12 de agosto de 2015

Capítulo 10

Era una mañana diáfana y tranquila. Luego que Federico se ocupara de unos temas de trabajo, me retiré a descansar unas horas en mi habitación. Las emociones me habían agotado y mi cuerpo acusó por momentos cierta debilidad. Entrada la tarde, me pasó a buscar para realizar la propuesta de conocer las instalaciones. Me sorprendieron dos sectores de todo el edificio. La pileta de grandes proporciones en unos de los pisos inferiores y como era de esperar su suite.

Paredes color crema y amarillo suave, con ventanales grandísimos con vista a los jardines, que la adornaban cortinados rayados al tono. Una gran cama blanca con respaldo mullido en una tela de seda en magnífico juego con las paredes. Cuadros muy sobrios y sobre una cómoda de estilo, unos retratos de él con dos mujeres. Mi discreción me llevó a no preguntar, pero me moría de la curiosidad. Sillones blancos forrados en un exquisito género de estilo, pero con un toque moderno. Al frente de la cama un gran espejo de pared a pared, donde él, me acercó lentamente y sobre un botón hizo colocar mi dedo índice.

Este se deslizó suavemente y de dimensiones casi igual a las del cuarto, apareció como por arte de magia un vestidor que se podían ver en perfecto orden trajes, camisas, pantalones de diferentes estilos, remeras, zapatos, cajones de todos los tamaños y como una cascada, estantes, con un colorido único y una variedad asombrosa de corbatas y pañuelos, de los mejores diseñadores. En el centro, un juego de sillones circular, de terciopelo, para sentarse y elegir a sus anchas el atuendo del momento. Pero mi sorpresa fue mayor cuando nuevamente con su mano me llevo a otro espejo, ya más pequeño y con su dedo pulgar dejando su huella digital, se abrió otra puerta, donde en su interior se observaban, en diferentes compartimentos hechos a medida, una exposición numerosa de gemelos, trabas de corbatas, relojes, y diseños de joyería de muy buen gusto y exclusivos. En el fondo una caja fuerte con números digitales. Todo era prolijamente cuidado y pensado. Girando sobre mis talones y viendo que él estaba apoyado sobre el marco de la puerta con sus brazos en jarra, me anime a decir…

—Tienes aquí el sueño de toda mujer, en ropa de hombre.

Me tomo por los hombros y saliendo de esos cuartos llenos de buen gusto y clase, me dice…

—Es solo ropa, nada más, solo quería que conocieras parte de mi intimidad, porque esto no es del acceso de nadie.

—¿Y porque debo tener ese privilegio? —dije en un tono cómplice mirándolo a los ojos—. Porque quiero que conozcas todo sobre mi.

Me dio un beso en la frente reteniéndome entre sus brazos.

—¿A cuántas le dijiste lo mismo?

—Me creeréis si te digo que eres la primera mujer que viene aquí?

—Bueno … debo reconocer que mis circunstancias de intrusa en tu casa son únicas.

Con un tono autoritario y enmarcando las cejas en signo de disgusto, aclaró.

—Te prohíbo que digas eso, no eres ninguna intrusa, pues si estás aquí es a mi pedido y bajo tú consentimiento, hay otras habitaciones dentro de la embajada para huéspedes y tú no eres eso.

—¡No!¿que soy? —pregunte con una voz más dulce, que noté que le llegó en lo profundo.

Y tomando mí cara con sus manos me dio un beso en la boca, hondo, apasionado, donde su lengua exploraba mi interior y me hacía perder el sentido, su contacto me hacía estremecer y el roce de sus manos sobre mi espalda apretándome contra su pecho me dejaban sin respuesta, entregada a todo tipo de sensaciones. Él con voz suave y siempre acariciándome y sintiendo su aliento masculino me dice…

—Te estoy pidiendo sutilmente que seas parte de mi vida y eso es mucho decir.

