Capítulo
23
—¿Vas a pasar otra noche con frío? Besos. F.
—¿No te mereces una noche más relajada en lugar de tanto trabajo? Besos.
F.
—Federico cuando puedas llámame.F.
—¡Permiso Fati…!— como
acostumbraba a llamarme Alejo.
— Si, pasa Ale,
siéntate, termino de enviar este mail y te escucho.
Sentado
en frente de mi escritorio revisaba unos papeles en su carpeta…
—¡Si!, dime…
— Necesito
cerrar unos contratos de trabajo contigo antes que te secuestre Federico y te
lleve de la oficina con otras intenciones.
—¡ No, no te
preocupes!, no tenemos nada arreglado—respondí riéndome.
Pasamos
varias horas con uno y otro tema de
trabajo amenizando con charlas privadas y comentarios risueños por parte de él.
Eso me llevó hacer horario corrido y me extraño no tener novedades de Federico
por lo que tome mi celular, entrada la tarde y comencé a mandar unos mensajes
muy sugestivos ya que las noches anterior debido a su trabajo no habíamos
estado juntos.
No
obtuve respuesta inmediata y pasada la media hora intenté otro …
Comenzó
a caer la tarde y me marché del estudio con la intención de pasar de sorpresa
por su departamento, sin previo, una
llamada. Me sorprendió que su casilla estuviera llena saltando de inmediato el contestador. Lo intente de nuevo y esta vez
deje un mensaje algo corto pero no menos preocupante para mis adentros.
Mi
preocupación iba en aumento al igual que
las sensaciones de mi cuerpo, que ya me daban un mal presagio. ¡Bueno tal vez
tenía una reunión de trabajo!. Se había complicado la situación de Egipto que
no se deslumbraba a corto plazo, una tregua para la revolución armada. Pero me
extrañaba mucho que no se comunicara en toda la noche y lo que iba del día.
Llegue
a la entrada de su departamento y vi mucho movimiento, coches negros
estacionados y obstaculizando la entrada principal. Consideré oportuno tomar de
la guantera de mi auto el control remoto del portón donde también guardaba sus
llaves, estacioné en la cochera de costumbre asignada para mi auto. Todo estaba
en su lugar, su camioneta 4x4, su BMW. Por un momento me alegré en pensar que
estaba allí y que mis miedos debían desaparecer. Al subir por la cochera debía
pasar por el hall principal donde me
sorprendió la presencia de dos señores vestidos con túnicas grises – thawb- con
chaquetas – kirbs- abiertas, donde asomaban un cuerpo corpulento y un abdomen prominente
con sus respectivos turbantes blancos en su cabeza.
Dos
hombres más con traje tradicional
cruzados de brazos y con cara de pocos amigos custodiaban el lugar. Eran sin
duda musulmanes y pensaba que había quedado atrás la pesadilla de ese país que
no me había dado muy buena bienvenida, por adentro, tenía ganas de sacar la de mal
carácter y perra que llevaba y gritarles
que se fueran de aquí, que este no era
su lugar, que no pertenecían a este territorio.
Solo sé que mientras subía a su piso, algo
en mi reflexionó y afirmó mis dudas, si las tenía, no quería volver a pisar ese
país. Consideré en el trayecto del ascensor que tal vez era una visita oficial
y estaba en una reunión de trabajo, donde por un momento pensé en retroceder y
volver al auto a mi departamento y esperar su llamado. Intenté llamar de nuevo
a su teléfono y definitivamente su línea
no estaba disponible.
¿Podía estar cargándolo porque se quedó sin
batería? ¡Esta en una reunión y no quiere ser interrumpido!, ¡
Lo tiene en silencio ,no está al alcance de su vista y no ve la
pantalla!. Mil cosas se me ocurrían pero ninguna calmaba mi malestar. Subí
al piso nueve y al abrirse las puertas creí caer en picada por un precipicio al
toparme en su puerta con dos hombres más con thawb grises y turbante. Toqué el
timbre, considere oportuno no usar las llaves, los hombres miraban con sus ojos
penetrantes y sus brazos en jarra todos mis movimientos, algo en su idioma me
preguntaron, a lo que les contesté con una mueca en mi rostro… sabía bien lo
que me decían… era un saludo amistoso para ellos, pero <<no>> muy agradable para mí.
Intenté tocar el timbre nuevamente y mi
dedo quedo suspendido en el aire cuando la puerta se abrió y su imagen
masculina me invitaba a entrar con un ademán y su cara de asombro. La situación
me sorprendió, se lo veía abatido, con barba crecida, vestido de forma
informal.
