29 de abril de 2015

Capítulo 7

La noche siguiente, Pía se quedó al cuidado nocturno. Había tenido algunos destellos en los que me despertaba y sobresaltaba por no encontrar a nadie conocido. A mí amiga, le pareció oportuno traerme algunos efectos personales con los cuales estaba familiarizada y extrañaba, como ropa de cama, cepillos y perfume.

En la mañana temprano, en la recorrida habitual de Federico, él entró al cuarto y vio una escena muy tierna. Ambas amigas dormíamos juntas abrazadas en signo de protección y afecto. Él se acercó lentamente a Pía y le hablo suavemente al oído para no sobresaltarla. 

—Hola, ¿cómo estás? ¿Cómo pasó la noche?

—Bien. Disculpa, no te oí entrar… —contestó Pía tímidamente, que su presencia la intimidaba y era notorio que no le ocurría solo a ella.

—¿Tienes un minuto? Quiero hablar contigo —acotó Federico.

Sorprendida al verlo a tan corta distancia, Pía solo atinó a decir: 

—Sí, por supuesto. —Ambos se encaminaron hacia la puerta, a una distancia considerable, para que su charla no fuese alcanzada por mis oídos.

Era un hombre arrollador, con una imagen varonil que desplegaba seguridad. Era irresistible a cualquier mirada femenina. Muy alto, de espalda ancha y pectorales bien marcados, que se traslucían detrás de su camisa blanca de lino, impecablemente planchada. Sus ojos azules intensos y sus facciones masculinas dejaban al desnudo su pujante y poderosa imagen.

—Salgamos al pasillo —dijo Federico y la condujo amablemente del brazo hacia afuera.

—Quiero tu opinión, pues es importante para que ella se sienta bien. Estuve pensando con Ema, mi ama de llaves, que se arregla muy bien con el español, de armarle una habitación cómoda y privada en el piso de mi casa-habitación. De esta manera, estaría más controlada por nosotros y no sola en este cuarto, cuando ustedes no están. Solo que no sé cómo lo tomará ella y si consideras que se sentirá cómoda.

—Bueno… En realidad no lo sé… Federico, la idea es buena, pero no te conoce y anoche se despertó muy angustiada en tres oportunidades y me alegré de haber estado ahí para charlar y calmarla, aunque poco logré. Continúa callada. No logré que dijera una palabra y no sé lo que la asusta.

—Es entendible. Tal vez no te contó Felipe, pero el lugar donde la encontré era muy desagradable. Imagínate cuánto tiempo estuvo allí, con desconocidos y dolorida sin ningún tipo de atención.

—Lo sé. Nos imaginamos por su estado, aunque vemos que tiene gran poder de recuperación —dijo Pía mirando desde la puerta la imagen de Fátima.

—Fue muy buena la intervención y la atención de Felipe. Le debemos mucho a él. Fue de gran ayuda en todo esto y ustedes hacen mucho en su faz emocional. Si estuviera en la casa-habitación sería hasta un lugar más cómodo y familiar que estas paredes de hospital, para que ustedes la acompañen —comentó Federico enfático.

—Yo creo que podemos intentarlo y ella misma te dirá si se siente cómodo. No es mala la idea.

—Listo, ya me pongo en campaña para que tenga lo necesario y se sienta cómoda.

Al día siguiente,  mostraba signos alentadores de mejoría, comenzaba a participar de charlas entre todos con una sonrisa y más de una vez me sumaba al humor ácido de cuentos de medicina de Felipe. En tanto que Alejo hacía cambios de muebles y arreglos platónicos en el palacio de la embajada para darle un toque de modernidad al lugar. La visita de Federico estando despierta y sumándose a nuestras anécdotas, me deslumbró. Comenzaba a ver a ese hombre como alguien amigable y simpático, no como un extraño. Notaba que la relación con los chicos era fluida. También se sumaba Fernando que había sido de gran ayuda moral y profesional para los requerimientos de los chicos. Federico tenía mucho que ver en todo eso. Nos había permitido sumarnos a sus vidas y a sus actividades cotidianas como camaradas y, en especial, notaba que a mí, me trataba con una consideración especial.

Luego de casi tres días, Federico quería instalarme en la casa-habitación para seguir de cerca mi evolución y ofrecerme un lugar más acogedor. En parte, me sentía algo limitada en mi accionar, porque sería invadir sus instalaciones y si bien la hospitalidad era excelente, no debíamos abusar de ella. Por otro lado, él estaba abocado junto a Fernando a arreglar nuestros papeles, que, por el tiempo que llevábamos, se nos había vencido la visa. Por decisión unánime, habíamos desistido de continuar nuestro viaje con destino a Turquía, como estaba proyectado en un principio y regresar a Argentina cuanto antes. Solo dependíamos de la terminación de los documentos y, por supuesto, un problema mayor: conseguir mi pasaporte, que aún Federico seguía sus negociaciones.

En el despacho de Federico, pudimos conseguir que Alejo hablara a Buenos Aires y se comunicara con Oscar, mi padre, que estaba muy preocupado al no tener novedades como habíamos acordado. Aunque llegaban informaciones de la situación de Egipto, ni remotamente se le cruzó que podíamos estar involucrados en esas manifestaciones. Alejo fue muy hábil en la conversación por Skype, para que no me viera en las condiciones que estaba. Astuto Alejo diciendo que consideraba peligroso para las mujeres lindas estar en la calle y que, por un amigo, se había contactado con la embajada y permitirle la llamada para tranquilizarlo de que todo estaba bien. Manifestó a mi padre que el único lugar posible era en ese sitio ya que el gobierno había tomado los medios y las comunicaciones. A nuestros ojos no dejo sospechas de lo ocurrido, ya que Alejo tuvo una actuación de primera, no dejando sospecha alguna. Sólo se le ocurrió decir a Fernando con tono de duda:

—Lo veo un padre muy amigable y conocedor de su hija. Creo que fue una muy buena actuación de él también.

Todos volvimos la cabeza a su respuesta y la mirada cómplice con Federico nos dio una lectura más clara. Suerte que en ese momento Fátima no estaba presente, porque hubiese roto en llanto al escuchar a su padre. Fue una oportunidad genial para Federico para hacer una pregunta que desde el principio de la historia de ellos no le cerró:

—Alejo ¿puedo hacerte una pregunta personal?

—Sí, la que gustes —le respondió Alejo con amabilidad.

—¿Cómo es que no llevas el mismo apellido de Fátima y en tu charla sonaba más como amigo que como hijo?

La observación fue muy sutil y llevó a que todos los presentes colaboraran en una explicación, lógica, real y verdadera, a ese hombre que había dado muestras visibles de ayudarnos en todo momento, que estaba siendo cómplice de la situación y que nos estaba permitiendo invadir su intimidad.

Fernando y Federico seguían atentamente y hasta con pena los relatos de Alejo y las intervenciones de Pía. De inmediato, se notó como los ojos de ese hombre fuerte, seguro y con signos visibles del interés por Fátima, pasaron de un azul intenso de desconfianza a un azul tierno por la situación planteada. Ahora entendía nuestra protección hacia ella y que este viaje había sido impulsado por nosotros para olvidar un encuentro y un sinfín de reproches que le demandó su madre después de veintisiete años de abandono. Situación que Oscar desconocía, pues de enterarse hubiese cometido cualquier locura hacia esa mujer, que lo abandonó con una niña pequeña de tan solo tres años. Ahora en su vejez pretendía que le ofreciera cariño, visitas y le contara de sus proyectos, confundiendo aún más sus sentimientos aunque nunca Oscar le había ocultado la verdadera situación.

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