Sentí que mis piernas no me respondían y esta vez no era mi debilidad física, sino era el poder que ejercía este hombre en mí, que me hacía perder los sentidos. ¿En que me estaba convirtiendo?, ni yo me reconocía. Sus intenciones decían que no pararía hasta conseguirlo. Y no sé si yo quería que se detuviera.Baja la vista y me mira con los ojos muy abiertos. Yo sin pensarlo y en un impulso, lo tomo por el cuello en un abrazo fuerte donde permanecemos un buen rato en esa posición y en puntas de pie para lograr ese objetivo, ya que él era mucho más alto. El olor a su perfume y el roce de mi cara en su cuello me hicieron perder la cabeza y comencé con una serie de besos seductores, lentos y tiernos que se escuchaban durante mi recorrido un ronroneo delicado que salían de sus labios. Mi inconsciente me hablaba y me decía…—no te detengas—. Él, comenzaba a acariciarme todas mis extremidades y su ritmo cardíaco se aceleraba al igual que su respiración. Me sentía desarmada ante sus caricias y su roce contra mi piel. Lo miro embelesada, me excitaba el ritmo lento y sensual de sus movimientos. Sin darme cuenta lo veo que esta descalzo, solo lleva una camisa blanca a medio abrochar que esta fuera de sus vaqueros, tiene una actitud provocativa, ganadora que me encanta. Es tan atractivo y deseable a mis ojos… Aparto su mirada irresistible, acompañada de todo su aspecto exterior e interior. Su proximidad, su aroma masculino me provoca una atracción irresistible nunca antes percibida. Quiero olvidarme de todo y solo vivir su presencia, aunque mis miedos se apoderan. Tomo nuevamente la iniciativa, levanto mis manos y acaricio sus mejillas, él, cierra los ojos, puedo sentir que su respiración cambia de ritmo y murmura gustoso, en signo de placer, ante mi propuesta. Acerca la cara aún más a mis caricias, se inclina despacio y pronuncia con aterciopelada voz.

—Eres realmente irresistible —apartándose con cautela de mis manos, hace un alto y no comprendo su paso siguiente, se queda unos segundos a distancia mirándome con sus ojos fijos. Esta muy cerca pero no me toca y eso me vuelve loca. Me prende fuego de pasión y deseo su proximidad. Luego de una inspección ocular, acercándose lentamente a mí y percibiendo la proximidad de su cuerpo al mío me dice… 

—Te deseo Fátima —musita lentamente besando suavemente por debajo de mi oreja, como sabiendo que es mi debilidad.

Mis labios buscan unirse a los suyos, logra separarlos mientras sus brazos comienzan a rodearme y me atraen hacia él, para que puedan percibir por entero, su cuerpo con una notoria erección entre sus piernas.

Pasa su mano por mi espalda, juega con mi cabello y baja con delicadeza los breteles de mi vestido de seda blanco con grandes flores rojas que me hacían un aspecto juvenil y descontracturado.

—Estás hermosa con este vestido, tienes una elegancia suprema, me da pena sacártelo, pero creo que es momento que te sientas más cómoda.

Mi mano tomó los extremos de cabello de Federico que caían sobre el cuello de su camisa, mientras mi boca se aferraba a la suya deleitándome con las sensaciones más deliciosas, jamás por mi experimentadas. Me rindo, me entrego y con un sutil movimiento deja caer a mis pies el vestido quedando solo con el corpiño, la venda rodeando mi cintura y mi bombacha. Con sus ojos recorría fijamente mi figura. Me pregunta tomando mi faja por un extremo.

—¿Puedo?

Casi sin aliento, sale de mi boca un sí, contenido.

La desenrolla con una delicadeza singular, la deja a un costado y continúa con mi corpiño donde mi pudor no deja de revelar mi piel erizada.

—Eres encantadora, tu piel tan suave, eres perfecta—musita mientras bailan sus dedos sobre mi cuerpo.


