Nos habíamos comunicado en la mañana temprano, por el cambio de horario por skype, con los chicos y mi padre que estaban todos reunidos en su casa. Fue maravilloso después de tanto tiempo, ver detrás de una pantalla, a mi padre, que daba indicios de compostura, pero que en su rostro se lo veía con cierta tristeza y preocupación por tenerme tan lejos.
Había quedado sensible y algo aturdida por la comunicación. No era fácil tener todos mis afectos a distancia, en dos mundos tan diferentes. Permanecí por largo rato con sentimientos encontrados, por un lado con deseos de volver y estar compartiendo una reunión familiar y por el otro no quería irme del lado de Federico. Intuía que en cualquier momento ocurría el desenlace de tener que marcharme y aunque no habíamos tocado el tema, sabía que podía ser la separación definitiva y un cambio radical en nuestras vidas.
Hasta en un momento sospeché que me estaba ocultando algo de mis papeles para que se demorara mi partida, pues poco y nada me hablaba de ello. Motivo por el cual muchas de las actividades las realizábamos con custodia o bien dentro de la embajada.
Pertenecíamos a dos mundos diferentes. Él se sentía cómodo, adaptado a la cultura egipcia y sus costumbres, aunque había que reconocer que se manejaba en un nivel diferente a la del resto de los musulmanes, le gustaba mucho lo que hacía, permitiéndose acceder a otro tipo de vida. En cambio mi posición era diferente. Al trabajar en Buenos Aires en la empresa de mi padre, si bien tenía mucha libertad, nuestro trabajo era estresante y cambiaba momento a momento las circunstancias. Sobre todo con la actual situación política y el nivel de operaciones que manejábamos, que no nos daba respiro y estábamos en un riesgo permanente de hacer un mal negocio.
Por lo ocurrido, consideré oportuno preguntarle a Federico si podía usar la piscina para relajarme, teniendo que interrumpirlo en su lugar de trabajo. Me acerque al despacho donde trabajaba con sus máquinas y teléfonos. Toque la puerta suavemente…
—¡Si!... adelante… — Se escuchó su voz segura y masculina.
Asomando solo mi cara muy suavemente pregunté…
—¿Puedo pasar y hacerte una consulta?
—Por supuesto encantadora dama, adelante es un honor tenerte aquí — me responde con una sonrisa triunfante de lado a lado sin despegar la vista de la pantalla de la computadora.
Sin levantarse de la silla y estirando su mano me invita a sentarme en su falda, acto que me resistí pero su invitación fue tan terminante que acepté en el acto. Era preferible no contradecirle en sus palabras, ni acciones. Tenía una personalidad muy fuerte y arrolladora.
—¿A qué se debe tan encantadora visita? —acariciando mi espalda y mi pelo, me hablaba con una voz muy sensual e irresistible.
—Quería preguntarte si tengo posibilidades de usar las instalaciones de la piscina —me miró a los ojos muy serio y decisivo, cuando contestó.
—No tienes que pedirme permiso para usar cualquiera de las instalaciones de la embajada, este lugar te pertenece y puedes hacer uso y abuso de ellas— contestó firme y hasta molesto.
—No quiero abusar de toda tu hospitalidad, ya Ema me trata como uno más de la casa, me consciente en todo, te interrumpo en tus tareas y solo te traigo complicaciones—mientras hablaba le tomaba con mi mano el borde de su pelo sobre el cuello de la camisa y jugaban mis dedos con sus botones de la camisa de hilo impecablemente planchada— me encantaba estar de ese modo en su lugar de trabajo. Sabía que estaba jugando con fuego.
—Señorita, usted aquí no es una invitada y si no fuera que tengo cosas pendiente, yo mismo iría con usted a relajarme y mucho mejor en su presencia, por eso le sugiero que use las instalaciones que quiera y como quiera porque está en todo su derecho.—Se lo escuchaba contundente y categórico en su expresión, pero jovial. — Es más, te propongo que si deseas, hoy está el entrenador y el equipo completo en el gimnasio y podías hacer una sesión de masajes y de Spa completos.
—¿También hay entrenador y masajista? —argumenté sorprendida abriendo mis ojos lo más que pude, en tono de asombro.
—Te sugiero que no sigas hablando con ese tono seductor, jugando con mi botón y mi cabello porque no vas a lograr nada de lo que te ofrecí y te encierro en mi cuarto. ¿Entendiste? — Refutó firme, mirándome fijo.
