30 de julio de 2016

Capitulo 23


   Capítulo 23

—¡Permiso Fati…!— como acostumbraba a llamarme Alejo.
— Si, pasa Ale, siéntate, termino de enviar este mail y te escucho.
Sentado en frente de mi escritorio revisaba unos papeles en su carpeta…
—¡Si!, dime…
— Necesito cerrar unos contratos de trabajo contigo antes que te secuestre Federico y te lleve de la oficina con otras intenciones.
—¡ No, no te preocupes!, no tenemos nada arreglado—respondí riéndome.
Pasamos varias horas  con uno y otro tema de trabajo amenizando con charlas privadas y comentarios risueños por parte de él. Eso me llevó hacer horario corrido y me extraño no tener novedades de Federico por lo que tome mi celular, entrada la tarde y comencé a mandar unos mensajes muy sugestivos ya que las noches anterior debido a su trabajo no habíamos estado juntos.
—¿Vas a pasar otra noche con frío? Besos. F.

 No obtuve respuesta inmediata y pasada la media hora intenté otro …

—¿No te mereces una noche más relajada en lugar de tanto trabajo? Besos. F.
Comenzó a caer la tarde y me marché del estudio con la intención de pasar de sorpresa por su departamento, sin  previo, una llamada. Me sorprendió que su casilla estuviera llena   saltando de inmediato  el contestador. Lo intente de nuevo y esta vez deje un mensaje algo corto pero no menos preocupante para mis adentros.
—Federico cuando puedas llámame.F.
Mi preocupación  iba en aumento al igual que las sensaciones de mi cuerpo, que ya me daban un mal presagio. ¡Bueno tal vez tenía una reunión de trabajo!. Se había complicado la situación de Egipto que no se deslumbraba a corto plazo, una tregua para la revolución armada. Pero me extrañaba mucho que no se comunicara en toda la noche y lo que iba del día.
Llegue a la entrada de su departamento y vi mucho movimiento, coches negros estacionados y obstaculizando la entrada principal. Consideré oportuno tomar de la guantera de mi auto el control remoto del portón donde también guardaba sus llaves, estacioné en la cochera de costumbre asignada para mi auto. Todo estaba en su lugar, su camioneta 4x4, su BMW. Por un momento me alegré en pensar que estaba allí y que mis miedos debían desaparecer. Al subir por la cochera debía pasar por el hall principal  donde me sorprendió la presencia de dos señores vestidos con túnicas grises – thawb- con chaquetas – kirbs- abiertas, donde asomaban un cuerpo corpulento y un abdomen prominente con sus respectivos turbantes blancos en su cabeza.
 Dos  hombres más  con traje tradicional cruzados de brazos y con cara de pocos amigos custodiaban el lugar. Eran sin duda musulmanes y pensaba que había quedado atrás la pesadilla de ese país que no me había dado muy buena  bienvenida,  por adentro, tenía ganas de sacar la de mal carácter y perra  que llevaba y gritarles que se fueran  de aquí, que este no era su lugar, que  no pertenecían a este territorio. Solo sé que mientras subía  a su piso, algo en mi reflexionó y afirmó mis dudas, si las tenía, no quería volver a pisar ese país. Consideré en el trayecto del ascensor que tal vez era una visita oficial y estaba en una reunión de trabajo, donde por un momento pensé en retroceder y volver al auto a mi departamento y esperar su llamado. Intenté llamar de nuevo a su teléfono y definitivamente  su línea no estaba disponible.                                                                
¿Podía estar cargándolo porque se quedó sin batería? ¡Esta en una reunión y no quiere ser interrumpido!, ¡ Lo tiene en silencio ,no está al alcance de su vista y no ve la pantalla!. Mil cosas se me ocurrían pero ninguna calmaba mi malestar. Subí al piso nueve y al abrirse las puertas creí caer en picada por un precipicio al toparme en su puerta con dos hombres más con thawb grises y turbante. Toqué el timbre, considere oportuno no usar las llaves, los hombres miraban con sus ojos penetrantes y sus brazos en jarra todos mis movimientos, algo en su idioma me preguntaron, a lo que les contesté con una mueca en mi rostro… sabía bien lo que me decían… era un saludo amistoso para ellos,  pero <<no>> muy agradable para mí. Intenté  tocar el timbre nuevamente y mi dedo quedo suspendido en el aire cuando la puerta se abrió y su imagen masculina me invitaba a entrar con un ademán y su cara de asombro. La situación me sorprendió, se lo veía abatido, con barba crecida, vestido de forma informal.
Dentro del gran living con la vista hacia el rio se percibía la imagen de una  mujer netamente musulmana vestida con una túnica de color celeste claro ornamentada con hilos de oro, piedras turquesa y  coralinas. De no saber que era el atuendo de una hija de  un príncipe, diría que estaba lista para concurrir a una fiesta. No mas lejos de ella sentado en uno de los grandes sillones de Federico se encontraba un hombre  mayor con otro atuendo árabe, con ojos  profundos y haciendo su saludo característico. Se dirigió hacia mí con una frase en arameo que no quise entender, por alguna razón me resultaba extraña su visita y no me veía amigable,  aunque mis buenos modales no los perdía.
Tuve la sensación de encontrarme en una jaula y lo único que quería era correr, quería desaparecer,  en ese lugar estaba de más y no me equivocaba.
Federico me extendió su mano que con recelo y algo de desconfianza deje en su poder. La conversación continuó su curso y mis ojos preguntaban desesperadamente una señal  sobre las circunstancias. Esperaba una frase, ¡no te preocupes, está todo bien!,¡ son temas de trabajo! —¡ Ya  terminamos y se van, quédate tranquila, están de visita! — pero nada de eso ocurría…  fue cuando se abrió camino y dijo ante todos…
—¡Permiso…!— me llevo al escritorio de su departamento, cerró la puerta tras entrar y en un tono desconocido  comenzó a caminar, de un lado al otro de la habitación, con una mano en su cintura y otra tirando su pelo hacia  atrás, síntoma revelador que la situación era preocupante.                                                                  