Acaricia uno de mis pechos ahuecando su mano para contenerlo y con su dedo pulgar realiza movimientos circulares sobre mi pezón bajo sus expertas caricias. Recorre con su otra mano mis nalgas notando mi firmeza ante la sensación inesperada. Suavemente desliza su mano, que se había apoderado de mi pecho y lentamente cambia de rumbo hacia mi bombacha deslizando sus dedos hacia mi interior inspeccionando mis zonas más íntimas. Húmedas por mi pasión contenida. Su boca busca nuevamente la mía y percibo su impaciencia por tenerme. Era totalmente nuevo para mí, pero por muchas razones me dejaba llevar por mi deseo y mi instinto y no deseaba que se detuviera. Sin dejar de mirarme comienza a desprenderse su camisa y sacar sus pantalones, conduciéndome hasta la cama de aroma a hilo y su adorable perfume. Mi vista no deja de apreciar ese cuerpo dotado en boxes donde se percibía su prominente sexo oculto. Me apoya completamente en su lecho y sutilmente de su mesa de noche toca un botón donde automáticamente se cierran con llave todas las puertas y saca un envoltorio de preservativos, que deja sobre la mesa. Suavemente recorre con sus labios mis piernas hasta llegar a mi entrepierna, donde no resisto esa dulce sensación y me curvo en una demostración plena de placer, agradable y única.

—Tranquila, muévete despacio, quiero cuidarte. Me gusta mucho sentirte y disfrutarte lentamente, eres deliciosa. 

Me alzo de nuevo, embriagada en mil sensaciones para encontrarme con sus ojos y explicarle algo sobre el camino que iba a abordar. Un hormigueo, que comenzaba a ser familiar cuando lo tenía a escasos centímetros, corría por mi nuca y bajaba lentamente por la columna. Mi corazón latía de prisa, acelerando mi pulso, aumentando mi respiración. Esta vez había más, más que sentir, más que percibir, más que aprender. Me asustaba, pero lo deseaba hacer, hundir mis dedos en su sedoso pelo y lanzarnos en un duelo de besos y retiradas de lenguas y labios voraces, era nuevo para mí. Yo también estaba provocando esa situación. Las sombras de la habitación nos envolvían, pero ambos teníamos la vista adaptada a la media luz. Observó fascinado las nubes de deseo que surcaban mis ojos rasgados, su habitual expresión incisiva y resuelta, reemplazando despacio, la aturdida evidencia de la excitación. Federico tenía las manos en mi espalda, me sujetaba fuertemente y en un sutil movimiento, me hizo girar con él, atrapándome entre su cuerpo. Me colocó con las piernas encogidas sobre su cintura, apreciando lentamente con sus ojos mi figura parcialmente desnuda.

—Eres de una fineza asombrosa —mientras con sus manos ahuecadas acariciaba ambos pechos.

Mis sensaciones se multiplicaban y no dejaba de mirar su cara de placer, que ante el juego de sus manos sobre mi cuerpo disfrutaba plenamente cada movimiento.

—¿Me deseas? —esboce tomándole la cara con ambas manos.

—¡Si, muchísimo! —contesto con una voz seductora. Me tomó de la cintura y me colocó aún más sobre su miembro eréctil y me llevó una mano hacia abajo, pasándola entre ambos hasta posar la palma sobre su erección. Su sonrisa se acentúo al ver mi rostro, y argumentó…

—Esto no miente. Esto sucede cada vez que te veo —explico él—cada vez que te tengo cerca, sobre todo cuando te tengo cerca.

La respuesta sonó inesperadamente sensual y provocativa. Cada contacto era una promesa y una exploración. Una cálida sensación se derramaba por todo mí ser, sensaciones más definidas, llamas que se encendían y crecían con cada movimiento de él.

Giró nuevamente hasta quedar sobre mí, con su boca pegada y su estimulante lengua. No tuve ocasión, capacidad, ni necesidad de articular palabra. Una vez más aquel simple sonido fue una apertura para Federico, tanto para mitigar como para aumentar el ansia. Tanto como para volverme loca, jadeante, con la cabeza dándome vueltas. No estaba segura de cuanto más podía aguantar y sabía que no había pasado lo mejor.

