conversación para tener más detalles. Se podía observar que su rostro cambiaba de expresión y que en un anotador de su escritorio escribía algo que para ellos era irreconocible.

—Tenemos algo, debemos actuar con rapidez —dijo Federico con entusiasmo—. Fernando, llévalos al hotel y que esperen ahí nuestras noticias .En cuanto tengamos algo personalmente se los comunicaremos. Ahora, si me disculpan debemos marcharnos.

Antes de irse fue retenido por Alejo y Felipe, que con énfasis dijeron:

—Nosotros también vamos. ¡Lo acompañamos!

—¡No! No puedo arriesgarlos a esto, sería peligroso y en lugar de buscar a una persona tendría que cuidar a tres.

—Pero yo puedo ser útil. Soy médico y aunque me duela reconocerlo, sé que está lastimada. Puedo ayudar —agregó Felipe en un afán de convencerlo.

—Eso cambia las cosas,,, —meditó por un momento la propuesta y de inmediato contestó—: Prepárate. Vienes conmigo, pero ustedes dos sí van al hotel y tendrán una guardia en la puerta.

Su personalidad y su seguridad no daban argumento alguno para que alguien diga lo contrario. Se dispuso el operativo de ir en busca de Fátima bajo las órdenes de Federico.

Dentro del auto con escudo oficial en ambas puertas, Felipe y Federico —este último ya no con traje sino con campera y unos jeans— planteaban la estrategia para entrar y decir ni una palabra de más ni de menos.

Llegaron a un gran edificio de grandes columnas. La consigna era que Felipe se quedara en el auto hasta tener novedades, en tanto que Federico entraba para conocer el panorama. Solo bastaron treinta minutos para entrar nuevamente al auto y darle otra dirección a su chofer.

—¿Y?... ¿Qué ocurrió? —preguntó Felipe cuando Federico entró al auto con sus manos vacías y sin comentarios.

—Está en otra dependencia a unas cuadras de aquí. Ya estamos más cerca —contestó Federico con una simple mueca en su rostro.

Para Felipe fueron los minutos y las cuadras más largas de su vida. Se notaba visiblemente nervioso. Al llegar a una casa antigua de frente roído y con indicios de descuido, Federico le pidió a Felipe que bajara con él y se mantuviera alerta y a sus órdenes.

Cuando entraron, Federico —este hombre seguro de sí mismo y conocedor de los lugares a donde iba, de presencia imponente— sortea a los guardias de seguridad y se dirige directamente a un militar que estaba frente a una gran puerta de hierro. Intercambiaron unas palabras y desapareció de la escena con una rapidez poco común.

Felipe quedó parado, a la espera de una señal, pero no por ello tranquilo. Muy por el contrario, el ambiente estaba enrarecido, fresco y con falta de aseo.

En tanto, Federico caminaba por un pasillo angosto con paredes con manchas de humedad. El jefe que lo acompañaba, le abre con llave una puerta de reja donde en un rincón Federico ve a una mujer en un catre plano, sucio, sobre piso de tierra, en posición fetal. Su corazón estaba más acelerado que de costumbre y se sorprendió de percibir esa sensación, ya que había pasado por infinidad de situaciones peores que esta. Pero al verla a ella tan indefensa, acurrucada sin poder verle el rostro, se conmovió mucho. Se acercó al catre, retiro los cabellos que le cubrían el rostro y pudo notar que era la cara angelical, aunque algo deteriorada, de la foto que le habían mostrado. Con voz suave y acariciando con la yema de su dedo la frente, le hablo casi al oído.

—Hola, me llamo Federico. Vengo de la embajada y vine a sacarte de aquí. Confía en mí. ¿Puedes moverte?

A penas tenía fuerzas para mirarlo a los ojos. Su debilidad era extrema.

—Veo que tendré que aplicar todas mis fuerzas de sansón para sacarte. Solo agárrate de mi cuello, yo haré el resto.

Mientras trataba de ubicarse entre sus brazos e intentaba que su dolor no fuera más fuerte, una conversación rápida surgía de ambos hombres con cierta complicidad.

