Capítulo 9
A los chicos se los veía entusiasmados, pues con la ayuda de Fernando lograron concluir los trámites de las visas vencidas y el pasaporte en regla para salir del país. Ahora su viaje se podía concretar cuando ellos lo acomodaran, se podía decir que eran libres. Pero solo los ataba mi desafortunada situación, que aún no tenía indicios de cuando se normalizaría.
Pensaron por un momento en quedarse hasta que se resolviera la dificultad de mis papeles, pero debo reconocer, que ante la insistencia y la actitud manifestada de Federico, mis planes habían cambiado. Me había gustado mucho su propuesta y estaba dispuesta a correr el riesgo de conocer a ese hombre en profundidad, por lo que adopté una postura diferente a mi conducta anterior; con cierta serenidad y voz clara expresé mis sentimientos y mis deseos de quedarme.
—Chicos, mañana tienen la oportunidad de salir en un vuelo privado de la embajada, acompañados por Fernando. No pueden desperdiciar esta oportunidad. Renunciaron el resto del recorrido, ahora no pueden seguir pensando hasta cuando se quedarán por mi pasaporte y mis papeles. Les pido por favor que sean razonables y tomen ese avión de regreso. Yo estoy bien, me estoy recuperando y sé que con la ayuda de Federico lograremos lo antes posible la documentación —dije con seguridad y aplomo ante todos.
Pía notó que mi pedido encerraba algo más, que había algo en mí que había cambiado, que estaba diciendo que quería quedarme, cosa que por ello, no me sacaba los ojos de encima para poder entender más el significado de mis palabras. Con la familiaridad que nombre a Federico dejé revelada una situación que hasta hace unos días atrás era ajena.
—No puedo permitir abandonarte en esta situación, te estás recuperando de una buena golpiza, estas acosada por los árabes y pretendes que nos vayamos así, porque sí, como si la situación nos resultara ajena —dijo Alejo con tono enfadado y con las manos en la cabeza en señal de no entender lo que ocurría, sentado en el sillón.
—Alejo, si yo misma te estoy demostrando que no estoy preocupada y que confíes —señalé con mi mano a Federico y Fernando que escuchaban atentamente mi explicación— para lograr salir de este país también debes hacer lo mismo y no cegarte.
—Creo que me duele reconocerlo, pero tiene razón. Estando aquí, solo complicamos las cosas y no podemos hacer nada, porque nada, está a nuestro alcance —acotó Felipe.
—Opino lo mismo y confió que Fátima que nos está diciendo la verdad —afirmó Pía.
—Es más, yo estaría más tranquila si a papá le llevan el video que grabamos ya recuperada y tranquilizarlo ante el entorno y la posición en que me encuentro. Si están allá será todo más fácil y continuaremos comunicados. Confiará en ustedes.
—Bueno, ahora parece que soy yo el único idiota que me opongo —dijo contrariado Alejo.
—Si me permiten —intervino Federico—, han notado que tenemos un buen equipo y nos movemos rápido. Deseamos más que nada, que ustedes lleguen bien y que Fátima se recupere y salga todo bien de esto. Es nuestra obligación como profesionales hacerlo y bien. Por lo pronto yo asumo toda responsabilidad del bienestar y el regreso de Fátima, si eso los ayuda.
Había algo en las palabras de Federico, que sonaba a mucho más que compromiso laboral y creo que los testarudos hombres se empezaban a darse cuenta. Por parte de Pía, ya me miraba con una mueca en su rostro de satisfacción, que después de tantos años de amistad percibía que había algo más que ocultaba de nuestra relación. Y eso que no le había contado en su totalidad las palabras que habían llegado a mis oídos. Esas palabras de Federico que me habían dado pruebas que quería ocuparse de mí en forma personal y de solo pensarlo se me erizaba la piel.
Cuando los hombres se acercaron en bloque para hablar de más detalles y coordinar algunos pormenores, Pía me tomo del brazo llevándome a un rincón de la sala y con discreción y algo de júbilo preguntó sin rodeo.
—Dime de lo que me estoy perdiendo, dime que ya pasó algo en estas noches que estuvieron juntos bajo el mismo techo.
—¡No Pía, No! —contesté enérgica y segura.
—¿Entonces? ¿Por qué ese cambio repentino de actitud? ¿Por qué te brillan los ojos cuando lo nombras? Tu aparente serenidad y confianza no es ficticia, confías en ese hombre, que te reconozco que yo ya hubiese caído sin reparos entre sus brazos y dejaría que haga lo que quiera conmigo…
—¡Pía…! —Exclamé asombrada.
—¿Que sucede? ¡No me dejes afuera de esto amiga! ¡Ya sabes que los hombres de mis amigas tienen sarna! ¡Pero cuéntame que sucede! —insistía.
—Déjame intentarlo… es verdad, me suceden cosas que ni yo se explicar y que hay una respuesta de parte de él, quiero probar, tratarlo, conocerlo, me atrae mucho, me gusta de verdad, me seduce su inteligencia y personalidad. Solo confía en mí, permitirme que lo intente. Fue su propuesta de quedarme que cambio mi idea de pensar.
—No tienes que pedírmelo amiga, ya tienes el pase libre, no renuncies a la idea sin probarlo. De todo corazón apuesto en los dos, para desearles lo mejor. ¡Me gusta! ¡Adelante! —dijo Pía entusiasmada, conociendo más que nadie mi pasado con los hombres.
—Sólo debo pedirte que me ayudes para explicárselo a Alejo, no ser tan explícita en lo que charlamos, pero que persuadas a Alejo que es correcto lo que hacemos, de esta forma se lo trasmitirá a mi padre, de lo contrario si le pone dudas no lo convencerá. Solo abrevia el relato que te conté e insinúa que suelte el papel de hermano mayor.
—¡Ok, amiga, ok! Olvida ese trámite y deja que de ese terco me encargo yo.
Fue así como se improviso una cena y al día siguiente todos partiríamos para la despedida en el aeropuerto.
De regreso, en el auto conducido por su chofer y a solas con Federico en el asiento trasero, mis ojos estaban clavados en la ventanilla viendo sin ver y sin realizar comentario alguno. El respetaba mi silencio. Percibí que tomaba mi mano y acariciaba lenta y cariñosamente cada uno de mis dedos. Traté de mirarlo, pero al hacerlo mis ojos me traicionaron y deje rodar una lágrima por mi mejilla, cuando me tomo de los hombros me atrajo hasta su pecho, me arrullo entre sus brazos y mimando mi cabello me susurraba al oído…
—Llora si lo necesitas, pero recuerda que estoy contigo.
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