Capítulo 14
Es muy difícil explicar
la dualidad de sentimientos y la angustia que se siente al tomar decisiones
difíciles, lejos de tus afectos, que no te pueden contener emocionalmente. Por
un lado el despedirme de toda esa gente cálida, humana y encantadora que había
conocido. En pensar que no la iba a ver más en esas circunstancias y dejar
atrás esas vivencias de convivir en su lugar, con sus costumbres y las
posesiones de Federico, me entristecía muchísimo. Y por otro lado mi pecho
estaba con palpitaciones de emoción en pensar que después de tanto tiempo me
reuniría con mi gente querida. Cuando se te acerca la proximidad de los acontecimientos, las prioridades van
cambiando minuto a minuto y era verdad que extrañaba mucho a mi padre, a los chicos,
a las reuniones de amigos… a mi vida.
Me había
desestabilizado emocionalmente al ver a
mi padre en un contacto en la
computadora de Federico para comunicarle
mi regreso, mi entusiasmo fue mayor. Noté
que sus ojos brillaban más de lo de costumbre por la noticia, me había
desarmado y lo que me parecía inmediato para el regreso, se me hacía eterno.
Ese día mientras
Federico arreglaba los últimos detalles laborales y la próxima estadía en Argentina, yo, en tanto, deambulaba por la casa-habitación sin poder
lograr terminar algo. Quería acomodar mi ropa, ayudar a Ema en una comida
especial para homenajear a Federico con ingredientes de la zona pero ashornada
a mis costumbres y quería preparar mi aspecto
para que luciera correctamente.
En una de las entradas
de Federico a la casa- habitación demostré mi torpeza, cuando sentí la puerta y
de inmediato un plato se resbaló y realizó un danza macumba entre mis manos y luego
se estrelló en el piso,
sobresaltándome a tal punto que mi vergüenza dejo florecer un principio de
lágrima en mis ojos como una colegiala. Aunque los presentes incluyendo Fernando, que venía por detrás de Federico,
les causo mucha gracia las peripecias de
intentar que no se cayera de mis manos, fue notoria mi frustración, acto que llevó a que Federico me
tomara entre sus brazos y pidiendo disculpas me llevo hasta un cuarto privado. Mi cuerpo había tomado la consistencia de un
flan, era notorio que no la estaba pasando bien y mi actitud lo manifestaba, no
podía ocultar mi estado, que solo se lo podía atribuir, a la proximidad del regreso.
—Bonita, creo que tenés un día
complicado y no quiero que te sientas mal, lamentablemente no puedo estar a tu
lado, debo resolver algunos detalles
para el viaje, te propongo que dejes la vajilla, que Ema se encarga muy
bien de ella y te des una vuelta por el gimnasio, la pileta y la sala de
masajes para que tu pulso y tacto vuelvan a la normalidad.¿ Te parece bien la
idea? Tomando mi cintura y con una voz cálida
y sonriente, me proponía una actividad más alentadora para las circunstancias.
—Oh, Fede, perdóname estoy
desastrosa, no logro equilibrar mis emociones.
—Es lógico y te entiendo, lo noté
con la comunicación con tu padre, es hermoso lo que sentís y el trato que se
tienen, estas a tan solo horas de reencontarte después de tanto tiempo, no te
sientas mal. Estas en todo tu derecho de sentirte así. Por mi parte trataré de
terminar temprano para estar contigo.
—No te preocupes, aceptaré la
propuesta de ir al gimnasio y a tu regreso seré otra…— argumente con
una sonrisa ficticia para cambiar el clima.
Tomándome aún más
fuerte de mi cintura y dándome un beso
dulce, intenso y apasionado me dijo casi en susurros…
—No quiero a otra a mi regreso,
te quiero a tí, por eso te elegí, por tu sensibilidad, tu dulzura, no quiero
que cambies. —Y su mano recorría mi rostro y cuello.
Y no era el sol de
la ventana, ni el tiempo que transcurría, ni el milagro de un Dios que me
acompañaba que donó las alas para que tomara fuerzas. Eran las manos de ese
hombre que rozo mi cuerpo con sus dedos de fuego y
encendió mi espíritu y fortaleza perdida. Él, que además con su boca
ardida, dejo en mí, la huella de un vuelo sin alas, una mariposa en mi estómago
y un pecado con deseos de realizar.
Había adoptado la
propuesta de ir al gimnasio para recuperarme,
mejor dicho, había cambiado mi actitud de fortalecerme y de demostrar que debía
dejar de lado a la niña para que me convirtiera en esa mujer que él había visto
en mí. Y era muy cierto, volvía de este viaje más mujer, volvía con un hombre que me quería y que ante
mi padre todavía no sabía cómo lo presentaría… mi novio… mi pareja… mi amigo… Él,
en su presentación a viva voz, ante su gente, dijo MI MUJER, que tendría que decir para describir lo que este hombre era en mi vida…
—El hombre que me hace feliz…—El
hombre que hizo perder mis miedos…—El hombre que me hace arder de deseo…—La
razón de tanta felicidad…—Mi amante…—… o simplemente
<< MI HOMBRE>>.