Atrapada bajo su peso note que lentamente agachó la cabeza y comenzó a recorrerme con la calidez de su boca todo mi cuerpo, me tomó de las caderas y yo apoyé las manos en sus brazos. Ante su contacto, solo cerré los ojos y sentí como lentamente deslizaba mi ropa interior, recorría con sus labios mi sexo, mientras ahogaba un gemido. Me ponía a prueba en todo momento, atormentaba mis sentidos, exploraba mi cuerpo en el sin fin de sensaciones que me hacía sentir su contacto. Aquella pasión por tenerlo crecía cada vez más en mí. Todo parecía bajo control. Pero vi en sus ojos, el ardor y la lujuria que encendía el azul de su iris y me impresionó, me éxito por completo. La innata suavidad y sensualidad que había percibido no era una fantasía. Inspiré hondo, procurando afianzar mi control y sutilmente se coloca el envoltorio en su miembro tan viril y masculino.

Federico seguía dándose su mejor lujo, acariciando mis senos y mordisqueando mis pezones, bajando sus labios arriba y abajo en todas direcciones, concentrándose en mi ingle, donde me sentía caliente, húmeda e hinchada, a tal punto que la carne me dolía y palpitaba. Una vez más el pareció sospecharlo, investigaba mi cuerpo a su antojo. Suavemente deslizó su cuerpo entre mis piernas obligándome a separar mis rodillas para acomodarse mejor. Era placer supremo, el sentir a Federico resbalarse entre mis piernas, llegar con sus labios hasta mis labios inferiores, donde disfrutaba su vista de ver mi vulva sin vello ,ya que gozaba de estar definitivamente toda depilada, buscando mis ojos y su posterior comentario ante sus actos y mi exposición, me daban mucho pudor, cuando comentó…

—Exquisita. Perfecta. Y mía.

Con un jadeo entrecortado mencioné su nombre, intentando desesperadamente zafarme de esa situación tratando de tomar su cabeza. Sentí una sacudida en todo el cuerpo mientras la sensación de él, besándome, lamiéndome e investigándome con tanta dulzura me doblego y me rendí con un quejido de placer. Fue una autentica rendición. Federico exploró aún más mis zonas más intimas, hundió un dedo dentro de mí y lentamente acaricio mis paredes. Lo retiró para acariciarme nuevamente y luego siguió en su exploración agitando el dedo una y otra vez. Yo jadeaba por las explosivas sensaciones que invadían todo mi cuerpo, el calor que percibía iba en aumento junto con la pasión y el deseo. Una y otra vez me llevaba hasta el límite y se detenía. En un instante entendí el propósito de su repetida estimulación, abriéndose el camino a su necesidad. Una necesidad primitiva, ávida y voraz que se adueñaban de mi cuerpo y lograba sensaciones únicas que corría por mis venas. Solo disfrutaba en sentir, emociones que crecían paso a paso y jamás experimentadas por mí con tanta intensidad.

Sin más comenzó a penetrarme lentamente, tomó nuevamente mi boca en un beso lento y profundo que me hizo perder la cabeza. Empujó despacio, potente y firme, sus ojos alcanzaron los míos y pude ver una mirada de asombro y pregunta cuando embistió mi virginidad, salió y lo intentó nuevamente con más fuerza, haciéndose camino y sintiendo más profundamente mi cavidad. La impresión ante el hecho fue como una descarga y no pude retener una mueca de dolor. Él, tratando de contener sus impulsos, sin restricciones, pero notando que quería cuidarme. Mis músculos se fueron soltando y trate de relajarme para sentir a ese hombre que por una razón especial ya era mío. 

Apretando los dientes, Federico me dio todo el tiempo necesario y luego busco mis ojos donde su pregunta fue casi religiosa. Separándose milímetros de mí, su pregunta en tono desconcertado y temeroso me lleno de ternura.

—¿Dime que estas bien por favor?

Cuando le respondí…

—Continúa, solo quiero sentirte, me estas cuidando y te siento mucho. No pares por favor.

—Eres bellísima—brotó de su boca.

Ante su penetración comencé a sentir espasmos internos propios de mi inaugural estado. Era evidente que por primera vez, un hombre se adueñaba de mi de esta forma y aunque me dejaba llevar por su experiencia, el percibió que había algo más que cuidarme que mis costillas y mi estado general.

—Divina no puedo parar, pero debo ser cuidadoso, soy un privilegiado, ayúdame por favor, condúceme para no hacerte daño. ¿Dime que estas bien?