Al llegar a la puerta de entrada y ver que se llevaban a la cautiva, los guardias pretendieron retenerlo. De adentro, la orden fue mayor y de inmediato se hicieron paso para dejarlos pasar. Asombrado por lo que estaba viendo, Felipe ayudó y abrió el resto de las puertas y facilitó el ingreso al auto de Fátima en brazos de Federico.

—Rápido, Tarín. A la embajada. ¡Rápido! —expresó Federico con preocupación..

—Chiquita, ya paso Estás bien, estás con nosotros —dijo Felipe con voz dócil, tratando de ver las lastimaduras en el rostro de Fátima y acariciándole el cabello largo y alborotado—. ¿Dónde la llevamos? Tiene el pulso muy bajo, esta descompensada.

—Estaremos mejor si la llevamos a la enfermería de la embajada. Ahí tendrás junto con el equipo de enfermeras y ayudantes lo necesario para curarla. Si la llevamos a un hospital, necesitaríamos una guardia especial y por el momento quiero resguardarla en paredes conocidas —acotó Federico.

—Porque decís eso. ¿Qué ocurre? —preguntó Felipe con vos asustada, sabiendo que esa frase guardaba algo más.

—Luego te lo explico.

Llegaron por una puerta trasera y el equipo enfermería ya estaba listo. El estado de Fátima no era nada saludable Tenía heridas cortantes en una ceja y en el labio y ante los movimientos, por más simples que fueran, se quejaba de dolores.

La primera parte fue de las enfermeras que se encargaron de asearla por completo cuidadosamente, limpiarle los restos de sangre seca y sacarle la ropa que estaba impregnada de humedad y tierra. Luego con una bata, la colocaron en la sala de rayos donde se comprobó que tenía tres costillas rotas, una de ellas había perforado el pulmón y tenía un principio de pulmonía. Luego de los estudios y las curaciones de rigor, que en su mayoría fueron practicadas por Felipe y el resto del equipo médico, la trasladaron a una habitación de la sala de emergencias donde presentaba un aspecto mejor, pero igual de vulnerable y delicado. A su lado, acariciándole el pelo y hablándole en susurros, Felipe no se despegaba de ella, que a los ojos de muchos de los presentes sospechaban que eran pareja por el trato. Se sintió el llamado de la puerta y entró Federico con un aspecto no mucho mejor, pues se lo veía cansado y con cara de preocupación. Asomó su cabeza y preguntó:

—Permiso… ¿puedo interrumpir?

—Lógicamente, pasa —respondió Felipe y se levantó del borde de la cama y quedó simplemente sujetándole la mano a Fátima.

—¿Cómo se encuentra? ¿Qué diagnóstico tienes luego de la inspección completa que le han realizado?

—Considerando como la encontraste, mucho mejor. Recupero su pulso, se la está hidratando por vía intravenosa y tiene un soplo en el pulmón derecho dañado por la rotura de las costillas. Pero está controlado. Gracias Federico, te estaremos siempre agradecidos por esto. ¿Le comunicaste a los chicos? Deben estar desesperados. 

—Sí, Fernando los fue a buscar para que la vean, aunque creo que para su hermano será un golpe fuerte.

—Nunca sabrá como la encontraste. Eso le dolería mucho más y no se lo perdonaría.

Unos minutos después, Alejo y Pía entraron a la habitación. No reaccionaban ante el asombro de lo que estaba en presencia de ellos. Alejo dejo escapar de sus ojos unas lágrimas que con disimulo pudo limpiar, pero estaba perdido y absorto en mirar en las condiciones que se encontraba Fátima. Las manos de Alejo estudiaban el rostro de Fátima y cada una de las huellas que le habían dejado la feroz golpiza.

—Les aseguro que no me imaginé encontrarla en estas condiciones, pensé que estaría sólo golpeada y conmocionada por las circunstancias, pero no creí que había pasado por esto.

—Esta noche me quedo a cuidarla yo —se apuró a decir Pía con entusiasmo.

