30 de julio de 2016

Capítulo 16


Capítulo Nº 16

En uno de los pasillos se veía como los médicos incluyendo al Dr. Omar Yehia y  Malak,  intercambiaban opiniones y estrategias con los militares que custodiaban las entradas y las salidas de la mezquita para poder salir sin riesgo. Había notificado mi intención de comunicarme con la embajada donde se encontraba Federico, para que ellos intervinieran y poder localizarme y  a la gente que estaba con nosotros, que en total seríamos unas veinte mujeres y niños que quedábamos sin destino. Pero el tema pasaba porque no querían involucrar a los militares con la embajada, para que no pensaran que era una  ayuda para el estado o de organismos internacionales que estaban implicados y necesitaban más cautela y refuerzos para hacer dicho  contacto.
El Dr. Omar Yehia había tenido un acercamiento muy particular con Malak y conmigo pues hablaba en español perfectamente ya que era nacido en Turquía pero se había criado en una familia de padre turco y madre española. Ambos se habían conocido en un viaje en barco y el destino les había marcado la ciudad de Turquía para anclar y formar una familia donde el fruto de su amor había nacido Omar junto a tres hermanos más. En tanto Omar estaba en esta oportunidad en Egipto por hacer una jornada solidaria ofrecida por la UNESCO como médico de campaña de catástrofes y emergencias.
Era realmente asombroso escucharlo hablar de las situaciones más dramáticas y extremas con total naturalidad. Su personalidad fuerte y segura, daba confianza en el accionar de sus actos. Era un hombre atractivo de pelo moreno, tez muy blanca y ojos color almendra claro con una sonrisa brillante que se dejaba ver a menudo por su buen sentido del humor.
Una noche cayó un soldado herido, grave, producto de un ataque en las calles cercanas  a donde nos encontrábamos, en la cual se requería para su atención más personal médico y enfermeras de los que estaban en la mezquita para atender las múltiples heridas de gravedad que presentaba.  Malak se ofreció de inmediato para ayudar, en cambio mi personalidad me llevaba a que las corridas, la sangre y situaciones extremas me paralizaran y en lugar de colaborar entorpecía la escena, por eso esa noche junté a los niños en una habitación, ocho en total y traté con juegos distraer su atención.
A altas horas de la noche los niños habían caído en un sueño profundo alejados de todo peligro y yo como centinela, satisfecha que les había brindado un olvido transitorio a tantas imágenes desagradables. Hay que decir que ser centinela de ocho niños, no era una tarea fácil en una habitación donde solo se cuenta con cuatro paredes y sin puerta que pueda aislar del mundo  que nos rodeaba. En la mitad de la madrugada aún con la oscuridad, escuché que alguien con sumo cuidado se acercaba hasta donde nos encontrábamos con los chicos reposando, de inmediato traté de ponerme de pie, siempre ayudándome con mi guardaespaldas, la pared, aliada como protección y verifique si aún tenía el bisturí  que había sacado de la sala de emergencias. Tenía a mi favor que estaba acostumbrada a la penumbra y el intruso desconocía con que se encontraría.
Cuando vi una silueta masculina que entraba muy despacio,  lo sorprendí a sus espaldas apuntando justo en la base del cráneo con la filosa punta y manteniéndome a cierta distancia para que no fuera tomada por detrás. En un inglés claro le infundí una orden que mi tono manifestaba seguridad y resolución a realizar cualquier cosa en defensa de los pequeños…                                                       
— Kneel slowly and put your hands  over your head— despacio arrodíllese y ponga las manos sobre su cabeza.
Mi cuerpo manifestaba miles de sensaciones, estaba sumamente alterado mientras amenazaba al sujeto. Ante la insistencia de mis palabras respondió…
—Si tú me lo pides estoy dispuesto hacer lo que quieras…
Cuando escuché su español claro y su voz suave de inmediato reaccioné y entre risas y lágrimas solo se me ocurrió decirle…
—Por favor no me lo vuelvas a hacer, por favor, te lo pido, por poco muero del susto.