—Si en este momento te detienes, ¡te mato!—argumente algo risueña para cortar esa tensión de las sensaciones experimentadas.

El sutil ensanchamiento de su sonrisa, el modo en que su mano acariciaba mi cuerpo, la manera en que me sostuvo la mirada, incitante, atractiva, me hablaban de lo que él deseaba hacer. En una última embestida, más contundente y profunda su penetración fue completa donde mis movimientos dejaban que me ajustara a su ataque y lo recibiera en forma total. Donde tocara mi piel ardía y era un deleite escuchar sus jadeos acompañados con el ritmo inevitable de tomarlo ente mis manos y alentándolo a seguir. Cada movimiento, contacto de nuestros cuerpos, nos llevaban a disfrutar sensaciones ocultas, hechas a nuestra medida, llevándonos ambos a un plano superior comunicándonos en una faz única. Por instinto levanté mis piernas rodeando sus caderas y logre su miembro más adentro para profundizar más. Tomándome por sorpresa me rodeo con sus brazos y me sujetó firmemente, en tanto que mis manos se aferraron a sus bíceps y estando frente a frente, su rostro expresaba solo placer y casi como en silencio note que ambos llegábamos a un clímax absoluto. Con un sonido apagado ambos llegamos entre contracciones y espasmos a un orgasmo demoledor. 

Segundos después abrazados desprovistos de todo, salvo en mi interior, que sentía una mezcla de placer, ardor y dolor. Todo al mismo tiempo. Pude notar la sensación de una célebre sonrisa que curvaba sus labios y luego besaba mi cabeza.

Mi cuerpo estaba cansado pero sentía una relajación y un bienestar interior que descubría solo con su presencia. Parcialmente encima, me decía al oído…

—Decime que estas bien, debo separarme y no quiero, jamás sentí esto, me haces perder el control de mí mismo.¡ Háblame por favor!—sosteniendo en un abrazo mi cabeza.

—Solo te ayuda si te digo que fue maravilloso.

—Eres encantadora, nunca conocí a nadie igual a ti.

—Lo creo, porque soy única —argumenté con una sonrisa y mirándolo fijamente.

Me abrazo aún más en señal de satisfacción y quedamos atrapados en un sueño tranquilo y reconfortante. Con nuestros cuerpos pegados y satisfechos.

A mitad de la noche me desperté sobresaltada, con una sensación extraña, me senté en la cama, miré a mí alrededor y me encontré perdida y confundida. Él, a mi lado, durmiendo. En los últimos días había transitado por tantas situaciones diferentes, que aunque era una persona equilibrada y con sentido común, con fácil adaptación a situaciones nuevas por mi profesión, debía reconocer que esto había superado todo lo previsible.

—Shhhhhh, shhhhhh, tranquila,—se escuchaba que me tomaba por la espalda y me decía a los oídos recostándome en la cama nuevamente y reteniéndome entre sus brazos. Notó mi alterada actitud a la que de inmediato me trató de calmar y hacerme entender donde me encontraba y que había ocurrido.

—¿Que estabas soñando? ¿Qué es lo que te atormenta?

Nuevamente mi silencio ahogado dejo un espacio vacío, sin respuesta a su pregunta.

Acariciaba mis sienes con sus labios en pos de sentir un alivio a mi pesadilla y comenzó con sus besos seductores donde nuevamente me perdían y no me dejaban pensar. Ni quería hacerlo. En otro juego de seducción volvió a provocarme con sus besos y caricias, terminando en un sexo satisfactorio para ambos y esta vez si había llegado a lo más profundo de mi ser logrando por completo despojarme de todo indicio de virginidad. Había dejado atrás a esa mujer que solo sabía de sexo por hablar con amigas o por lo que veía en las películas. Ahora sabía lo que se sentía cuando el corazón estaba involucrado. Y eso era lo que había estado esperando en toda mi corta vida. Sentirlo con amor y no solo por placer.

Me despertó el ruido de la lluvia de baño de la habitación contigua, me levanté lentamente, me dolían las extremidades aún por el impacto. Me coloqué por encima mi vestido y vi que Federico se estaba bañando y solo atiné a decirle desde la puerta…

—Me voy a mi cuarto, no quiero que me vean aquí, en estas condiciones.