—Si me perdonan, creo que está segura aquí y controlada con el personal de enfermería Yo tan solo estoy a dos pisos de este departamento y ustedes están realmente cansados. Regresen al hotel, tomen un baño, coman y mañana les envío un auto para pasarlos a buscar y verla nuevamente —dijo Federico de manera amistosa y con cierta seguridad.

—Creo que dormirá toda la noche por los calmantes que le suministraron. No va a despertarse y es innecesaria nuestra presencia —comentó Felipe acariciando el cabello de Fátima aún mojado y que le caía por los hombros.

—¿Les parece bien si los espero afuera? Quiero comentarles un detalle —agregó Federico.

—¡Sí, cómo no! Sólo un momento más y salimos —acotó Alejo.

A la salida de la habitación dejaron a Fátima al cuidado de una enfermera. Estaba bien cuidada, el personal era de excelencia. Al final del pasillo, se veía preocupados a Federico y Fernando que hablaban en voz muy baja. Esa actitud, puso a todos en alerta de que había algo más en todo esto.

—Vengan, necesito hablan con ustedes —dijo Federico.

Se instalamos en una sala de reuniones donde había grandes cortinados, una mesa de nogal ovalada con gran cantidad de sillas a sus alrededores. Un lugar propio para conferencias. En una sala anterior, había un juego de sillones donde gentilmente Federico ofreció sus asientos.

Alejo percibió que algo no andaba bien y salió al salto enseguida para conocer el problema.

—Federico, por tu actitud debo pensar que esto no termina aquí, hay algo más en el rescate de Fátima que no sabemos? ¿Qué sucede?

—Si tienes razón, hay algo más. Cuando fuimos a buscar a tu hermana, el jefe de la división me dijo que el Príncipe Munir Kalar la vio cuando buscaba a otro prisionero de su orden y le dijo que se la guardara que a la noche la venía a buscar él, sin intermediarios. Quedó cautivado al verla y no se la llevo en ese momento porque la vio herida. Dijo que volvería personalmente con personal especializado para tratarla, pero que era de él. Por ello, nuestro apuro de sacarla de ese lugar antes que la trasladaran y también es la razón de no tener su cartera con el pasaporte, ni su celular, pues se los quedo él. Debo decirles que esto ya es una negociación, pues cuando un príncipe desea algo es muy difícil negarse a sus pedidos, que se lo saque de la cabeza, por más que se trate de una mujer y menos de una turista. Esto implica una negociación diplomática que deberé manejar muy bien para que no haya heridas posteriores.

—Pero no se puede adueñar de una persona como un objeto —resaltó Pía con voz enfadada.

—Sí, lo entiendo y, en nuestra cultura, es así. Pero ellos no respetan eso y con más razón si saben que es soltera y no está comprometida. Están acostumbrados a adquirir lo que señalan con el dedo a cualquier precio. Por eso les propongo que descansen, que confíen en nosotros y mañana volvemos a charlar de los próximos pasos a seguir. Nos esperan jornadas largas y difíciles. Aquí, está a salvo y segura.

Antes de retirarse a su casa-habitación, Federico pasó nuevamente por la sala donde se encontraba durmiendo Fátima. Al entrar, la enfermera esperó en la puerta a pedido de él. Quería contemplarla sin ser visto por ojos extraños. Quería estudiarla con detenimiento. En ese momento, ella oyó un ronroneo que no alcanzaba a descifrar:

—Eres más hermosa que lo que vi en la foto, de facciones delicadas, como pintadas, tu palidez te hace aún más dotada de hermosura natural, vulnerable, frágil. 

Por un momento, él se desconoció en apreciar a una mujer de esa forma. Él se preguntaba en silencio, que veía en ella que no había visto en otras mujeres, si apenas la conocía. Qué le despertaba esa mujer, que había caído por circunstancias de la vida en su territorio, si solo conocía su nombre.

Acarició con la palma de la mano sus mejillas y, casi en secreto, como en silencio, dijo:

—Descansa, yo te cuidaré.

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