Omar Giró sobre sus talones y sujetando mi mano donde tenía el cuchillo de cirujano, me lo sacó con delicadeza y en una ráfaga se acercó a mi rodeándome con sus brazos y me dio un beso en mis labios que me tomó por sorpresa y me dijo…
—Sé que tenes muchas habilidades pero no te veo muy familiarizada con ese instrumento.
Eres tan encantadoramente irresistible que me sorprendes con tus reacciones y me haces desearte mucho…—Y acercaba aún más sus manos y su cuerpo para iniciar un acercamiento más íntimo y profundo.
—Omar, por favor detente, no te confundas, se que esta situación nos descoloca a todos, pero preferiría que mantengas distancia, no permitas que te tenga desconfianza, respétame como mujer.
— ¿Te falte el respeto en algún momento? —Dijo con sus grandes ojos almendra.
 — ¡No! ¡No!... no quise decir eso, es que no quiero que me malinterpretes y pienses que      entre nosotros puede haber algo más que amistad.
 —Yo no te estoy pidiendo nada, solo es eso… ¡amistad!, es un gesto de amigos, perdóname si te molesto no fue mi intención.
— Es que no acostumbro a responder a los impulsos, a no ser que tengamos algo en común.
— ¿Y no lo tenemos? —Dijo sorprendido.
— ¡No! Omar— exclamé alarmada, con una sonrisa en mi cara pues noté que no entendía el significado de mis palabras y que no teníamos nada en común.
 —Creo que nunca te di motivos para que interpretaras que podía haber algo entre nosotros.
 — ¿No me terminas de decir que somos amigos? —Dijo confundido.
 — Si, eso sí… — tratando de acomodar mis ideas.
 — Amigos, ¡pero no con derecho a roce!... dije con autoridad y risa por las circunstancias.
 — ¡No te comprendo! —Expresó realmente desconcertado.                                                                  
 —Hay que difícil se me está poniendo esto para explicártelo—dije tocando mi frente cansada.
Y  era verdad, era otro lenguaje que  hablábamos, estaba tomando conciencia que hablábamos de relaciones de amistad  y de sentimientos entre dos persona de diferentes culturas, totalmente diferentes. Se me estaba complicando el diálogo y nunca me había visto en una situación similar.
Mientras hablaba y trataba de explicarle mi punto de vista, note que no soltó en ningún momento mi cintura y cada vez hablaba más cerca mío para no despertar a los niños.
—Omar a ver si nos entendemos, tú con tus amigas, con tus compañeras de trabajo, ¿tienes acercamientos o relaciones intensas?
— ¡No te entiendo!, ¿qué es para vos relaciones intensas? —Expresó con las cejas contritas.
Fue cuando me dispuse hacer directa y hablar sin rodeos, así como viene la cosa….
— ¿Tienes sexo con tus amigas?
— ¡Seguro!, eso es parte de nuestra amistad, es una manifestación más de nuestro aprecio— lo expresó con suma seguridad y sin ningún miramiento.
Quedé impactada y mis ojos se lo hicieron notar. Dejaron al desnudo que estaba sorprendida por su respuesta. Era notorio que no compartía el mismo criterio. Cuando su respuesta me dio lugar a decirle…
—Bueno ahí está la diferencia entre tu manera de pensar y actuar a la mía. En una relación de amigos, aún de diferente sexo no tengo ese tipo de acercamientos, es como que solo eso se ajusta en una relación de pareja. Una pareja tiene relaciones intensas, intimas, tienen  sexo.
— ¿Me estás diciendo que no te permites tener sexo con alguien que se te brinda total y enteramente como amigo, compañero, cómplice? ¿Y que diferencia tiene con una pareja?
—El << amor>> Omar, el <<amor>>, una gran diferencia—marcando con énfasis mi discrepancia.
— ¿Qué… tu no amas a tus amigos? —Comentó sorprendido.
— ¡No! en la figura literal de la que hablas. —Dije con total seguridad.
Era un diálogo fluido, franco, rico en contenido, donde cada uno ponía su postura sin censurar ni imponer nada al otro, escuchándonos e intercambiando ideas  u opiniones.
—Yo quiero muchísimo a mis amigos y de hecho tengo dos amigos varones que nos conocemos desde pequeños pero jamás nos permitimos intimidar entre nosotros, se mezclaría mucho las relaciones.