Era tan fascinante y atractiva su postura que me incitó a desafiarlo. Me resultó elocuente jugar de esa forma para ver hasta donde llegaba y si tenía sentido del humor. Me propuse continuar con el juego de provocación…
—Qué lástima que estas tan ocupado…, pero no te preocupes, ¿dijiste masajista?¿ Hombre o mujer?
—Preguntaba con mi boca rozando su oído.
—¡Fátima… no sigas!
—Solo preguntaba —y extendía mis manos para acariciar sus costillas por sobre la camisa rozando levemente su tetilla.
Vi como cerraba sus ojos y se dejaba llevar, hasta podía notar que su piel se ponía más tensa soltando un suspiro sugestivo mientras mi boca rodeaba su cuello con su olor a perfume cautivador...Por un instante pensé que lo tenía controlado y ya estaba bajo mis efectos cuando de golpe…
Me tomó de ambas muñecas y su fuerza arrolladora me inmovilizó, comenzando un juego de caricias con la mano que le quedaba libre recorriendo mi entre pierna. Afortunadamente tenía shorts y no era de un acceso tan libre, sino más bien limitado, de lo contrario había perdido la batalla en solo segundos. Era un juego sugestivo porque mientras me acariciaba me hablaba al oído y cuando quería decirle algo me tapaba la boca con la suya empujando su lengua y paralizándome aún más contra el escritorio.
Me salvo un llamado a la puerta que de inmediato nos acomodamos y dejamos sutilmente ubicados para que solo fuera una charla distendida.
—¡Si!, ¿Quién es?—preguntó con tono imperativo y mirándome de reojo.
—Federico, soy Fernando, tengo novedades.
—Si pasa, por favor.
Al entrar y vernos del otro lado del escritorio, yo de espaldas apoyada sobre el borde y él en el sillón de su escritorio, sutilmente comentó…
—Si… estaban ocupados puedo regresar luego, no se preocupen—dijo algo confundido y sospechando que habíamos dejado algo a medias.
—No, no, para nada Fernando yo ya me iba, solo le estaba preguntado por las instalaciones y el uso de la piscina—dije con una sonrisa en mi boca y rodeando el escritorio para acercándome a darle un beso a Fernando como saludo. Me retiro y desde la puerta mirándolo a los ojos azules intensos que derrochaban furia me anime a decir…
—Que buena idea tuviste la del masajista, gracias. — y me retiré victoriosa de haber ganado una batalla, frente a la situación.
El placer que sentía en estar en el agua relajando mis músculos y mi cabeza era sorprendente. Todo mi cuerpo me lo agradecía pues debo reconocer que hasta mi pelvis estaba necesitando una relajación intensa.
Las instalaciones donde se encontraba la piscina cubierta, con grandes ventanales que daban a un gran jardín con una fuente en los fondos daba una sensación placentera y relajante, te invitaba a recrearte de muchas maneras, no solo, por poder hacer unos largos con total tranquilidad, sino por las comodidades de tener personal que te traía agua mineral, toallas a cada rato y te organizaban las siguientes horas con cuidados de la piel y masajes. Fue una jornada reconfortante y necesaria, pues de alguna manera había recuperado fuerzas y el bienestar que sentía era pleno. Luego de unos días intensos de disfrutarnos mutuamente y donde todo el escenario transcurría de su dormitorio al mío y con la complicidad de las paredes de la embajada, tenía la necesidad de transitar por otros lugares en presencia de él. Sabía que las calles no eran del todo seguras para una cita romántica con buen vino y velas, pero no me animaba a manifestarle a Federico mi inquietud de salir de las paredes conocidas y veía muy difícil otras opciones. Mi aliada era la piscina, que era un lugar seguro sin ser atormentada por los ojos ajenos y donde me manejaba en total libertad. En una de las tantas visitas de Federico, para confirmar mi estado, me aviso que en la noche “teníamos” una cena con el Embajador de Turquía. No tuve oportunidad de negarme y cuestionar el por qué debía ir y en señal de que, pues fue una comunicación corta y como su carácter lo acompañaba, más que una petición fue una imposición, cosa que dejaba una charla y duda pendiente.
