21 de noviembre de 2015

Capítulo 14

Capítulo  14

Es muy difícil explicar la dualidad de sentimientos y la angustia que se siente al tomar decisiones difíciles, lejos de tus afectos, que no te pueden contener emocionalmente. Por un lado el despedirme de toda esa gente cálida, humana y encantadora que había conocido. En pensar que no la iba a ver más en esas circunstancias y dejar atrás esas vivencias de convivir en su lugar, con sus costumbres y las posesiones de Federico, me entristecía muchísimo. Y por otro lado mi pecho estaba con palpitaciones de emoción en pensar que después de tanto tiempo me reuniría con mi gente querida. Cuando se te acerca la proximidad de los  acontecimientos, las prioridades van cambiando minuto a minuto y era verdad que extrañaba mucho a mi padre, a los chicos, a las reuniones de amigos… a mi vida.
Me había desestabilizado emocionalmente  al ver a mi padre en un  contacto en la computadora de Federico para  comunicarle mi regreso, mi entusiasmo fue mayor.  Noté que sus ojos brillaban más de lo de costumbre por la noticia, me había desarmado y lo que me parecía inmediato para el regreso, se me hacía eterno.
Ese día mientras Federico arreglaba los últimos detalles laborales y la próxima estadía en  Argentina, yo, en tanto,  deambulaba por la casa-habitación sin poder lograr terminar algo. Quería acomodar mi ropa, ayudar a Ema en una comida especial para homenajear a Federico con ingredientes de la zona pero ashornada a mis costumbres y quería preparar mi aspecto  para que luciera correctamente.
En una de las entradas de Federico a la casa- habitación demostré mi torpeza, cuando sentí la puerta y de inmediato un plato se  resbaló  y realizó un danza macumba  entre mis manos  y luego  se estrelló  en el piso, sobresaltándome a tal punto que mi vergüenza dejo florecer un principio de lágrima en mis ojos como una colegiala. Aunque los presentes incluyendo  Fernando, que venía por detrás de Federico, les causo mucha gracia las peripecias  de intentar que no se cayera de mis manos, fue notoria mi frustración,  acto que llevó a que Federico   me tomara entre sus brazos y pidiendo disculpas me llevo hasta un cuarto privado.  Mi cuerpo había tomado la consistencia de un flan, era notorio que no la estaba pasando bien y mi actitud lo manifestaba, no podía ocultar mi estado, que solo se lo podía atribuir, a  la proximidad del regreso.
—Bonita, creo que tenés un día complicado y no quiero que te sientas mal, lamentablemente no puedo estar a tu lado, debo resolver algunos detalles  para el viaje, te propongo que dejes la vajilla, que Ema se encarga muy bien de ella y te des una vuelta por el gimnasio, la pileta y la sala de masajes para que tu pulso y tacto vuelvan a la normalidad.¿ Te parece bien la idea?  Tomando mi cintura y con una voz cálida y sonriente, me proponía una actividad más alentadora para las circunstancias.
—Oh, Fede, perdóname estoy desastrosa, no logro equilibrar mis emociones.
—Es lógico y te entiendo, lo noté con la comunicación con tu padre, es hermoso lo que sentís y el trato que se tienen, estas a tan solo horas de reencontarte después de tanto tiempo, no te sientas mal. Estas en todo tu derecho de sentirte así. Por mi parte trataré de terminar temprano para estar contigo.
—No te preocupes, aceptaré la propuesta de ir al gimnasio y a tu regreso seré otra…— argumente con una sonrisa ficticia para cambiar el clima.                    