— ¿Cómo es eso de no intimidar? Como me gusta como hablas, ¡te escucharía horas!
Y si, sin duda era una forma diferente la que estábamos hablando a lo que estábamos acostumbrados, el daba prioridad a sus deseos.                                                                            
—Te pregunto… ¿te enamoraste alguna vez Omar?
— ¡Muchas! —asegurándolo.
Su respuesta me dejo sorprendida y comencé a darle una descripción de manifestaciones y sensaciones corporales que se perciben cuando una está enamorada, que noté que le resultaba atrapante y mucho más sorprendente mi descripción. Ante su silencio y expresión casi con asombro le dije…
— ¿Me entiendes? Una relación de pareja es mucho más, es un sentimiento profundo, único que no se quiere compartir porque es solo tuyo y quieres esa exclusividad. Compartir secretos, mantener un lazo de intimidad. Nos necesitamos el uno al otro y deseamos estar juntos en todo momento. Hasta la ausencia temporal te duele.
— ¿Tú sientes eso? —Dijo con un gesto de asombro.
— ¡Si, y perdóname!..., pero no es hacia ti, sino hacia el hombre que me espera y al que amo— respondí respetuosa y segura.
— ¿Y no te parece una relación muy asfixiante? estar demasiado pendiente de él y no actuar por ti misma.
— ¿Te parece que no actúo por mí misma? ¿Te parezco sometida?... Yo tengo una vida, amigos, padres y una profesión en mi país que me gustaría compartir con él y te aseguro que son totalmente opuestas.
— ¿Y cómo vas hacer para equilibrar esas dos vidas?
— ¡Esa es buena pregunta, Omar!… pero justamente confío en el amor, en el presente y en el futuro que podamos armar los dos juntos como pareja. Una vez escuche  que a mayor profundidad, mayor aceptación y eso es lo que espero entre nosotros. Confío que si realmente lo nuestro es fuerte y se sustenta frente a las diversidades, nuestro sentimiento se afianza con el tiempo, se acepta y modifica todo.
— ¿No tienes miedo a tanto desafío amoroso?
— ¡Y quién no!... Pero justamente es lo mejor del amor, aceptar, luchar, responder a lo que mi corazón me diga y me lleve, mirar las cosas con relatividad, porque me despego de mi misma, de mi ego para compartirlo con mi pareja, con mi ser amado.
Mientras transcurría el diálogo note que estaba hablando con el deseo, él corazón y la necesidad de tenerlo a Federico cerca mío, deje volar mi sentimiento y mis ojos comenzaban a manifestar  mi tristeza y angustia por la falta de no tener a ese hombre que se me había instalado en mis venas. Noté que Omar percibía mi tristeza y que mi fortaleza demostrada hasta el momento se estaba desvaneciendo. Me tomó de la mano, me la besó con palabras dulces y su mirada tierna me dijo…                                                         
—Que afortunado es de tener una mujer que pueda expresar con palabras tan dulces y mágicas, tanto sentimiento. Es encantador escucharte, me pasaría horas, ¿pero te consulto? ¿Él lo sabe? ¿Se lo has dicho como a mí me lo explicaste?
Y fue cuando tome consciencia, recapacite que nunca había hablado tan francamente y espontáneamente de mis sentimientos como lo había hecho con Omar. A Federico le había demostrado con mis actos, mi interés  y mi entrega total pero nunca le había dicho con palabras lo que realmente sentía por él. Cuando le expresé….
—Tal vez no se lo dije como a ti, pero sé que él lo sabe y que ambos sabemos que nuestros sentimientos son muy fuertes, aunque debo reconocer que nos debemos muchas charlas.
—Eso quiere decir que tienes sexo con él….
—Sí, porque lo amo y fue mi único hombre.
Se quedó en silencio unos minutos y tomo una de mis manos y me la beso suavemente, me miro con sus grandes ojos y dijo…
— ¡Que afortunado es! Que lealtad de sentimientos y que privilegio tiene. Eres tan pura de  espíritu, de alma y cuerpo, entregada a él en todas sus formas. Tus palabras es un canto de esperanza ante tanta destrucción que se vive en estos días. 
— ¡Y tú!, luego de lo que te conté, ¿amaste a una mujer?