Solicité la ayuda de Ema para poder encontrar en mi valija un atuendo para la ocasión. En París, en unos de los tantos paseos, me había comprado en la Galería Lafayette, varios vestidos de diferentes estilos y eso me podía ayudar para la ocasión presentada. Fue una tarde diferente pues no solo pase largo tiempo exfoliando mi piel, acondicionando mi cabello y seleccionando mi atuendo, sino que fue una verdadera situación de complicidad con Ema, donde disfrutábamos ambas de nuestros intercambios entre risas y comentarios, me contó muchos detalles de este hombre que cada día se instalaba más en mi vida y que sin duda pasaba a ocupar la mayor parte de mis pensamientos y sentimientos. Me hacía olvidar de donde me encontraba, de la hostilidad del país en que me encontraba, porque junto a ellos me sentía en una burbuja.
Llegada la hora de salida y esperándome en el living de la casa – habitación estaba Federico, mirando sus mensajes en el celular, con un impecable traje azul oscuro de finísimo corte que le quedaba estupendamente bien, con una camisa blanca y una corbata de seda con flores azules, blancas y rojas que resaltaban en su rostro impecablemente afeitado y su cabello negro aún mojado. Se lo veía irresistible, tentador y sumamente atractivo.
El ruido de la aproximación de mis zapatos de taco, hicieron levantar su mirada y note como sus facciones pasaban de una seriedad laboral a una magnífica sonrisa de satisfacción. Me había colocado un vestido con pollera con algo de vuelo, corte princesa, de color colorado fuego que llegaba por debajo de las rodillas. En su parte superior tenía unos pliegues que cubrían mis brazos. Completaba mi atuendo un par de zapatos con boca de pescado en raso al tono con plataforma y solo llevaba un par de aros de brillante con una piedra al tono como accesorio. Mi cabello largo estaba recogido en una cola de caballo caída, con efectos de rulos en las puntas y flojo con mechones informales sobre el rostro, para descontracturar el look. Mi maquillaje era suave resaltando mis ojos pero le di una importancia mayor al tono de mi boca, del mismo color del vestido.
Vi su cara de asombro al verme. Reflejaba una admiración y deseo que me llenó de ternura y estirando su mano para que fuera a su encuentro, se acerca a mi oído y comenta en un ronroneo hechicero…
—Esta hermosa mujer vestida de diablo ¿es toda para mí?, si no fuera que estamos ajustados de tiempo te haría el amor en este mismo momento, hueles exquisita y estas bellísima.
—Señor, usted como diplomático debe guardar su postura y controlar su temperamento—dije tomándolo del cuello, rozando a penas con mi mejilla su cara.
—Y yo te dije que solo eso era con temas de trabajo, en cuestiones personales y de placer ante tan maravilloso diablillo frente a mis ojos, le haría cosas que ni el mismo infierno perdonaría.
—Muy mal señor, muy mal, debe controlar sus impulsos.
Y tomándome por la cintura con su brazo derecho y descubriendo mi cuello me dio un beso intenso, fogoso, movido por el deseo que para sorpresa y haciendo juego con mi atuendo me encendía en mi propio fuego.
—Esto es el comienzo… no quiero tocar tu boca para no correr tu labial que te queda sumamente seductor ¡Vamos porque me haces perder la cabeza!
Tomando mi mano, me llevo hasta la salida con la mirada de todo el personal hasta la llegada del auto donde nos esperaba Tarín, su chofer.
El lugar era de un lujo sorprendente. Paredes con cuadros grandísimos enmarcados en oro y alfombras de un colorido muy sutil pero con señal de una calidad asombrosa. No tenía la menor idea con que me encontraría. Sin soltar mi mano me llevó hasta una habitación donde una gran mesa para veinte personas como mínimo, se encontraba en el centro del salón.
Lentamente nos fuimos acercando a los hombres y mujeres que en unos sillones se encontraban a la espera de comenzar el evento. Fui presentada ante ellos por Federico muy formalmente. Debo reconocer que no escuché el nombre, ni el rango, de cada uno, pues quedé paralizada al escuchar de sus labios su presentación. Federico a cada uno de los presentes expresaba…
— Señora Alfar, señor embajador de Turquía, les presento a Fátima Flores Heredia<< mi mujer>>.
