Capítulo 21
Llevábamos días de
compartir diferentes cosas en común, trabajo, amigos, reuniones, fiestas en la
embajada, nada hacía notar que había cambiado nuestra relación. Aún más, se
podía percibir que se afianzaban los sentimientos y compartíamos aún lo impensable, en plena armonía y disfrute.
Adoraba cuando se aparecía en mi estudio y
sentado frente a mi escritorio, observaba detenidamente mis actividades
laborales a la espera de poder salir a almorzar. Debía reconocer que su
presencia causaba alboroto. Siempre en nuestro espacio informal caía de
impecable saco y camisa, haciéndose
camino con sus grandes espaldas,
profundos ojos azules, su peinado en perfectas condiciones y con una sonrisa en
sus labios, que dejaba a más de una mujer con los ojos como platos cuando la
saludaba amablemente una por una. Nuestro ambiente de trabajo era
descontracturado y debo decir que estábamos acostumbrados a ver contratistas y
gente de obra con cascos y bolsegos. No era común ver tanta elegancia en horas
de trabajo. Con tan linda figura, era un recreo para la vista y un comentario
para todo el día, aún del personal masculino, que veía el cambio radical que
causaba su presencia en las mujeres. Según ellos, y a modo de broma, en los
días de visita de Federico propiciaba el entendimiento de propuestas y
proyectos, logrando en pocos minutos lo que se discutía por días.
Estando ya instalada en mi departamento de la capital,
una noche se aparece con una botella de vino y una propuesta. Fue la invitación
de ir a conocer a su madre y hermana a
Neuquén, donde pasaríamos un fin de semana largo que se aproximaba. Mi
sorpresa fue mayúscula, pues sabía lo que implicaba tan importante convocatoria.
Fernando me había contado en una oportunidad que era muy cauto con sus relaciones
de pareja y que nunca una mujer había pasado las fronteras que él me había
permitido abordar en los últimos días. Una de ellas era conocer a su familia.
Debo reconocer que
ante semejante invitación estaba nerviosa y no sabía cómo y con quién me iba a
encontrar, motivo por el cual, en el vuelo, estaba muy nerviosa y lo percibió…
—Tranquila, no pensé que te
resultaría difícil este plan, si me quieres,
se te contagiará el sentimiento cuando las conozcas.
—¡Si, lo sé!… no pueden ser muy
diferentes a ti— respondí con una sonrisa nerviosa y algo tensa.
El recibimiento no
podía haber sido más cálido y afectuoso al verme. Desde un primer momento me
hicieron sentir aceptada y actuaban como de haberme conocido desde mucho tiempo, sin distancias. Se podía
percibir que ellas tenías mas información de mi persona y de la relación actual
que tenía con Federico, que lo que yo sabía de ellas. Pasamos unos días
increíbles, compartiendo recuerdos y vivencias de toda la familia y mucho me
gusto ver las fotos de pequeño y adolescente junto, a su gran número de amigos
y primos que su madre Carmen, matizaba
con una anécdota. Tuve oportunidad de conocer a gran parte de la familia ya que
tanto sus tíos como algunos primos también vivían en esa ciudad. Solo me quedo
por conocer a sus sobrinos que por cuestiones de estudio no habían podido
viajar, pero, nos conectamos vía skype y vi el entusiasmo y el diálogo franco y
cariñoso de todos.
El lugar donde se
encontraba la casa era realmente encantador. Una serena calidez en sus
paredes donde predominaba la luz, la
altura de sus techos y los tonos suaves. En cuanto entré se respiraba una
sensación de paz, de hogar, de confort y un fuego encendido para pasar el
invierno. Ventanales con vista a grandes vegetaciones donde en casi todos los ambientes
predominaba el calor de la madera. Espacios generosos con tapizados en
terciopelo, piel y cuero, donde las texturas conviven en perfecta armonía.
Fui instalada en
una habitación de grandes proporciones, con baño privado donde tenía todas las
comodidades. En la habitación contigua y solo con un pequeño escritorio de
separación estaba el cuarto de Federico.
Las reuniones, tanto del desayuno como las cenas, se armaban en la gran mesa de comedor y se disfrutaban en familia. Era un gran grupo
donde se podía respirar respeto, cordialidad y por sobretodo, amor.
La despedida fue
emotiva y muy agradecida por parte de ellas,
que se lograra un fin de semana
en compañía de Federico. Se los veía con lazos firmes, fuertes, y que pese a la
aceptación de sus encuentros
esporádicos, las distancias no dejaban de ser un problema. Al regreso,
tomando mi mano y buscando mis ojos su pregunta me llenó de ternura y noté que
había estado protegiéndome en todo momento…
—¿Estás más tranquila? Ya paso lo
más difícil….
—Sin duda tienes una familia
maravillosa, me hicieron sentir muy cómoda— dije tomándolo
del brazo.
—Tan linda como la tuya, con
sentimientos puros —dijo mirándome a los ojos y dándome cuenta del
verdadero significado de porque lo decía.
En una charla
previa sobre la relación con mi madre me había dejado pensando sobre mi carga
emocional y mi relación con ella, expresando que las cosas se cultivan y que se
afianzan con el tiempo, todo si hay
sentimiento, de lo contrario se marchitan. Que había gente
que en las relaciones no se quería comprometer. Que se debía aceptar, pero no por eso resignarnos a sufrir. Él
consideraba que donde el ego actuaba mucho sobre los sentimientos, es porque
no se sabe cómo manejar la aceptación y
es preferible no tener compromisos para seguir en una postura más fácil y
continuar pensando en uno. Una postura simple, pero que no implicaba
responsabilidad alguno hacia el otro. Que debía aceptarla tal cual era sin
cuestionarla, que me haría muy bien su aceptación, que lo que importaba era mi
tranquilidad de consciencia y no repetir o cometer los mismos errores. Y era
muy cierto. En esa misma charla fue
cuando tocamos el tema de cómo me veía con la maternidad y como me había afectado mi
relación con mi madre en mi futuro.
Quedo sorprendido
bajo mi respuesta…
—No quiero que pienses que no me
gustaría ser madre, solo que le tengo muchísimo miedo a fallarles. Fui criada
bajo los afectos de toda gente lindísima, sobre todo del modelo de mi padre,
pero desconozco como es la relación de una madre a quien confiar y no quisiera
estar sola para criar a un pequeño, quiero darle el modelo de los dos como
pareja. A veces pienso si tengo formado o cultivado mi instinto maternal.
—¿Cómo es eso de
<<sola>>?… ¿hace falta recordarte que no estás sola? Eso no se
cultiva, ni se forma, se siente bonita…—expreso con sus cejas contritas
y a modo de enfado.
—No lo sé… es una pregunta recurrente
en mi y tengo miedo al abandono en cualquiera de sus términos.
—Solo tú puedes cambiar la
historia si estas dispuesta a transitar el desafío— dijo mirándome
con dulzura y dándome un beso suave, tierno y dulce.
—Recuerda que eres única y de ti
depende tu futuro, nadie más que de ti.
No era un tema que
no había hablado con profesionales, pero debo reconocer que cuanto más grande
me hacía más inseguridades se me presentaban y la prueba era que el miedo al
abandono estaba instalado en mi. De eso
se trataban mis pesadillas, cuando una situación me desbordaba, mi inconsciente
trabajaba en recordarme que estaba desamparada y que debía solucionarlo por mi
cuenta, aunque mi aparente conducta demostrara tranquilidad y equilibrio por
dentro, tenía muchas preguntas sin resolver y mil situaciones en mi
imaginación.
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