11 de abril de 2015

Capítulo 4

Egipto

Trascurrieron cinco semanas desde el comienzo de nuestro viaje y, según lo planeado, llegó el momento de separarnos e ir cada uno por destinos diferentes.

Por lo pronto, Marcelo, Ariel, Álvaro y Carolina se marcharían a Portugal y luego de una corta visita, su destino final sería Buenos Aires, Argentina. En cambio, Alejo, Pía, Felípe y yo disfrutaríamos de un recorrido más exótico, pintoresco, donde nos esperaban las ruinas, las momias y la diversa civilización de Egipto.

Al llegar a la capital de Egipto, El Cairo, pude percibir que el lugar seleccionado no era nada familiar. Su cultura, religión, vestimenta y hasta aromas, debo decir que no me resultaron de mi agrado. Pero mi objetivo aquí era conocer y no permanecer, por lo tanto, debía ponerme mi mejor traje de turista y disfrutar de los momentos que me ofrecía este lugar, como frecuentar sus barrios, casas, personas, camellos y comidas.

Un detalle que no tuve en cuenta en este país fue mi aspecto que, en general, me jugaba en contra. Mi contextura física, mi forma de vestir, mi sonrisa amplia, mi cabello abundantemente largo y rubio eran observados como un ejemplar de codicia por los musulmanes —tanto hombres como mujeres—, como algo sumamente atractivo, ya que su población, en su mayoría, eran de tez morena y cabello muy oscuro. Era como encontrar un grano de arroz en un millar de hormigas. Las mujeres usaban túnicas y se cubrían los rostros con pañuelos, donde solo se le veían sus ojos y poco levantaban la vista porque era una provocación.

En el primer intercambio con el guía que nos llevó al hotel, un nativo del lugar que hablaba muy bien ingles y español, él quiso comercializarme por veinte camellos y mi querido amigo-hermano, Alejo, continuó con este regateo y posible venta para ver hasta donde llegaba.

Mis ojos no salían del asombro, por cuanto lo que pensé que en un comienzo había sido solo una broma, se estaba tornando una conversación más que segura por parte del guía. El problema se presentó cuando innegablemente este daba por hecho el negocio y al llegar al hotel, no me dejaba bajar, pues quería dejarme en la combi para concretar dicho intercambio. Esto llevó a que Alejo se pusiera muy incómodo por la situación, y hasta algo agresivo, por considerarlo una realidad lo que él había dado por una broma. Se molestó con él mismo, en pensar lo que había provocado y las consecuencias de ello, cuando recapacitó que ese hombre se había tomado muy en serio sus palabras.

Al instalarnos en nuestras habitaciones del hotel Ramsés Hilton, cerca del museo Egipcio y la Torre del Cairo, era imponente la vista desde la ventana a una ciudad donde todo era un caos organizado. Por todos lados, mujeres y hombres caminando por las calles quienes no respetaban automóviles ni bicicletas. Ambos usaban ropa ligera de lino por las altas temperaturas que les permitía mantenerse frescos durante el día, ya que no se veían ni árboles ni espacios verdes. Los hombres también usaban faldas o túnicas llamadas faldellín o chilabas (amplias túnicas largas con cuello redondo) con turbantes en la cabeza y su color principal era el blanco. En cambio, para las mujeres era el negro, llamado kalasiris, que se sujetaba en la cintura con fajas de colores o cenefas. Además, las mujeres usaban lo que le llaman caftán (parecida a una chilaba masculina pero con bordados), un hiyab, pañuelo que le cubre la cabeza totalmente y solo deja ver sus ojos.

Luego de un baño y antes de ir a cenar, pase por la habitación de Alejo para ver cómo estaba, toqué suavemente la puerta y me anuncié. Con una mueca de sonrisa, Felipe abrió la puerta y me dio un beso en la mano. Me deja pasar y nos dice:

—Los espero abajo, voy a buscar a Pía —. Cerró la puerta a su salida.

Alejo estaba recién bañado, aún con una toalla puesta en su cintura y sentado en el borde de la cama con las manos en la cabeza.

—¿Quieres que venga luego de cambiarte? —dije con voz suave para no sobresaltarlo.

—No, no. Ya me cambio.

Dentro del cuarto de baño, me daba explicaciones de su actitud y de lo mal que se sentía.

—Alejo, por favor, fue una broma y tómala como tal, solo que aquí no se entendió. Estamos juntos y ya solucionado el problema y, con suerte, volveremos a ver al guía de regreso al aeropuerto, ya no va hacer el guía de nuestras excursiones. Olvida, por favor, el mal momento y tratemos de pasarla bien. ¿Si?—. Tomando su rostro con mis manos y mirándolo a los ojos continué:

—Me di cuenta que me cuidaste todo el viaje, te cargaste con la responsabilidad de que la pasara bien y que nada me ocurriera. Estuviste pendiente de todos mis pasos con el celular por miedo a que me pasara algo. Te ruego que disfrutes tu viaje, sé cuidarme, aunque te agradezco que seas tan amoroso conmigo y me hagas sentir tan cuidada, pero no te cargues de tanta responsabilidad, que ya soy mayor. ¿Te tomaste muy en serio el papel de hermano mayor, no?

—¿Realmente me perdonas? —. Me miró internamente con sus ojos azules y me tomó de la cintura para abrazarme.

—¡Eso sí, en el próximo regateo, me corresponde el 30%! —. Y dirigiéndome hacia la puerta para ir a cenar, me vuelvo bruscamente y lo miro a los ojos, y digo:

—¡Hay una cosa que me quedo la duda...!