—Luego de la cátedra de relaciones sentimentales que he tenido, debo decirte que no llegue ni a una cuarta parte de tener las emociones que describiste.
Me tomó de la mano y nos sentamos en un espacio que encontramos en la gran alfombra rodeados de los pequeños y continuando nuestro diálogo por infinidad de temas y vivencias de cada uno. Me sentía feliz luego de sus preguntas y mis respuestas, que se encaminaban siempre a ese hombre tan deseado por mí. Era como blanquear mis sentimientos en voz alta.
— Puedo pedirte una última cosa, como amigo, ¿sin ser algo tan  provocativo como el sexo? —Dijo con una sonrisa.
— ¡Porque me suena que será difícil lo que me vas a pedir! —dije con una sonrisa en los labios.
—Conozco tus ojos y son hermosos, ¿puedes quitarte por un momento la túnica, es decir el hiyab  de la cara, para poder recordar tu rostro completo?
Con suaves movimientos fui desprendiendo prolijamente para recordar luego como lo había hecho Malak. Cuando quedó sobre mi falda y al descubierto todo mi rostro y cabello note su asombro que de inmediato expresó…
—Te imaginaba bella, tus ojos resaltan en el negro de la túnica, pero eres sorprendentemente hermosa.  Entiendo a tu hombre, debe de estar desesperado en perderte en esta comunidad musulmana donde no es común ver mujeres con tu figura.                                                                              
Desperté en la mañana con la caricia de las manitos de unos de los pequeños que me pedía algo de comer. Cruzando los pasillos, se podían ver los patios que conducían a las madrazas, cúpulas o minaretes. Si bien esta estaba en muy buen estado no dejaba de ser un refugio con clase pero encarcelados sin posibilidad de comunicación o contacto con el mundo exterior.
Esa tarde, le había enseñado a Yamil a jugar en las instalaciones, a las escondidas, donde me había sentido feliz en sacarle por primera vez a ese niño tan pequeño una sonrisa genuina.  Había empezado una búsqueda haciéndome la distraía porque había visto su pequeña silueta detrás de una de las columnas a la que pronto se me desdibujó. Llegando a  la sala de oración, donde pensé que estaría oculto, una figura masculina vestido con túnica y un rifle en la mano me tomo por sorpresa del cuello  y comenzó a gritar en arameo llevándome a empujones al medio del pasillo.
Pude notar que la expresión de todos palideció y Yamil corrió  donde estaba el resto de la gente con llanto y deseperación.  El dialogo de Omar con este hombre era tranquilo para  calmar a la bestia que ajustaba cada vez mas mi cuello con su brazo, quitándome el aliento e inmovilizándome. No entraba en discusión, quería su libertad pero yo era su salvoconducto.
Durante el traslado de la mezquita de Al –Fath, se había filtrado entre las mujeres y niños para no ser capturado y por eso estaba solo con un arma, donde  habían llevado a  algunos enfermos, mujeres y niños para su posterior identificación. La discusión no tenía fin y para mí mucho más,  con su lenguaje  desconocido,  note que lo que quería, en forma imperativa e inflexible, era resguardar su persona, su libertad y que los militares no lo apuntaran sino yo sería la primera que sufriría las consecuencias. Casi a la arrastra, alcanzo a llevarme  a la almimbar, que era el pulpito, donde en su forcejeo logro sacarme la túnica que tenía en la cabeza y su sorpresa fue mayor al ver mi cabello y comprobar que no era musulmana. Ya no se trataba de uno  de ellos a quien tenía como  rehén, era una extranjera que poco le interesaba. A empujones me colocó en una habitación alfombrada donde solo había una puerta de acceso y salida, lo que implicaba que estaba acorralada, no tenía forma de salir. Su inseguridad y locura, hacía que se moviera de un lado a otro del cuarto pronunciando palabras sin sentido para mi entendimiento y sin descubrir cuál sería su próximo paso a seguir. De inmediato se escucho el sonido de los minaretes del lugar y de la zona, estos tenían como función principal proporcionar un punto para  la llamada a la oración o adhan.