Opte por ponerme un
vestido de seda en colores pasteles,
tipo enagua, que tanto le gustaba como
me quedaba, y le di especial atención a
mi pelo en cepillarlo, colocar cremas y brillo para resaltar aun más el
color rubio con mechones más claros en los contornos de mi cara, que mantuve
desde chica. La caída natural de mi cabello era lacia pero muy domesticable
pues puse real atención en dejar mis puntas largas hasta la cintura con mi
propio movimiento dándole un aire descontracturado y divertido, pero no lejos
de estar arreglado.
Sentados en la mesa
del living señorial, solos, en una
comida íntima, que con agradado habíamos preparado con Ema, nos dispusimos a cenar. Transcurrió en un ambiente
de risas, armonía y con tintes por momentos románticos, sensuales y acompañados
de buena música. Estaba contento por la sorpresa de prepararle una cena en su
honor por mis propias manos. A la hora del postre un punto de crema en mi boca
desató la tentación…
—Tienes crema— me
dijo sin sacar sus grandes ojos de mi boca.
Me tiré para atrás,
como en defensa e intenté tocarme la cara con mis manos que el sujetó con firmeza
y en un solo paso hacia mí se levantó de la silla y de inmediato su lengua
recorría el borde de mis labios carnosos en búsqueda del sabor dulce que había
provocado su reacción.
Comencé a perderme
por el impulso ganado y la música que llegaba a mis oídos con la voz ronca de
boliche, mezcla de alcohol, tabaco y vida nocturna de Van Morrison, completaban una escena
soñada. Escuche a mis entornos, como un lamento, que me decía…
—Déjame quererte nuevamente con
locura para calmar esta pasión tan loca que siento por ti… Quiero que nuestros
cuerpos se fundan hasta el cansancio y grabar este momento único de nosotros
dos, retenerlo en mi retina para
siempre.
Con un suspiro de
voz y con temor a decirlo porque se cumpliera dije…
—Suena … como si fuera la última vez…, como a despedida.
—No, solo soy consciente que no
te voy a tener bajo mi techo cuando regrese. No voy a gozar del privilegio de
tenerte para mí solo y deberé acostumbrarme a compartirte. Quiero cerrar los
ojos y que aparezca en mi mente el embrujo de tus labios contra los míos,
quiero retener en la yema de mis dedos la memoria infinita de recorrerte por
completo.
Y lo hizo…
Comenzó su
exploración y su mano como descuidada la llevó lentamente en un recorrido que
me erizaba la piel. Retuve la mirada de sus dedos largos y finos como dibujaban
sobre mi piel, cual pintor experto con su pincel. Su dedo índice empezaba a
deslizarse por mi cuello, la yema suave baja por mi hombro descubriendo mi vestido. La mano se
detiene pero no se apartaba y le daba lugar a sus ojos grandes azules como el
océano, que se cruzan con los míos como pidiéndome permiso. Cuando mi
conversación se encamina a expresar mis deseos, el dedo comenzaba su recorrido
por el filo de los bordes de mis breteles deslizándolos para que no pertenezcan
a mi cuerpo. Estaba paralizada. En un
instante me veo despojada de mi vestido, donde solo con la ayuda de su índice
provoca pasos, hasta llegar, como casi flotando, al dormitorio. Sus brazos me
acurrucan lentamente y apoya mi figura en su lecho, jugando con su dedo
nuevamente, regozigandose en la morbidez de una piel a la que le demuestra mil
sensaciones provocadas por sus caricias y a las que desea atrapar con todos sus
sentidos. Explora, besa, investiga, suspira. Su mano juega a las escondidas con
mi cuerpo. Y mi cuerpo le responde, porque se enciende con su roce. Sale y vuelve a entrar como un pájaro distraído
jugando y picoteando con semillas sobre mi ropa interior. Sus dedos hábiles
continúan el recorrido para deshacerse de las intrusas prendas, que al desnudo,
saborean con su mirada. Sin despegar su dedo índice por mi contorno, donde mis
sensaciones brotan como cascada, curvo mi figura en signo de deseo y placer.
Continúa dibujando mi cintura, mis caderas, sombreando mi perímetro, como el
paisajista más experto. Las miradas se cruzan, piden autorización sin que se
quiebre el ritmo de la exploración, continuando sus caricias sobre el
imperfecto borde de mi ombligo donde descubre una sensibilidad extrema que mi
cuerpo no resiste y vuelve a curvarse como manifestación de placer. La razón no
existe, está agotada por el deseo, se resiste a ignorar lo que mi mirada registra. Explora todos mis
secretos a su antojo, e invade con sus partes masculinas ávidas de sensaciones,
mi interior húmedo, que armonizan en
el comienzo de una danza lenta,
agradable que despierta toda pasión, deseo y placer en ambos.
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