Tomándome aún más fuerte de  mi cintura y dándome un beso dulce, intenso y apasionado me dijo casi en susurros…
—No quiero a otra a mi regreso, te quiero a tí, por eso te elegí, por tu sensibilidad, tu dulzura, no quiero que cambies. —Y su mano recorría mi rostro y cuello.
Y no era el sol de la ventana, ni el tiempo que transcurría, ni el milagro de un Dios que me acompañaba que donó las alas para que tomara fuerzas. Eran las manos de ese hombre que rozo mi cuerpo con sus dedos de fuego  y  encendió mi espíritu y fortaleza perdida. Él, que además con su boca ardida, dejo en mí, la huella de un vuelo sin alas, una mariposa en mi estómago y un pecado con deseos de realizar.
Había adoptado la propuesta  de ir al gimnasio para recuperarme, mejor dicho, había cambiado mi actitud de fortalecerme y de demostrar que debía dejar de lado a la niña para que me convirtiera en esa mujer que él había visto en mí. Y era muy cierto, volvía de este viaje más mujer,  volvía con un hombre que me quería y que ante mi padre todavía no sabía cómo lo presentaría… mi novio… mi pareja… mi amigo… Él, en su presentación a viva voz, ante su gente, dijo MI MUJER, que  tendría que decir para  describir lo que este hombre era en mi vida…
—El hombre que me hace feliz…—El hombre que hizo perder mis miedos…—El hombre que me hace arder de deseo…—La razón de tanta felicidad…—Mi amante…—… o simplemente << MI HOMBRE>>.
Opte por ponerme un vestido de seda  en colores pasteles, tipo enagua, que tanto le gustaba  como me quedaba, y le di especial atención a  mi pelo en cepillarlo, colocar cremas y brillo para resaltar aun más el color rubio con mechones más claros en los contornos de mi cara, que mantuve desde chica. La caída natural de mi cabello era lacia pero muy domesticable pues puse real atención en dejar mis puntas largas hasta la cintura con mi propio movimiento dándole un aire descontracturado y divertido, pero no lejos de estar arreglado.
Sentados en la mesa  del living señorial, solos, en una comida íntima, que con agradado habíamos preparado con Ema, nos  dispusimos a cenar. Transcurrió en un ambiente de risas, armonía y con tintes por momentos románticos, sensuales y acompañados de buena música. Estaba contento por la sorpresa de prepararle una cena en su honor por mis propias manos. A la hora del postre un punto de crema en mi boca desató la tentación…
—Tienes crema— me dijo sin sacar sus grandes ojos de mi boca.
Me tiré para atrás, como en defensa e intenté tocarme la cara con mis manos que el sujetó con firmeza y en un solo paso hacia mí se levantó de la silla y de inmediato su lengua recorría el borde de mis labios carnosos en búsqueda del sabor dulce que había provocado su reacción.
Comencé a perderme por el impulso ganado y la música que llegaba a mis oídos con la voz ronca de boliche, mezcla de alcohol, tabaco y vida nocturna  de Van Morrison, completaban una escena soñada. Escuche a mis entornos, como un lamento, que me decía…
—Déjame quererte nuevamente con locura para calmar esta pasión tan loca que siento por ti… Quiero que nuestros cuerpos se fundan hasta el cansancio y grabar este momento único de nosotros dos, retenerlo  en mi retina para siempre.
Con un suspiro de voz y con temor a decirlo porque se cumpliera dije…
—Suena …  como si fuera la última vez…, como a despedida.
—No, solo soy consciente que no te voy a tener bajo mi techo cuando regrese. No voy a gozar del privilegio de tenerte para mí solo y deberé acostumbrarme a compartirte. Quiero cerrar los ojos y que aparezca en mi mente el embrujo de tus labios contra los míos, quiero retener en la yema de mis dedos la memoria infinita de recorrerte por completo.
Y lo hizo…


Comenzó su exploración y su mano como descuidada la llevó lentamente en un recorrido que me erizaba la piel. Retuve la mirada de sus dedos largos y finos como dibujaban sobre mi piel, cual pintor experto con su pincel. Su dedo índice empezaba a deslizarse por mi cuello, la yema suave baja por  mi hombro descubriendo mi vestido. La mano se detiene pero no se apartaba y le daba lugar a sus ojos grandes azules como el océano, que se cruzan con los míos como pidiéndome permiso. Cuando mi conversación se encamina a expresar mis deseos, el dedo comenzaba su recorrido por el filo de los bordes de mis breteles deslizándolos para que no pertenezcan a mi cuerpo. Estaba  paralizada. En un instante me veo despojada de mi vestido, donde solo con la ayuda de su índice provoca pasos, hasta llegar, como casi flotando, al dormitorio. Sus brazos me acurrucan lentamente y apoya mi figura en su lecho, jugando con su dedo nuevamente, regozigandose en la morbidez de una piel a la que le demuestra mil sensaciones provocadas por sus caricias y a las que desea atrapar con todos sus sentidos. Explora, besa, investiga, suspira. Su mano juega a las escondidas con mi cuerpo. Y mi cuerpo le responde, porque se enciende con su roce. Sale  y vuelve a entrar como un pájaro distraído jugando y picoteando con semillas sobre mi ropa interior. Sus dedos hábiles continúan el recorrido para deshacerse de las intrusas prendas, que al desnudo, saborean con su mirada. Sin despegar su dedo índice por mi contorno, donde mis sensaciones brotan como cascada, curvo mi figura en signo de deseo y placer. Continúa dibujando mi cintura, mis caderas, sombreando mi perímetro, como el paisajista más experto. Las miradas se cruzan, piden autorización sin que se quiebre el ritmo de la exploración, continuando sus caricias sobre el imperfecto borde de mi ombligo donde descubre una sensibilidad extrema que mi cuerpo no resiste y vuelve a curvarse como manifestación de placer. La razón no existe, está agotada por el deseo, se resiste a ignorar lo que  mi mirada registra. Explora todos mis secretos a su antojo, e invade con sus partes masculinas ávidas de sensaciones,  mi interior húmedo, que armonizan en el  comienzo de una danza lenta, agradable que despierta toda pasión, deseo y placer en ambos.

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