Ya estaba instalada en la casa-habitación y bajo los cuidados de Ema. Mi recuperación era satisfactoria. Solo faltaba adaptarme a las molestias de las costillas, que no me acostumbraba a que la tos interrumpiera mi sueño por las noches y me despertara con un dolor agudo en mi espalda, el cual me molestaba continuamente.
Ema, en tanto, era muy amable y me complacía con todo tipo de comidas y especies a mi gusto, aunque no se las pidiera. Es más, parecía empeñada en hacerme subir de peso con sus exquisiteces.
Sin embargo, esa noche en la madrugada, otra pesadilla se apoderó de mí. Un grito ahogado me levantó de un salto de la cama y no sabiendo para dónde correr, me encontré en un rincón llorando.
Ante lo sucedido, Federico, que estaba a tan solo tres cuartos de distancia de el mío y siempre preocupado por mi bienestar, salió corriendo en mi búsqueda.
Al encontrarme como una niña, sentada en un ángulo de los pasillos con mis manos tapándome la cara, se llenó de ternura y, lentamente para no asustarme, se acercó con su voz suave y, tomándome por los hombros, me atrajo entre sus brazos y trató de calmar mi llanto.
—Shhhh, Shhhh, estoy aquí contigo. No temas. Me quedaré a tu lado —me susurró suavemente al oído, y su mirada intensa, azul mar, me dejó aún más paralizada.
Quedamos por unos minutos abrazados, sin palabras, sólo con el fondo de mi llanto suave, pero angustioso. Él acariciaba mi cabello y mi espalda para aliviar ese dolor que le trasmitía con el rose de mi cuerpo. Podía percibir que saboreaba con los ojos cerrados el perfume de mi cabello, la sensación de tenerme entre los brazos, lo podía advertir con su respiración y su delicadeza. Yo, en tanto, disfrutaba el exquisito aroma de su perfume, el efecto que sentía con el roce de su piel y lo mejor de todo, que era la primera vez que no oponía resistencia.
Por las sensaciones presentadas ante mi contacto, tome conciencia que él comenzaba a tener una excitación evidente en su ligero pijamas de hilo y sin chaqueta. Podía presumir, por primera vez, que ese contacto que teníamos, tenía otra respuesta, mucho más significativa que la de cuidarme y protegerme. Por mi parte, tenía la percepción de que ya no podía engañarme y él estaba demostrando signos muy significativos ante mi proximidad. Ya no disimulaba en ocultar la pasión que le inspiraba mi presencia, ya ocupaba un lugar en su mente durante la mayor parte de su día. Me había metido en su vida sin permiso y creo que era de su agrado tenerme cerca.
Con un movimiento suave, me alzó entre sus brazos y me condujo nuevamente al cuarto. Me sentía débil y cansada. Él me recostó en la cama y se colocó en el borde, a escasos centímetros de mí. Acomodó las sábanas, como queriéndome arropar. Prendió una luz tenue y suavemente deslizo por mis mejillas unos pañuelos de papel que estaban en la mesa de noche para sacar todo rastro de lágrimas.
Me sentía avergonzada sin querer mirarlo a los ojos. Él percibió mi vergüenza por lo ocurrido y con el dedo índice levantó mi cara para que se encontraran ambas miradas.
—¿Quieres contarme lo ocurrido? —me dijo con una voz suave y tranquilizadora.
Solo negué con la cabeza.
—Mírame, por favor, no soy un extraño. No quiero ser un extraño para ti.
Mi mirada comenzó a recorrer ese torso desnudo desde su cintura, musculoso con vello, de un hombre que estaba a mi lado en un cuarto desconocido. Su aroma confundía mis pensamientos y no me dejaba enfocarme claramente por dónde empezar.
Por primera vez, entre sus brazos, me sentía protegida, cuidada y, hasta por un momento, no quería que se separara de mí. Comenzaba a sentirme muy a gusto con su presencia, pero también debía de reconocer que no estaba bueno lo que me estaba pasando. Tenía sentimientos encontrados. Sus ojos azules, su tez blanca con un principio de barba y su pelo algo despeinado que le caía sobre la frente lo hacían irresistible y mirarlo como él me pedía, podía caer en situaciones que luego podía arrepentirme. Era la primera vez en tantos años que tenía esa atracción hacia un hombre.
Notando que no emitía palabra, se levantó, me dio un beso en la frente y se encaminó hacia la puerta de salida.
Con un hilo de voz y mirando su imponente figura masculina en el marco de la puerta, alcancé a decirle:
—Por favor…no te vayas, puedes quedarte hasta que me duerma.
Con una sonrisa de satisfacción por mi pedido, se dirigió al costado amplio de la cama, se recostó, me tomo de la mano y, con una dicción clara y suave y para distraerme de mis pensamientos negativos y sacarme una sonrisa, comenzó hablar de una anécdota de joven, cuando los encontraron a Fernando y a él en un Hotel de Roma durante un viaje de negocios, durmiendo juntos en una cama de matrimonio. Logró distraerme enseguida.
Me desperté con los primeros rayos de sol de una ventana que se abría despacio. Una silueta masculina, vestido con un jeans y una remera celeste, me provocaba con una sonrisa.
—Hola dormilona, buenos días. ¿Sabes qué hora es? —acotó Federico corriendo el cortinado.
—¡Ni idea! —contesté.
Acercándose, me dio un beso en la frente y me preguntó:
—No sé si traerte el desayuno o el almuerzo —comentó con su gran sonrisa de dientes blancos y perfectamente alineados.
—No…. solo tomaré un café —dije aún con tejo se somnolencia.
—Hummmmm, eso no es bueno. Debes alimentarte bien, me dijo Felipe que has bajado de peso y tengo como tarea ocuparme de tu bienestar y salud.