Creí que era fuerte, que superaba cualquier situación, pero debo reconocer que esto me excedía. Vi las miradas de Fernando y Marcos, el Embajador mayor de Egipto, en la Argentina, que estaba al tanto de lo nuestro y que apoyaba a ambos en la recuperación y negociación de mi documentación, que me miraban con una sonrisa cómplice, y que a su vez me llenaba de vergüenza. Acercándose en un movimiento entre la gente y buscando mi figura Fernando me dice…
—Fuerte ¿No?... tu hombre acaba de presentarte ante toda esta gente como SU MUJER… hasta yo quedé sorprendido y te aseguro que en él es toda una revelación. Jamás lo vi tan feliz y eso se debe a que estas a su lado.
Y apoyó sus labios en una copa de champagne que por sobre ella, me miraba con una sonrisa de satisfacción y complicidad por su amigo. Con el transcurso del tiempo que compartíamos, Fernando sabía del avance de nuestra relación y más de una vez a la espera de la llegada de Federico, me había contado el cambio que se había producido en él y que la unión de nuestra pareja era del agrada de muchos en la embajada. Sobre todo hizo referencia a Marcos, que tenía profundo respeto por la mujer y la familia, donde siempre dejaba en claro que con eso no se jugaba y que no podían ser marionetas de la vida profesional que llevaban los embajadores.
Transcurrió la cena en total camaradería, fui objeto de preguntas sobre a que me dedicaba en Buenos Aires, ayudé a entender el significado de ingredientes en los platos que nos presentaban. Traté de ayudar con mi francés a la mujer del embajador de Francia, que no se defendía con el castellano, ni con el inglés y quería comunicarse con el resto de las otras damas. Esto dejo sorprendido a Federico, con la soltura y naturalidad que había entablado relación con las diferentes mujeres, mi habilidad para comunicarme con el idioma y el manejo de las relaciones sociales que eran desconocidas, le estaban mostrando otra faceta de mi personalidad. Me veía distendida y a gusto en ese ambiente. Noté en su rostro un tejo de admiración y orgullo por mi capacidad de adaptación a la situación y percibía que pese a que estábamos a distancia nos conectábamos y no me incomodaban las circunstancias.
En un momento de la noche donde se ofrecía una copa en los jardines, antes del baile, Federico me tomó de la mano y me llevo a un cuarto forrado íntegramente en madera, con un gran escritorio en el centro y cortinados grandísimos en los dos únicos ventanales que daban a otro sector de la amplia sala. Algo extrañada por el cambio de rumbo de la velada pregunté sorprendida…
—¿Pasa algo?, ¿ porque me trajiste hasta aquí?
Él tomó su celular y dio una orden corta y precisa que no entendí. De inmediato aparecía Tarín con una caja dorada que dejaba arriba del escritorio. Con una mueca de sonrisa en sus labios y apoyado sobre una de las paredes de nogal, me miró con esos ojos intensos, azules y me dijo…
—¡Ábrela!, es tuya.
Con cierto recelo fui hasta el escritorio. Por mi cuerpo corrían un sinfín de sensaciones diferentes, nervios, intriga, sorpresa, donde no podía asimilar de que se trataba todo eso y que era lo que contenía. Mi cara demostró por completo la sorpresa al abrirla y al levantar la vista y ver su rostro no pude evitar que se me cayera una lágrima de alegría.
En ella estaba prolijamente acomodada mi cartera, pasaporte, celular y cámara de fotos. Dejando a un lado todo el contenido, salí en su búsqueda, lo abrace y bese fuertemente demostrando sin reparos la alegría que manifestaba tener en mi poder esos objetos. Desde el inicio de nuestro abrazo y beso, todo fue intenso, fogoso, y enteramente mutuo, movido por mi alegría y el deseo de tenerlo junto a mí. Más fuerte que en otras ocasiones, más seguro, más poderoso. Se extendía por debajo de nuestras pieles y nos hacía jadear de placer y saborearnos mutuamente. Lenta pero no menos apasionado me llevó hasta el escritorio y sin despegar sus labios de los míos me acomodo encima dejando que sus manos hicieran estragos en mi vestido. Estaba de frente a mí y separaba mis piernas recorriendo desde los tobillos hasta mis partes más íntimas con sus besos y sus manos deleitándose en cada movimiento que realizaba. Cada beso se convirtió en un silencioso duelo de incitación donde desplegaba sin duda su experiencia, pero mi deseo y entusiasmo por lo que vendría ponía mi sello particular de inocencia. Cuando sus dedos sacaron mi ropa interior de seda, deje soltar un espasmo entrecortado por la sorpresa. Ahí y ahora, en ese lugar, me iba hacer suya nuevamente y era la primera vez que no me importaba las circunstancias. Sus manos eran mágicas, recorrían mis extremidades y provocaban curvas de placer que facilitaban su accionar. Levantó mis piernas y sujetó mis rodillas teniendo a su merced mi sexo en donde en un afán de quitarlo en esa postura me incorporé y logré que su fuerza se apoderara más de mí, sintiendo más placer donde solo alcancé a decir en un hilo de voz…
—Fede…¡ por favor!…
—Levantando sus ojos y mirándome tiernamente me dijo…
—Repítelo…
Aturdida por su pedido le pregunte…
—¿Que repita qué?