 Se realizaba desde el Musallah, a través de micrófonos a un sistema de altavoces, donde estábamos nosotros, debajo de la cúpula en la sala de oración, sala contigua de donde nos encontrábamos y su sonido era ensordecedor. Se hincó  en un ángulo de la habitación y de rodillas con sus manos junto a su cara comenzaba a decir plegarias y a balancearse adelante y atrás como en suplica. Por un momento dejo su arma a un costado  y mil cosas se me cruzaron por la cabeza, pues jamás había usado una y el solo verla me daba escalofríos. Minutos después se escucho que en el exterior  los militares lo llamaban a la reflexión para que depusiera su actitud y me dejara en libertad, cosa que mucho lo enfureció y fue que ante tal amenaza se dirigió a mí, me tomo del cabello en alza y con una orden me indicaba que me colocara de rodillas propiciándome puntapiés, rodillazos en mis costillas y varios golpes de puño en mi rostro. No sé cuánto tiempo transcurrió el estar a solas con ese hombre que era capaz de cualquier locura con tal de lograr su objetivo, solo sé que escuchamos el tercer llamado a la oración, dolorida y  asustada por sus ojos de venganza.                                                                        
 Continuaba en un rincón amenazada con un arma  a la que  se había sumado una navaja que acercaba más a mi cuello y rostro  cuando  escuchaba  los llamados desde la puerta. Su ira iba creciendo a medida que su cansancio lo  dominaba y por el ocultamiento del sol, la única entrada de luz era la de una ventana, en una de las altas paredes y a esa hora se había esfumado. Solo percibía su presencia por su respiración agitada pues no lograba verlo.
Fue la noche más larga de mi vida. Quede despierta apoyada sobre la pared que era mi única aliada con el temor que en cualquier momento se despertara y se lanzara sobre mí con cualquier intención. Con los primeros rayos de luz, comenzó el hostigamiento y el diálogo de militares detrás de la puerta a lo que respondió en forma agresiva acercándose nuevamente donde me encontraba. Inesperadamente me tomó de los pelos  y con su navaja apuntaba mi garganta pues era eminente que la puerta cedería en cualquier momento. Y en escasos minutos eso fue lo que ocurrió…
Al ver nuestro estado, los ojos de los militares y médicos ante  la imagen de ver la escena quedaron perplejos, puesto que en perfecta sintonía se volvieron un paso atrás. Continuaba dirigiéndome con mis cabellos en mano  y pretendía llegar a un acuerdo cuando sentí que su navaja se deslizaba por mi cabello y caía un mechón, siendo mi cuerpo escudo ante las armas que lo amenazaban. Era obvio que yo no le importaba y quería hacer el mayor daño posible y ante la situación planteada,  me jugué, en un acto impulsivo, coloque un codazo con todas mis fuerzas en sus genitales logrando que aflojara su presión hacia mí y me tire al piso,  cuando les di el blanco justo a los militares, para dejar su imagen en libertad de acción y arremeter contra él.
Salí entre las piernas de los que obstruían la puerta, cuando vi  extendiéndose la mano de  Omar que esperaba mí salida de ese funesto lugar. No  quise mirar la imagen de ese hombre que no hubiese dudado en apuntar su arma o ajustar su navaja en mí, sin medir consecuencias y de inmediato me llevaron a una sala donde atendían a los heridos. Los médicos y Omar con sus órdenes, me curaron unas heridas en mi cuero cabelludo por el impacto y la resistencia que opuse en un principio y algunos golpes que habían dejado su huella en distintas partes de mi cuerpo y rostro. Eran detalles menores a toda la destrucción y muerte que había visto en los últimos días. Pero mucho me impacto ver a Yamil, con sus ojos llenos de lágrimas y con un mechón de pelo entre sus manos ofreciéndomelos con sus manitos ajadas y secas por el mal trato de una infancia poco feliz.
 Fue donde tomándolo de los brazos y  aún con mi cuerpo dolorido lo abrace muy fuerte y lloré, lloré, no por mi cabello, sino por una infancia perdida en un mundo feroz, donde por primera vez me pregunté donde estaba Dios que no ayudaba a estos pequeños. Omar intentaba ofrecerme hasta lo que no estaba a su alcance para calmar mi angustia. Mi cuerpo era un nudo de nervios y temblores que comenzaban a delatar  los efectos del cansancio y deterioro a una jornada muy difícil. Trató con cuidado de acomodarme en una camilla, arropándome como un chico para mitigar mis temores y tensiones.