—Qué responsabilidad que te han dado —dije con una sonrisa.
—¡Lo se! Y pienso tomármela muy en serio. Por eso te propongo que adquieras un buen desayuno y te invito a caminar por los alrededores de la embajada, para que conozcas sus instalaciones, sus jardines y que no te resulte tan extraño este lugar. No quiero que te suceda lo de anoche.
—Perdóname, no sé lo que me ocurrió… estoy algo confundida —dije con voz apenada.
—No es para menos y no tienes que pedirme disculpas, para eso estoy aquí: para cuidarte. Vamos…¿Te gusta la idea?
—¡Si! Me gusta la idea. Me cambio en un minuto y estoy lista.
Salgo con entusiasmo de la cama, cuando con el envión a la toma de decisión me hizo tambalear y marearme un poco, perdiendo totalmente el equilibrio. Nuevamente estaba él, mirando mis pasos y, en una reacción rápida, alcanzó a sujetarme para no caerme al piso. Me sostuvo entre sus brazos y con el otro tomaba mi nuca para que mi cabeza no cayera en peso muerto. Sujetó mi cuerpo contra el suyo y al oído sentí su dulce voz nuevamente que me decía:
—Chiquita, qué débil que estas ¿Qué más puedo hacer por vos para que te recuperes?
Esta vez no me soltó y, sujetándome aún más, me indicó cómo respirar para recuperar el aliento y el oxígeno.
—No te voy abandonar, te voy a sujetar y si es necesario lo haré el resto del día hasta que te sientas fuerte.
Mirándome con sus ojos azules, acercó su boca a la mía y suavemente me dio un beso que me hizo estremecer por completo. Realmente estaba confundida, no sabía si era el mareo que actualmente tenía o mi debilidad por las sensaciones que me causaba este hombre con su presencia y su seducción. Dije su nombre suavemente y él pudo percibir que lo que estaba pidiendo era más, mucho más. Su abrazo fue intenso y su beso apasionado. Sentía como sus labios paseaban por mi cuello y luego volvían a mi boca en un afán de contener todo mi sabor de una bocanada, su lengua rozaba los lóbulos de mi oreja debilitándome aún más.
Era consciente que este hombre estaba desatando cosas reprimidas en mí, que con su dulzura llegaba a lo más profundo y buceaba mi interior a su antojo. Y mientras mis manos se deslizaban por su espalda acariciando su musculosa contextura masculina, un solo pensamiento ocupaba mi mente: «Mi corazón está por estallar. Estoy perdida. Debo reaccionar. No puede estar pasándome esto».
—¡Oh, Fátima! —murmura con vos suave— ¿Esta es tu forma de pedirme que te ayude a recuperarte?
—No lo sé, me desconozco. Cuando te tengo cerca, me pierdo y no reacciono.
—¿Tanto poder ejerzo en vos? —. Y continuó jugando con su labios por mi cuello y mi cara.
—Por favor, detente Te estás aprovechando de mi situación.
—Creo que necesitas terapia intensiva y yo soy el único que estoy en condiciones de proporcionártela.
—Ya te estoy causando muchas molestias. Te dedicas a mí y dejas tus tareas laborales de lado ¿y qué te doy a cambio?
—¿Hace falta que te lo diga?... Creo que te necesito a ti y te aseguro que te tomaré cuando estés en condiciones. No quiero ser un aprovechador de mujeres débiles de salud.
—¿Soy débil para ti? —pregunté con una voz muy sensual.
—Para nada, señorita, ha sido muy fuerte con todo lo que le ocurrió. Solo que estas con las defensas bajas y por eso estoy a tu lado para ayudarte a recuperarte.
Me mira a los ojos, alarga la mano y me recoge cariñosamente el pelo por detrás de la oreja.
—¡Ven! —me tiende la mano— Siéntate aquí y recupérate. Haremos las cosas lentamente. Te quiero entera.
Volvió a darme un beso suave pero intenso y luego me dijo:
—Quiero verte recuperada física y emocionalmente.
—Eso suena como que también estoy desequilibrada y no es solo mi parte física.
—¡No! Ni se te ocurra pensarlo así. Quiero que estemos juntos disfrutando los dos del momento. Estoy empezando a necesitarte todo el día y por ello tienes que estar fuerte ¿ Me entiendes?
—Creo que sí —contesté extrañada por su declaración.
Las pupilas de sus ojos se dilataban cuando me miraba profundamente. Ví en su rostro un tejo de deseo que se reprimía. Estaba acostumbrado a ponerse límites y a ponerlos. Y eso me gustaba mucho de él. Su seguridad e instinto de protección me seducían.
—Por la expresión de tu rostro, ¿lo entiendes, no? Me parece muy bien, porque también vos vas a tener que ejercer ese control.
—¿Cuál? —pregunté ingenuamente.
—El de controlarme, para no lanzarme encima de ti y cansarme de besarte y abrazarte —susurró en mi oído.
—¿Por qué me pones en situaciones tan difíciles de tener que controlarte cuando no sé si realmente lo deseo?
Muevo la cabeza con aire culpable por lo dicho.
—Por tu bien, solo por tu bien, te quiero fuerte, entera. Es evidente que siento algo muy fuerte por ti, y no solo es el hecho de cuidarte en mi condición de embajador hacia una turista, hay mucho más en ti que quiero conocer.
Sus palabras me llenaron de ternura y no pude evitar que brotara una lágrima por mis ojos. Me ruboricé de solo asumir lo que tenía pensado este hombre para mí.
—Quiero que te relajes conmigo, que disfrutes, que confíes y que te pongas bien. Lo mejor está por venir.
Tenía una expresión suave y tierna cuando me miró. Me besó los labios con dulzura y me dejó con su sabor para que lo recordara el resto del día.
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