—Mi nombre… como lo dijiste.
Suspirando profundo y rindiéndome a sus besos que se habían apoderado de todo mi cuerpo y comenzaba el viaje de su miembro dentro mío, me volvió a repetir…
—Dímelo de nuevo… me encanta escucharlo de tu boca como suena.
Y ante cada embestida de placer y goce total de ambos, repetía a su oído su nombre dulcemente incitándolo a un placer mayor que percibía que le corría hasta la médula. En cada movimiento alcanzamos límites irresistibles e incontrolables que en perfecta sinfonía terminamos en un grito sonoro y demoledor para ambos. Llegando al placer supremo, sintiéndonos ambos triunfadores de un momento único e irrepetible. Tomándolo por el cuello y él, apretando mi cintura, quedamos por unos segundos en esa posición, extasiados por las emociones percibidas, a mi oído sentí una voz dulce, seductora y tierna que me decía…
—¿Sabes una cosa?... Jamás había sentido nada igual, ni una sola vez en todos mis años, hubo una mujer que me completara como lo haces tú. Sexualmente eres encantadora y hoy me sentí orgulloso presentándote en sociedad, con la gente que me conoce de hace años.
Ante semejante declaración me corrió un estremecimiento que obligó a separarnos y su pregunta fue
obligada…
obligada…
—¿Tienes frío? debemos acomodarnos y volver, muestra ausencia va a despertar sospechas…
No era frío lo que me ocurría, este hombre estaba instalándose tan adentro mío de tantas maneras que me estaba desarmando de a poquito con sus palabras y sus encantos. Como poder resistirme a tantas emociones juntas y no tener estos efectos que me provocaba. Se arregló su ropa, se acomodó su cabello y tomó algo del suelo que colocó en su bolsillo del saco.
—Te espero en la sala, arréglate tranquila, a la izquierda hay un baño pequeño pero útil. No tardes…
Abriendo escasamente la puerta y con medio cuerpo a fuera escucho, que me dice…
—¡Te quiero!— su voz sonaba dulce y sincera.
—Yo también—respondí tímidamente.
Al bajar del escritorio creí que tenía piernas de papel, era una sensación extraña pero muy placentera. Comencé a buscar mi bombacha que debía estar en el suelo. En la guerra de sexo que habíamos provocado, sentí cuando la deslizaba y no podía estar en otro lado que alrededor del escritorio.
—¡Mierda!,¿ donde está?,¡ no la encuentro!—rezongaba para mis adentros.
Recorrí todo el perímetro y debajo del escritorio. De haber entrado alguien y ver mi posición debajo del escritorio en cuatro patas hubiese sido difícil explicar mi actitud. No vi nada. No era algo que pasara desapercibido ya que era de seda roja de GILLY HICKS, comprada en parís, del mismo lugar donde compre el vestido. Trate de acomodarme lo más que pude y salí con mi caja en mano lo más indiferente posible por si había ojos a la vista, pero con un gesto oculto de preocupación. Había perdido una prenda, motivo por el cual no llevaba nada debajo de mi vestido. ¿Y si había quedado en un rincón que con el apuro no la vi?
Qué vergüenza, donde estaba mi dignidad. Yo, que criticaba el sexo casual y en lugares diferentes a un dormitorio cuando lo veía en las películas. Yo, que decía que no era necesario. Que había que ser moderado, controlar los impulso ¿ yo? Ahora estaba en el mismo juego cambiando de opinión y haciendo el amor en un escritorio que valla a saber de quién era.
Me desconocía…. Pero me gustaba mi cambio.
A unos metros vi la figura de Tarín y le alcancé la caja, quien con una sonrisa cómplice me la tomo entre sus manos y me hizo una reverencia. En una actitud aparentemente segura pero reconociendo que estaba desprotegida caminé hasta donde se escuchaban voces y risas.