Me habían colocado un sedante para lograr dormir un poco, sentía que mi cuerpo era ajeno a mí, no había sector que no me doliera.
Luego de dormir unas largas horas, entrada la tarde  escucho entrar a la habitación a Malak que me despertó con una cálida sonrisa y ayudándome  con mi cuerpo dolorido a bajar del catre donde me habían depositado, me dijo…                                                              
— ¡Ven!... esto es un regalo de la vida.
Y en el pasillo vi a una joven cubierta en sus ropas típicas, con su cara desprotegida llorando y abrazando a Yamil a quien le respondía con abrazos y caricias. La imagen era conmovedora  nos enterneció a todos. Los militares habían realizado los contactos y la búsqueda necesaria para dar con el paradero de la madre de Yamil que no era su nombre real sino que su madre lo llamaba acariciando su tez morena  Kosei, que quería decir león.
Los médicos hablaban del cuidado y demás  tratos que el pequeño había recibido y que en el momento de estar en la mezquita de Al-Fath  fue llevado con su padre, que ante la confusión se había perdido entre la cantidad de gente. Su abrazo de despedida fue tan tierno que sentía que me estaba quedando sin fuerzas. Su madre, en su idioma, solo me prodigaba palabras de agradecimiento. Si tan solo supiera que su hijo fue el sustento para soportar tanta miseria, destrucción y dolor, que era lo que en mis últimos días había vivido.  Su hijo me había dado esperanzas en un país tan hostil y donde no me había dado una buena bienvenida.
Cuando volví para la sala a sentarme en una silla porque mi cuerpo lo requería Malak me dijo suavemente…
— ¿Quieres que te arregle el cabello, si algo puedo hacer en ese nido que tienes?
—Debo estar espantosa, ni quiero acercarme al espejo, sería mi peor enemigo.
—No importa tu aspecto, lo que más valioso tienes es tu interior—  admiraba las reflexiones y la paz interior que tenía Malak al hablarme.
Y me deje a la voluntad de sus manos suaves, que con cariño acariciaban mi cuero cabelludo maltratado y dolorido, unas manos amigas me querían demostrar su compasión,  ante lo sucedido.
— ¿Te parece un recogido con una trenza?, tienes un hermoso cabello y mucha cantidad aunque te lo quisieran cortar  —esbozo con una sonrisa.
—A tu hombre ¿cómo le gustas?
— ¿Cómo sabes de mí hombre?,  me gustaría saber algo de él. Me sorprende lo serenas que estas en estas situaciones, tienes un temperamento admirable— le expresé con ojos de gratitud por lo que hacía por mí.
—Omar se encargó de contarnos que alguien te espera  y quiere recuperate. —Dijo con una leve sonrisa— y no lo creas lo de mi aparente serenidad, es todo un  aprendizaje viviendo en un país donde siempre se está luchando por los derechos de las mujeres y de los hombres. Una sociedad donde falta  vivienda, donde tu mayor deseo de formar una familia con amor, se ve frenada por la necesidad de que el novio tenga un piso y muebles para ofrecer.  Ahorrar lo suficiente para conseguir una esposa puede llevarte diez o más años. Y eso si lo logras, porque después del año vienen otras exigencias, es necesario demostrar a la sociedad que puedes tener hijos de lo contrario es un problema para ambos. Uno se va acostumbrando.                                                       

— ¿A qué te dedicas aquí? —Pregunte con cierto recelo por miedo a incomodarla.
—Estudio letras y soy la colaboradora de una escritora Nawal al-Sadawi, que no puede publicar aquí porque es feminista y su libro,<< la cara desnuda de la mujer árabe>> no se lo permiten difundir. Con ella aprendo mucho del mundo, de la vida y de las costumbres de este y muchos países.  Me permite viajar en la imaginación. Y tener fantasías que en un futuro pueda salir de este país y hacer mi propia familia, no bajo el régimen egipcio, sino formada por el amor y en un país más libre. Creo en el amor.