—¡Espera por favor!, no hay apuro—argumento algo desesperado por mi partida repentina.

—Es temprano, hasta las ocho no llega nadie y aun son las siete, ven aquí conmigo.

Quería cierta privacidad, mis extremidades me dolían y noté que corría por mi pierna un cordón de sangre propio de lo ocurrido en la noche. Pero hasta eso me daba pudor. Dije con cierto recelo y vergüenza lo que me ocurría y solo veía la oportunidad de irme.

—Por favor confía en mí, ven aquí— dijo debajo de la lluvia invitándome junto a él.

Entré con duda, pero al ver que detrás del vidrio había un invitación a un baño juntos, no pude resistir la oferta. Me desconocía. En el ante baño con mesura quite mi marca de castidad y me saque el vestido. Lentamente me fui acercando y él me condujo con palabras y la caballerosidad que lo caracterizaba, para que no me sintiera mal ante el hecho.

—¿Estás mejor? —preguntó tomándome por la espalda y acariciándome el cuerpo con el jabón en mano y pasándolo suavemente por mi piel.

—Es raro, siento como si te conociera desde hace mucho, nuestra intimidad es tan natural que hasta me sorprendo a mí misma. Jamás me imaginé estar en la ducha con alguien más que mi misma y hoy de la nada estoy permitiendo que tu mano se deslice por mi cuerpo debajo de la ducha y se apodere de mi cuerpo como nada, en todo momento.

—Esto es el comienzo preciosa, solo deja que surja —besaba mi cuello mientras hablaba y corría el agua por nuestros cuerpos.

—¿Sabes una cosa? —decía Federico para cambiar el tono de la conversación y lograr relajarme.

—No, ¿ si no me lo cuentas? —expresé con una sonrisa en mis labios.

—Cuando estábamos en pleno plan de tu búsqueda, le pregunté a Alejo que signos significativos me podía dar para tener como referente, un tatuaje, una cicatriz… él solo menciono un lunar grande detrás de tu oreja derecha, y aquí lo veo y lo beso. Pero sabía que me ocultaba algo, pues se quedó con la mente en blanco, como recordando para su interior algo más.¡ Y!¡ ya sé, lo que es!…

—¿Que supones que es?—Dije enfrentándome cara con cara con él, jugando con el jabón sobre su pecho.

Federico con su dedo apuntó al lunar que tenía justo en la terminación del sacro donde comenzaban mis glúteos. Quede pasmada ante el acierto y mi cara le demostró la sorpresa.

—¿Cómo lo sabes? —dije tocando mi lunar con una mano y mirándolo a los ojos.

—¡Intuición!¡ Solo intuición!... Pero hay algo que me molesta. 

—¡Ah… sí! y ¿qué es? —pregunté ingenuamente.

—Alejo¿ siempre te vio con ojos de hermano?¿ Su instinto nunca lo llevó a querer tener algo con vos?—preguntó incisivo, seguro y hasta con un tono de enfado.

Comenzaba a conocer sus reacciones y me sorprendió su pregunta porque dejaba implícito que conocía mi relación de hermano del alma y no de sangre.

—Creo que las pruebas las has tenido anoche, que por más acercamientos de cualquier hombre que haya tenido, estaba esperando el adecuado —dije en tono seguro y muy serio.

—¡Perdón!. Es cierto… solo que soy celoso y es otra faceta de mi personalidad que debes conocer.

—Señor embajador, es contradictoria su postura, porque un hombre tan seguro y firme como usted, no puede caer en esas vacilaciones —acoté con una sonrisa de satisfacción por su actitud.

— Es verdad, pero una cosa son los negocios y otra es tu mujer.

Y esa respuesta no dio para más comentarios —¡ si!— ,se lo veía seguro y determinante con su posición. Estaba dando una muy buena señal que con él no se jugaba y que lo que era suyo no se tocaba. Y sobre todo esa frase TU MUJER. Me desarmó. Ya era de su propiedad. Era toda una declaración y me hacía sentir muy bien.


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