Dentro
del gran living con la vista hacia el rio se percibía la imagen de una mujer netamente musulmana vestida con una
túnica de color celeste claro ornamentada con hilos de oro, piedras turquesa
y coralinas. De no saber que era el
atuendo de una hija de un príncipe, diría
que estaba lista para concurrir a una fiesta. No mas lejos de ella sentado en
uno de los grandes sillones de Federico se encontraba un hombre mayor con otro atuendo árabe, con ojos profundos y haciendo su saludo característico.
Se dirigió hacia mí con una frase en arameo que no quise entender, por alguna
razón me resultaba extraña su visita y no me veía amigable, aunque mis buenos modales no los perdía.
Tuve
la sensación de encontrarme en una jaula y lo único que quería era correr,
quería desaparecer, en ese lugar estaba
de más y no me equivocaba.
Federico
me extendió su mano que con recelo y algo de desconfianza deje en su poder. La
conversación continuó su curso y mis ojos preguntaban desesperadamente una señal sobre las circunstancias. Esperaba una frase,
¡no te preocupes, está todo bien!,¡ son temas de trabajo! —¡ Ya
terminamos y se van, quédate tranquila, están de visita! — pero
nada de eso ocurría… fue cuando se abrió
camino y dijo ante todos…
—¡Permiso…!— me llevo al escritorio de su departamento, cerró la puerta tras entrar
y en un tono desconocido comenzó a
caminar, de un lado al otro de la habitación, con una mano en su cintura y otra
tirando su pelo hacia atrás, síntoma
revelador que la situación era preocupante.
Sabía
que ese tono y esa postura no era nada bueno lo que estaba ocurriendo. Quería
dejarlo hablar, pero mis oídos estaban nulos de sonido y de entendimiento. Su expresión cambiaba
porque sin duda mi rostro le marcaba mi desconfianza y porque no, mi enojo. Su
explicación me enceguecía. En un intento de acercarse y tomarme por la cintura
mi rechazo fue una pauta clara que esa
situación no me gustaba y que mi retroceso le marco mi impulso de salir de ahí.
—Fátima, por favor esto no es lo que te imaginas,
este es el Príncipe Munir Kalar con su hija, entiende que di mi palabra… — de
inmediato corte su frase.
—¡Por favor!...¡ no sigas!, es inútil no puedo
asimilar tanta información. Vuelve a Egipto. Esto me confirma que todo lo
relacionado a ese país mata nuestras relaciones. Si de algo estoy segura después
de lo vivido que no quiero volver hablar de ese país y mucho menos volver a él.
—Fátima entiende, se razonable, trataré de solucionar este mal entendido
y regresaré aquí contigo.
—¿Tú crees en los malos entendidos?, pues yo no, creo que aquí hay algo
más que claro, debes volver y viajar con esa musulmana porque el padre te pidió
que la protegieras aquí y no quieres hacerte cargo de tus promesas y ¿me pides
que sea razonable?—Dije en tono enfurecido mirando sus grandes ojos
azules abatidos y cansados.
Me encaminé hacia la puerta de salida y el
hizo un último intento de detener mi
cólera, a lo que le respondí con mi voz entrecortada y mis dientes pegados de
rabia…
—Suéltame, no tengo nada que hacer aquí.
Salí
del cuarto tomando mi cartera, salude con un movimiento de cabeza a quienes
estaban presente y me dirigí al ascensor donde sus puertas quedaron clavadas
con la imagen de un hombre con un par de ojos cansados, de espaldas anchas enfundadas en una
camisa blanca que me decían…
—Por favor no te vayas así,
tranquilízate.
Quite
sus manos con un gesto sencillo pero no menos decisivo sobre la firmeza que
colocaba en detener las puertas y sin emitir palabra me retiré hacia la cochera
a buscar mi auto y salir lo antes posible
de ese escenario que me ahogaba. Me sentía desarmada, mis piernas a
penas se afirmaban en los pedales para conducir sin rumbo. A la salida del
edificio tope con la presencia de Fernando que también iba a su departamento y
solo esboce un saludo con la mano desde mi auto y una sonrisa falsa de
simpatía, continuando mi marcha. Quería estar sola, quería procesar lo
ocurrido. Mi celular comenzó a sonar con su canción y consideré oportuno
apagarlo. No quería más explicaciones.
Volver
a mi departamento implicaría que me encontraría fácilmente, sería el primer
lugar donde acudiría y no deseaba eso.
No deseaba estar con nadie y menos con él, no quería preocupar a mi padre con problemas
sentimentales. Pensé por un momento ir a lo de Pía donde hubiese encontrado un lugar, un espacio
y un rincón tranquilo para llorar con unos brazos amigos. Pero debía pensar,
serenarme. Se me ocurrió parar en el subsuelo de la cochera del Shopping y
llorar, llorar, llorar hasta que me dolieran los ojos.
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