—Y sin duda lo conseguirás, tienes muchos encantos y objetivos muy firmes— dije mientras continuaba tocando mi cabello con delicadeza.
Se hizo una pausa en nuestro diálogo… Cuando expresó.
— ¿En que piensas… en lo que te conté? ¿En tu hombre? —dijo con una voz tenue al notar mi silencio y mi mente perdida.
— ¡Si! En qué ironía. Tú  quieres irte de este país para encontrar el amor y formar una
familia y yo que vengo de un país libre de elección, llego aquí y encuentro el amor.
—Por eso no hay que perder las esperanzas, tu hombre pronto vendrá a buscarte porque sabe que no puede perderte. Estamos cerca, estamos cerca… ya pasó  lo peor, ahora debemos esperar que las aguas se tranquilicen y pronto nos reuniremos con nuestros afectos.
— ¡Porque lo dices! ¿Qué sabes? —Le pregunte ansiosa al ver que lo afirmaba con tanto convencimiento.
—Sé que están trabajando en eso y pronto tendrás novedades. Ya estamos más cerca.
Las palabras de esperanza de Malak me habían dado un poquito de optimismo y entusiasmo. Eso logro que en la noche descansara mejor, aunque mis temores iban en aumento. En la madrugada me desperté sobresaltada y un grito ahogado hizo despertar  a Omar que se encontraba en el catre de al lado. De un brinco se levantó  al igual que Malak y ambos trataban de calmar con palabras y caricias tiernas mi angustia. Mi salud física se estaba deteriorando junto con la espiritual. Ya no sonreía y más de una vez me habían sacado de mis pensamientos perdidos. Los médicos del lugar estaban preocupados por mi salud y luego de lo ocurrido, aunque habían  visto mi felicidad por lo de Yamil-Kosei, notaban que ya iba perdiendo energías.
A la mañana siguiente, desde la entrada de la mezquita un militar pronunciaba mi nombre y alcancé a ver una imagen en jeans y camisa donde mi rostro se iluminó y comencé a llorar sin parar. Fui en su búsqueda todo lo más rápido que podía y él se acercaba pero mi imagen borrosa no me permitía distinguir en su totalidad el perfil del hombre que se acercaba y a medida que me iba acercando se me desfiguraba cada vez más el parecido a Federico. Me extendió los brazos y me abrazo fuertemente donde mi sonido de dolor hizo ver sus ojos tristes, con expresión de cansancio y agotamiento que no eran común en él, pero que expresaban tanta alegría como los míos. No era Federico era Fernando que había llegado en mi búsqueda .Tenía en mi cabeza mil preguntas, dudas, angustias y ruegos, pero sabía que debía esperar.                                                                         
Me despedí de todos, incluyendo de Omar que acercándose a mi oído me pregunto…
— ¿Es tu hombre? ¿Ese es el hombre afortunado?
— ¡No! Es su amigo, él me espera en la embajada.
— ¡Mucha suerte!... te deseo lo mejor, tendré en cuenta muchas cosas que aprendí contigo.
Fue un saludo especial y su abrazo fue muy intenso, que encerraba las vivencias compartidas. Solo atiné a  tomarlo de  las manos y a decirle una cosa…
— ¿Puedo pedirte algo?
— Lo que quieras—respondió seguro de sí mismo.
— ¡Quiero que encuentres el amor!,  que lo disfrutes, que te apasiones con una mujer… ¡por lo menos inténtalo!...
—Lo haré….Recordaré cada palabra tuya.
Omar, dirigiéndose a Fernando, con su mano sobre su hombro  le dice…
—Hermano, lo único que te pido ¡cuídala!, tienen un diamante transformado en mujer.
Nos conducimos en un camión militar  para ir a la Embajada y con nosotros se sumo Malak y Rasí que le buscarían un destino más seguro hasta su posterior reencuentro y traslado a donde se encontraba toda  su familia que quedaba a las afueras de El Cairo, en un pueblo campesino, lejos de este infierno.