Al entrar vi su figura inconfundible y tentadora de espalda con una copa en la mano en el grupo de hombres junto a Fernando y Marcos. Lentamente me acerque, me ofrecieron, en el camino una copa de champagne, que acepte, ya que tenía mi boca seca e intolerable por mis nervios y me sumé al grupo donde me daban la bienvenida. Mi asombro por tantas miradas sospechosas me ruborizó, ¿Sabrían lo que había pasado en el escritorio?..., y de inmediato busque ayuda en los ojos de Federico, en pensar que estaban al tanto de lo nuestro, pero él notó mi preocupación y mi desconcierto y antes que pueda equivocarme, comentó…
—¡Y bueno…, están esperanto que comentes tu apreciación sobre lo que encontraste en la caja dorada Fátima!— comento con una sonrisa socarrona y su copa a media boca.
Creí que se me derrumbaba el piso, mi imaginación había tomado otro curso y gracias al tacto de Federico logré centrarme en la situación.
—Cómo verán, no salgo de mi asombro y mi emoción, me dejó sin palabras, pues no me imaginé nunca encontrarme con todas mis pertenencias en esa caja. Realmente estoy desconcertada—y fue cuando mis ojos se abrieron aún más y mi expresión fue más significativa cuando vi mi ropa interior en el bolsillo del saco de Federico arreglado como si fuera un fino y delicado pañuelo de seda.
Él no me sacaba los ojos de encima y se podía notar en su rostro una satisfacción irresistible, victoriosa, por lo sucedido y por los carriles que conducía la conversación.
—Te vemos aún sorprendida y emocionada por el contenido. ¿No habrás pensado que con ese tamaño era un anillo?—dijo en una humorada uno de los presentes.
—¿Que te imaginaste que era?—preguntó sorprendido Fernando.
—En realidad…— hice una pausa que note que los ojos de Federico eran como flecha hacia mi persona.
—En realidad…, debo decir que no tuve tiempo en pensar en nada en especial, si me sorprendió la llegada de Tarín con la caja en mano, pero no fui rápida al respecto. Solo debo decir que al abrirla percibí una alegría inmensa. Fue tan sorprendente el contenido de la caja que me quedé sin palabras, me paralicé y no sentí nada más. Solo puedo decirles que estoy muy feliz y agradecida. En cierta forma, logre la libertad gracias a ustedes.
—Creo que se lo debes enteramente a Federico más que a nosotros, pues sus negociaciones dieron frutos y logró apaciguar las pretensiones del Príncipe— comentó seguro Fernando.
—Y doy fe, que fueron muchas — acotó Marcos.
Para mí fue toda una revelación.¿ Qué era eso de pretensiones del Príncipe?,¿ de qué estaban hablando? Había algo que desconocía. Yo pensé que la militancia egipcia tenía mis documentos. Esto merecía una explicación por parte de Federico para entender lo sucedido.
Se desvió la conversación porque el Embajador quería decir unas palabras. Federico se ubicó detrás de mí y a mi oído escuche que murmuraba…
—¿Así que no sentiste más nada?, eres una pésima mentirosa— esbozo Federico con una sonrisa socarrona.
—Devuélveme lo que es mío— refuté con los dientes apretados.
—No creo que sea conveniente aquí y en este momento, ¿ no te parece?¡ A la vista de todos!
—Me siento molesta sin ropa interior.
—Mmmmmmmmm, ni me lo digas que te imagino y empiezo a tener otra erección.
—Fede,¡por favor contrólate! no me pongas incómoda, es una situación desagradable.
—Yo diría lo contrario, es muy sensual la situación, pero… perdona, yo no olvido mis pertenencias… sos vos la que está perdiendo las cosas.
—¡Eres un malvado!— contesté algo molesta.
—¡Y vos encantadora!
De inmediato se escucharon aplausos por el mensaje del Embajador y volvió a decir a mis espaldas.
—¡Viste… hasta te aplauden !—dijo con una sonrisa cómplice y su copa en la boca.
Me di vuelta algo enérgica y vio que en mis ojos había un destello de exasperación y que podía reaccionar de cualquier forma…. aún no me conocía, y fue cuando me tomó de la cintura para calmar mi furia y me dio un beso pujante delante de la gente, que de inmediato se escuchó la sugerencia de un brindis. Él con su copa en mano, me mira a los ojos, choca las copas en señal de brindis y expresa con un guiño…
—¡Por nosotros!
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