—Sí, ¿que es? —responde Alejo sorprendido con una ceja arqueada.

—¿Cuánto equivale aquí 20 camellos?

Rompimos en una risa simultánea y me tomó por la nuca, dándome un beso en la frente.

—¡Sos divina! —agregó. 

Salimos abrazados de la habitación y bromeando por lo sucedido para el lobby del hotel, donde nos esperaban Pía y Felipe para coordinar nuestra actividad del día siguiente.

En la mañana, luego de desayunar panecillos con semillas, no muy sabrosos por cierto, nos encaminamos para recorrer los alrededores. La ciudad me asustaba, era un constante movimiento desorganizado. Aún así, volvimos antes de oscurecer por recomendación y nos dispusimos a armar las valijas para partir al aeropuerto en la mañana, donde abordaríamos un crucero que nos llevaría por una travesía hacia el Valle de los Reyes y visitar las tumbas de los principales faraones.

La historia que tiene este país y la imagen de Ramsés III impacta y deja reflexionando mucho a uno. En varias noches, debido a las historias de faraones y saqueos de monumentos y tumbas que nos relataba el guía, me desperté sobresaltada atrapada en una de los tantos cuentos de persecución, castigos y muerte, donde se veía reflejada mi angustia en mis sueños. Pía a un costado de mi cama y a solas en el camarote, también se sobresalto, pues no es nada agradable despertarse en medio de la noche con un grito tan perturbador.

En breve, teníamos a nuestros dos compañeros de viaje golpeando la puerta y preguntando por nuestro estado. Me sentí avergonzada por la situación, pero entre los tres lograron que mi mente se despejara de todo miedo. Intenté dormir para continuar al día siguiente con el recorrido.

El crucero consistía en salir desde Luxor y recorrer las distintas ciudades por la orilla del río Nilo y durante el día llegar a los distintos destinos. El primero fue Edfu con la visita del Templo de Horus, luego Kom Ombo y Aswan. Esa noche disfrutamos de una fiesta de las chilabas, trajes típicos del lugar que adquiríamos en las tienda del mismo barco. Siempre acompañados y resultando el anfitrión de todos los eventos estaba Amir, nuestro guía, que era muy agradable. Tenía un acento inglés muy bueno y hablaba muy bien el español. Se lo veía uno más como nosotros en el grupo ya que su vestimenta era similar a la nuestra y, si bien era de tez mate, resaltaban un par de ojos verdes que culminaban su retrato con unas cejas y pestañas largas, muy oscuras.

—Chicas, esta noche es de ustedes y queremos que demuestren en la pista su destreza con la danza del vientre —acotó Felipe con mucha gracia dentro del grupo cuando escucho la propuesta. Los hombres del tour acompañaban con las cabezas la moción pensando en disfrutar al máximo dicho baile.

—Creo que aquí no está muy bien visto, ya que lo consideran un baile vulgar y signo de promiscuidad. Es impropio de las mujeres árabes y supongo que no querrán exponernos —agregó Pía con cierta seguridad—. A no ser que ustedes sean nuestros guardaespaldas para protegernos de este fanatismo islámico —. Información que había podido rescatar en sus tantas clase de baile en la Argentina.

—En esta hago un paso al costado. Ya es demasiado que deba estar siempre cubriendo mi cabello y no mirar a los ojos a las personas —acoté sin dar lugar a mi participación.

Al día siguiente, teníamos la opción de tener el día libre o realizar una excursión, viajando en avión hasta Abu Simbel, cuidad que fue rescatada de las aguas de las inundaciones periódicas de la época y regresar en horas de la noche. Optamos por la segunda. Fue intenso el recorrido ya que nos abrumó la información y la majestuosidad de los monumentos y de las historias contadas. Como continuación de nuestro viaje, volvimos a El Cairo en una estadía breve para partir a nuestro destino final Turquía. Nos alojamos en el Hotel Intercontinental Cairo Semiramis, ubicado a metros de la Plaza Tharir.

No era un buen momento en el país para una visita turística, el pueblo estaba revolucionado por lo que se dio en llamar Revolución Egipcia, llevada a cabo por diversos grupos sociales e inspirada principalmente en la revolución tunecina. Las manifestaciones y revueltas se asignaron como una protesta por el exceso de brutalidad policial, las leyes de emergencia del Estado y las altas tasas de desempleo. La principal meta de los manifestantes era forzar la salida del presidente Hosni Mubarak que lleva en el poder 30 años. Por ello, sus calles estaban minadas de gente y nosotros no entendíamos sus reclamos, pues el idioma era ilegible.

Por un instante y descuido, nos vimos en medio de una manifestación donde hombres, mujeres, niños y policías a caballo eran lo mismo en una masa de protesta. Percibimos que estábamos en el ojo de la tormenta, los gritos venían de cualquier parte y la confusión era cada vez mayor.

En unos de los claros de la multitud, la gente corría hacia donde podía, y ahí fue cuando vi a un pequeño de tan solo unos dos o tres años que lloraba en un rincón con cara asustada y solo. Inmediatamente, mi instinto fue ir a su búsqueda y resguardarlo con mi cuerpo, pues los caballos no respetaban ni a la niñez, ni a las mujeres. Mi afán para que la imagen que ese niño estaba viendo y que lo sucedido fuera menos doloroso, mi impulso me llevó a correr hacia él.

Fue cuando sentí un golpe seco, punzante, pero profundo en mi espalda y apuntando a mis costillas, que me dejó algo aturdida por el dolor. Caí de rodillas aún sujetando al pequeño y nuevamente el golpe se hizo más agudo y hondo y perdí el conocimiento de inmediato. 

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