La despedida fue muy emotiva y fue un abrazo sentido y profundo el que manifestamos delante de los guardias y del mismo Fernando. Si no hubiese sido por ella y compartiera su amistad, no podría haber  soportado las vejaciones, agravios y ultrajes que se habían cometido con todos nosotros. Ella continuaría camino y yo, debajo del camión, con mi mano en alto saludándolos, me limitaba a entrar tomada de Fernando para caminar hasta la gran puerta al encuentro de Federico. La entrada de la gran casa blanca al frente me parecía eterna y note  que mi cuerpo estaba cansado y que no mostraba una imagen de lozanía. Mientras llegábamos a su encuentro Fernando me ponía al tanto de  lo sucedido, el ataque al auto diplomático, había dejado consecuencias muy dolorosas. En la emboscada Tamir había sido alcanzado por una bala y había fallecido, la búsqueda de mi paradero, el malestar internacional por lo sucedido con civiles, entre ellos mujeres y niños que nada tenían que ver con estas manifestaciones que fueron  presas de sus intereses. Pero a toda su charla nada me decía de Federico, ¿porque no era él que había ido a buscarme? ¿Que era más importante que nuestro reencuentro…? Cuando vi la imagen, dio una explicación real de los motivos.
En la embestida al auto diplomático cuando nos dirigíamos al aeropuerto, Federico fue capturado por los hermanos Musulmanes y lo confundieron con un agente del gobierno, donde lo tuvieron dos días cautivo y le propiciaron  una buena  golpiza.                                                                   
Mi encuentro fue contenido, fue un abrazo a medias y sin poder manifestar todo lo que tenía reservado o  como hubiese deseado. Tenía una bota de rehabilitación en la pierna derecha a la que se sostenía por una muleta, un sujetador en el brazo izquierdo  y su cara presentaba signos de haber tenido un encuentro poco agradable.
Igual fue tan emotiva y cariñosa como si nos hubiésemos abrazado. El se sorprendió mucho  por mi estado. Mi imagen era deplorable. Había dejado atrás a esa niña rica, prolija y elegante a pasar a ser una mujer con  turbante, aunque mi cara estuviera despejada. Mi ropa estaba rota,  manchada de sangre y muy deteriorada por los escombros de lo vivido. Con los movimientos mi túnica había caído sobre mis hombros, llevaba parcialmente el cabello descubierto con la trenza que me había realizado Malak desarmada y desprolija.
—A juzgar por tu apariencia no te fue tan bien con tus palabras conciliadoras—dije a tono risueño para romper la imagen impactante de tanto dolor.
— ¡Creo bonita que vos tampoco  venís del spa! —Dijo con su mayor cara de tristeza.
Y nos fundimos en un abrazo que podía percibir nuestra ausencia.  El también había tenido golpes en su rostro, sus grandes ojos presentaban un arcoíris más que el  azul propio de su mirada, mostraban tristeza  y preocupación y  su figura donde no se veía tan enérgico y pujante como la imagen de la última vez.
— ¡Déjame verte!—Dijo en tono de desesperanza a lo que en forma disuasiva y  restando importancia  le dije…
—Había un musulmán que no le gustaba mi presencia en la mezquita.
Sentía pudor en abrazarlos, Ema miraba con lágrimas en los ojos la escena y fue cuando en un acto de aflojar la tensión existente dije…
—Mejor que ni se me acerquen pues un zorrino huele mejor que yo… necesito urgente un baño.
— ¡Si, si señorita! ya le preparo todo—salió  como flecha Ema para organizar todo.
Con su voz muy suave y acercando nuestros rostros me dijo…
—Creí que te había perdido y mi desesperación me volvía loco.
—Estoy bien, solo son heridas que con el tiempo se van a curar… ¿pero tú no te ves mejor? ¿Cómo te sientes? —Dije mirando mejor su aspecto.
—Bien, me estoy recuperando, mañana me sacan la bota, no te inquietes es por precaución, estoy fuerte.
—Pero dime tú ¿qué te sucedió que estas tan desmejorada?
—No te preocupes, nada que un buen baño y  una buena comida puedan solucionar…

Pero sabía que había algunas heridas que me llevarían mucho tiempo olvidarlas y quedarían en mi retina para siempre. La brutalidad de los hombres y una sociedad marcada por las creencias ideológicas y  fundamentalistas, habían dejado estampadas  a una mujer muy distinta de la que había comenzado el viaje.

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