Sabía que ese tono y esa postura no era nada bueno lo que estaba ocurriendo. Quería dejarlo hablar, pero mis oídos estaban nulos de sonido  y de entendimiento. Su expresión cambiaba porque sin duda mi rostro le marcaba mi desconfianza y porque no, mi enojo. Su explicación me enceguecía. En un intento de acercarse y tomarme por la cintura mi rechazo fue  una pauta clara que esa situación no me gustaba y que mi retroceso le marco mi impulso de salir de ahí.
—Fátima, por favor esto no es lo que te imaginas, este es el Príncipe Munir Kalar con su hija, entiende que di mi palabra… — de inmediato corte su frase.
—¡Por favor!...¡ no sigas!, es inútil no puedo asimilar tanta información. Vuelve a Egipto. Esto me confirma que todo lo relacionado a ese país mata nuestras relaciones. Si de algo estoy segura después de lo vivido que no quiero volver hablar de ese país y mucho menos volver a él.
—Fátima entiende, se razonable, trataré de solucionar este mal entendido y regresaré aquí contigo.
—¿Tú crees en los malos entendidos?, pues yo no, creo que aquí hay algo más que claro, debes volver y viajar con esa musulmana porque el padre te pidió que la protegieras aquí y no quieres hacerte cargo de tus promesas y ¿me pides que sea razonable?—Dije en tono enfurecido mirando sus grandes ojos azules abatidos y cansados.
Me encaminé hacia la puerta de salida y el hizo un último intento  de detener mi cólera, a lo que le respondí con mi voz entrecortada y mis dientes pegados de rabia…
—Suéltame, no tengo nada que hacer aquí.
Salí del cuarto tomando mi cartera, salude con un movimiento de cabeza a quienes estaban presente y me dirigí al ascensor donde sus puertas quedaron clavadas con la imagen de un hombre con un par de ojos  cansados, de espaldas anchas enfundadas en una camisa blanca que me decían…
 —Por favor no te vayas así, tranquilízate.
Quite sus manos con un gesto sencillo pero no menos decisivo sobre la firmeza que colocaba en detener las puertas y sin emitir palabra me retiré hacia la cochera a buscar mi auto y salir lo antes posible  de ese escenario que me ahogaba. Me sentía desarmada, mis piernas a penas se afirmaban en los pedales para conducir sin rumbo. A la salida del edificio tope con la presencia de Fernando que también iba a su departamento y solo esboce un saludo con la mano desde mi auto y una sonrisa falsa de simpatía, continuando mi marcha. Quería estar sola, quería procesar lo ocurrido. Mi celular comenzó a sonar con su canción y consideré oportuno apagarlo. No quería más explicaciones.
Volver a mi departamento implicaría que me encontraría fácilmente, sería el primer lugar donde acudiría  y no deseaba eso. No deseaba estar con nadie y menos con él,  no quería preocupar a mi padre con problemas sentimentales. Pensé por un momento ir a lo de Pía  donde hubiese encontrado un lugar, un espacio y un rincón tranquilo para llorar con unos brazos amigos. Pero debía pensar, serenarme. Se me ocurrió parar en el subsuelo de la cochera del Shopping y llorar, llorar, llorar hasta que me dolieran los ojos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario