21 de noviembre de 2015

Capitulo 15

Capítulo 15

Me desperté varias veces en la noche sobresaltada y con las recurrentes pesadillas.
Me costaba conciliar el sueño, pues la partida en la mañana  me tenía nerviosa e inquieta. No quería mover, ni intranquilizar a Federico, por lo que me levante y me detuve a observar minuciosamente los adornos y libros que tenía en su biblioteca a un costado de su dormitorio.
Se podía observar muchos libros de relaciones humanas, situaciones de conflicto, diplomacia en los tiempos actuales y miles de ellos que daban a las claras que no solo se quedaba con sus cursos y diplomas en las mejores facultades, sino que su investigación no tenía fin. Con detenimiento aprecie y tomándolo  entre mis manos, lo acerqué a un pequeño rayo de luz que se filtraba por la ventana, un portarretratos con las foto de dos mujeres. Esas dos mujeres que había visto por primera vez cuando me mostro su habitación, pero que no me anime a preguntar, por no ser indiscreta o por temor a su respuesta. Solo una cosa me daba tranquilidad, no tenían el aspecto de ser musulmanas.
—¿No me vas a preguntar quiénes son?—dijo desde la cama con el brazo apoyado en su cabeza y como haciendo mucho tiempo que observaba mis movimientos.
—¡No sé si debo!...— Dije mirándolo  con mis manos aun ocupadas por las imágenes.
—Ven… —Y me estiro su mano izquierda para que me aproximara al borde de la cama.
—Primero… tienes todo el derecho de preguntarme lo que quieras y segundo…, esas dos mujeres son las que ocupan un lugar importante en mi vida… son mi madre y mi hermana.
—Cuéntame…—le dije para saber  de su vida.
—Mi madre vive en el Sur, Neuquén, junto con mi hermana que está separada y tiene dos hijos estudiando afuera. Se ven una vez por mes que viajan los chicos, Carola y Juan mis únicos sobrinos. Ella es mi hermana mayor Susana y luego, los hombres de la casa, Ignacio y mi padre, en las fotos de arriba del mueble. Ignacio  es  polista, vive en Buenos Aires pero viaja mucho al exterior  por su actividad deportiva y profesional.
Ante el silencio, le pregunté con sumo cuidado…
—¿Y tu padre?—al ver que no me lo mencionaba.
—Falleció hace ocho años de un infarto mientras dormía. Se acostó en la noche y se quedó dormido.
—Eso te debe dar tranquilidad en pensar que no sufrió. —acoté con pesar.
—¡Sí!, es verdad, era un hombre extraordinario, parte de lo que soy ahora se lo debo a él ya que era un apasionado de la política, había trabajado en la cancillería, pero su pasión era la historia, publicó varios libros con sus investigaciones.
—Todos tus afectos tienen miradas francas, tiernas, serenas, como tú.¿ Cuántas veces viajas a la Argentina a verlos?— Pregunté con suma curiosidad.
—Dos veces al año, en invierno donde aprovecho para esquiar y hacer una visita larga y para las fiestas, donde no faltamos ninguno.
Quedé con la mirada perdida en pensar como sería su viaje estando yo  en Argentina, como distribuiría su tiempo… y ante mi pequeña ausencia me dijo…
—Eso puede cambiar ahora que tengo otro interés más fuerte para realizar el viaje. Tú lo dijiste, deja que las circunstancias marquen nuestro destino, solo sé que hay algo que no se va a poder modificar, nuestros sentimientos y encontraremos una solución a lo nuestro. Pero cuéntame un poco más de tu vida —pregunto cómo sabiendo lo que quería conocer específicamente…
—Ya sabes todo de mi  vida, en parte te la conto Alejo — y con mi cara en tinieblas sin que pueda ver mis ojos que comenzaban a demostrar mi tristeza dije…—Solo sé que con lo que me cuentas y viendo las fotos tienes una muy linda familia.
—¿Y tú no?... pocas veces vi un padre tan dedicado y amoroso con una hija mujer. Está a la vista que te ama con locura y  te diría que por lo poco que hablé con él eres la razón de su vida. Y no cabe duda que hizo una labor formidable contigo.
—Si lo sé y yo también lo amo con locura, le debo todo, lo que soy como persona, como mujer. Es un hombre que me crio con el amor, con libertad y afronto todas las etapas de mi vida, aun postergando las de él. Le debo  todo y no quiero defraudarlo.
—Y no lo harás…—respondió con seguridad y acariciándome mi cabello, vino la pregunta obligada…
—¿ y tu madre?
Y cambiando mi tono de voz y mostrando una faceta no tan tierna y dulce le dije…
—Preferiría no hablar de ella… no tengo recuerdos de pequeña y ahora de adulta  solo una comunicación telefónica con reproches.
 — ¿Esas son tus pesadillas nocturnas?
—No… no merece tener un lugar tan importante… pero te dije que no quiero hablar de ello, solo me interesa mi padre y Alejo mi hermano del corazón. — Y tomándome por la cintura con su masculinidad y fuerza, me subió encima de él y acariciando mi cara expreso…
—Perdóname si te incomodé. Ven acuéstate, todavía  es temprano para levantarnos.
Y me acurrucó entre sus sábanas y con su boca acariciaba mi frente para calmar mi ansiedad y lograr que recupere el sueño nuevamente.

En la mañana llegó lo más difícil, las despedidas… Todos con palabras de aliento, cariñosas, donde se podía percibir que no solo yo, había tenido experiencias lindísimas en compañía de todos ellos, sino que había cambiado algo de la rutina y el ceremonial de la embajada con mi presencia. Había virado con mi sencillez  y espontaneidad, una estructura rígida, protocolar nunca antes experimentada en  esas paredes de concreto, donde solo parecía que se escuchaban problemas de ciudadanía, relaciones  internacionales, negociaciones  y como solía pasearme por todos los pisos siempre encontraba a alguien que me saludaba con afecto.
Tamir nos esperaba en el auto para llevarnos al aeropuerto. Fernando que nos acompañaría  hasta Buenos Aires, iba en otro auto detrás  con otro miembro de la embajada.
Ya dentro del automóvil y en el asiento trasero, junto a Federico, realice mi última mirada a esas imponentes rejas y casa señorial, blanca, con jardines  en perfecta simetría que  iban quedando cada vez más lejos de mi vista. Los ojos de Federico no perdían mis movimientos y su mano junto a la mía, en comunión, realizaban movimientos tranquilizadores ante el momento vivido. No hablábamos pero estábamos conectados. Ya prestando atención a los alrededores, uno tomaba dimensión del caos que presentaba esa ciudad con conflictos políticos e ideológicos que llevaban a una revolución sin fronteras y con un precio muy alto. Los accesos estaban abiertos, pero apenas había tráfico y algunas calles adyacentes a las carreteras estaban bloqueadas por módulos de cemento. La mayoría de los comercios continuaban cerrados.
La matanza de presos y de policías se había cobrado muchas vidas, donde parecía un espiral sin destino final de actos de venganza, tanto de un lado, como del otro. Llegando al centro de la ciudad  y circulando por la calle Sharabeia en el barrio de Shubra, todo era destrucción y confusión. Encerrados entre dos autopistas comienzan a escucharse muy cercanos, unos disparos que desconocíamos de donde provenían. Federico comenzó a inquietarse dándole órdenes a Tamir que retomara por otra arteria para salir de ahí.  La desorganización en el tráfico era más enredada de lo acostumbrado cuando un disparo que impacto en unos de los laterales de las ventanillas del auto, nos sobresaltó. Todo era gritos exteriores y movimientos repentinos como en cámara ligera donde confundían el accionar de todos.
—¡Tírate al piso! — grito Federico, en un afán de protegerme de lo que se venía.
Antes de lograr hacerlo, vi que Tamir caía pesadamente sobre el volante del vehículo. Otro disparo estallo rompiendo en mil pedazos la luneta trasera, rociando nuestras figuras  de cristales. Federico con su cuerpo me protegía. Vi que  abrían las puertas  y dos brazos sacaban la silueta de él, con violencia, pese a su resistencia. Logré gritar pero al instante un capuchón tapo mi cabeza y a empujones sujetando mis manos me llevaban a lo que podía sospechar que era un camión sin techo. Sin reparo algunos me empujaban sobre personas que estaban en el piso del furgón sin importar el daño que causara. La sensación de pisar cuerpos era extraña y desequilibrante. Solo se  escuchaba gritos de mujeres y niños que con desesperación pedían clemencia. Luego de un corto recorrido nos bajaron a empujones y nos trasladaron  a un lugar en ruinas donde brotaba un olor nauseabundo, fétido que no alcanzaba a distinguir. Con mis manos aún atadas en la espalda y mi cabeza tapada me empujaron hacia un rincón. Apenas unos minutos de tregua, que me parecieron eternos en el desconcierto de no saber lo que me esperaba, continuaba escuchando como música de fondo los llantos de los pequeños y los lamentos de las mujeres. A mi lado una voz suave de mujer en un inglés extraño me hablaba.
— Do not panic, ¿do you want me to remove  your  hood and let you loose?—No te asustes, ¿quieres que te saque la capucha y te desate?
Con un hilo de voz atine a decirle….
—¡ Yes, please ¡—¡Si por favor!.
Mientras lo hacía muy suavemente continuaba su cuestionario.
—¡You're not an american! ¿Where are you from?—No eres americana!¿ de dónde vienes?
—Soy argentina, hablo español más que inglés. —Y en un español  muy apto, continuo…
—¿Qué haces aquí? ¿Quién te trajo?
Traté de explicarle pero mis palabras se cortaban y mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas por las imágenes que estaban a mi alrededor. Cuerpos ensangrentados, madres con sus hijos lastimados en brazos, pequeños de muy escasa edad llorando al lado de un cuerpo de mujer que no respondía a sus pedidos. Las imágenes me paralizaban.
—No estás acostumbrada a esto ¿ no?
—¿Tu si?—Le pregunté con mi cara de asombro.
—¡No!, no lo estoy, pero esta ciudad me hizo  fuerte para soportar las injusticias que se cometen. A propósito me llamo Malak.
— Hermoso nombre —dije mirando sus grandes ojos morenos.
—Significa Ángel ¿y el tuyo?
—Fátima.
—Porque tienes ese nombre viniendo de Sudamérica… ¿Sabes lo que significa aquí?
—Creo que hija de Mahoma… pero en realidad me lo colocaron por creencias religiosas de mi país, por  la Virgen de Fátima, aunque mi padre dice que le gustó más el significado de ser única.
—Aquí… significa esposa de Alí, al igual que su hija. Emperador nacido en el imperio otomano en 1700, era gobernador de Egipto considerado como el fundador.— Mientras me hablaba como actividad disuasiva para aflojar mi tensión trataba de sacarme la soga que sujetaba mis manos por detrás.
Era interesante escucharla con la voz calma y segura con que hablaba, pero fuimos interrumpidas por un nuevo batallón de hombres que con armas y su prepotencia nos indicaban que debíamos irnos a las instalaciones de más adentro.
Era de esperar que llegada la noche no pudiera dormir, pensaba en todo lo ocurrido, no podía sacar de mi mente a Tamir caído sobre el volante y a Federico con su desesperación para cubrirme y sacarme de ese embrollo en la que estábamos. No sabía nada de ellos,¡¿ que les había ocurrido y donde estaba yo?!
—Malak, ¿dónde estamos?
—Estamos en el refugio de los hermanos musulmanes en la mezquita de Al-Fath.
—¡Pero está destruido! —Dije con expresión contrita.
—Esta violencia llevó a destruir todo cuanto se les cruza, no importan los edificios la oración, ni la historia de estos monumentos, solo la destrucción.
Un pequeño de unos pocos años, lloraba  cerca de una señora que dudaba que fuera su madre. Estaba con otros dos pequeños tapando sus ojos para que no viera lo que a sus alrededor era ruinas, desolación y muerte. Me acerque para ganarme su confianza y Malak hizo lo propio con otro pequeño que se lo veía perdido. Traté de abrazarlo, tranquilizarlo, para que  mis brazos trataran de contener su llanto y su desolación. Por un momento pensé que era mucho más  afortunada que ese pequeño que a tan corta edad debía padecer el egoísmo de un pueblo que solo pensaba en el poder. Me aferre más al él en símbolo de protegerlo y aunque sabía que no me entendía mis gestos, trataban de infundirle confianza. A lo lejos se oyeron nuevamente disparos que indicaban el asedio y la violencia de las calles. La represión mostraba a las claras que había dividido a los egipcios como nunca había ocurrido. Poco antes del ataque, la mezquita se había convertido, en uno de sus salones, en una morgue improvisada.
Mi aspecto era desastroso porque todo era suciedad y polvo. Con una tela que había encontrado Malak se las había ingeniado para cubrir mi cabeza y no llamar la atención con mi cabello a modo de hiyab o shayla. Por suerte, como estaba próxima a viajar me había colocado ropa oscura, pantalones azules de hilo con una camisa al tono, el blazer como mi bolso, habían quedado en el auto.
Luego de estar aproximadamente tres días, el ambiente se ponía cada vez más hostil y pesado, los pequeños comenzaban a tener apetito y faltaba el agua. Una noche donde un grupo de musulmanes estaban más que efusivos por las infusiones que tomaban, seleccionaban a las mujeres y las apartaban. Malak me miraba con cara de estar todo bien, pero sabía que lejos de ello estaba, fue cuando la elección corrió para nuestro sector y fue elegida por uno de ellos que pese a su cara tapaba la expresión de sus ojos  destilaban furia. Cuando la atrapo del brazo a Malak y tironeo para llevársela, mi instinto y reacción inmediata fue gritarle ¡NO!... A lo que respondió con un fuerte golpe de puño en mi rostro que por unos minutos quede aturdida en  el piso. Lo que si se, que nuestros dos pequeños quedaron agarraditos de mi mano y en posición fetal cuidándome que nada me pasara mientras quedaba tendida inconsciente en el piso.
Al despertar no vi a mi lado a Malak. Fueron horas eternas y no sabía nada de ella, cuando en la madrugada extenuada de cansancio vi una sombra que se arrimaba a mí. Abrí  suavemente mis ojos con el dolor de tener una piedra  sobre mi cara, después del golpe que me habían proporcionado y era ella con la cara toda cubierta.
—Malak, viniste,¿ qué ocurrió? —pregunté inocentemente.
—Sigue durmiendo, que no se despierten los pequeños.
Percibí que no era la misma voz dulce de antes y trate de descubrir su rostro de la tela negra que la cubría, donde su firmeza me lo impidió.
—¿Qué te ocurrió?, ¡cuéntame! —dije dulcemente.
—No querrás saberlo, déjalo así…
¡Si!... Era lo que me imaginaba, había sido abusada y su rostro había sido golpeado. En silencio, le tome la mano muy fuerte, acaricie como me hacía Federico para tranquilizarme sus nudillos, en un afán de que supiera que estaba presente. Casi de reojo, para no incomodarla estudie su ropa y no solo estaba manchada de sangre sino rajada y desalineada. Era una pesadilla lo que estábamos viviendo y esta vez me sentía sola.

En la mezquita donde nos encontrábamos, los refugiados seguidores del ex mandatario Mohamed Mursi  negociaban con funcionarios del ministerio del interior, la liberación de mujeres y niños, por eso, no interesaba a que partido o bando pertenecíamos, éramos un número a negociar.
Entrada la mañana las fuerzas del orden egipcias habían intensificado las medidas de seguridad en las inmediaciones del Tribunal Constitucional en El Cairo, adonde los seguidores de Mursi pretendían llegar en nuevas marchas contra el golpe militar.
Cuando los militares irrumpieron en la mezquita 385 miembros de los hermanos musulmanes habían sido detenidos por las fuerzas de seguridad en el desalojo de la mezquita de Al Fath. En ese procedimiento quedamos en medio de la lucha Malak y yo, sin despegarnos de los pequeños adoptivos.
Así mismo, la policía había incautado rifles automáticos, cartuchos con municiones para armas cortas, 24 cocteles molotov y una gran cantidad de balas de alto calibre.
La policía había irrumpido en el interior de la mezquita, después de que, a lo largo de toda la noche, tratara de negociar una salida pacífica y controlada de los seguidores de Mursi que permanecían en su interior. Mientras tanto las mujeres y niños que nos encontrábamos adentro, éramos clasificadas para llevarnos a otra dependencia.   En el interior de la mezquita se encontraban aproximadamente 1.500 manifestantes, entre ellos 70 heridos y 31 médicos.
Gracias a la ayuda de dos de los médicos, nos trasladaron a las mujeres y los niños,  sin agresión y cuidando de la salud e integridad de los pequeños. Fuimos llevados a la mezquita de Rabaa Adawiya, ubicada en el corazón del campamento, al este del Cairo. Se podía escuchar el ruido de llamado a la oración de los aminaretes de las distintas mezquitas que la rodeaban.
 Yehia, el médico del hospital nos indicaba el lugar propicio para alejarnos de la miseria que se encontraba al  alcance de los ojos de los pequeños. Él fue que en un gesto de sabiduría me tomó del brazo y quiso curar una herida que llevaba en la pierna luego de salir entre las ruinas de cemento y hierros.
— Necesitas asear la herida. Vengan conmigo que las llevare a un lugar que solo nosotros los médicos tenemos el acceso. Pudimos usar agua para higienizarnos y lavar a los pequeños, el que Malak había  tomado se llamaba Rasí y tenía cinco años, en tanto el mío no hablaba una sola palabra, se lo veía de contextura mucho más pequeña y lo bautice  Yamil, que Federico me había enseñado que su significado era bonito- guapo.
—Así está mejor…— le dije a Yamil, cuando con mis dedos trataba de peinar su cabello mojado. Él, en tono de sorpresa tocaba mi cabello largo y aún húmedo donde me hizo  tomar conciencia que debía cubrírmelo nuevamente.
A la noche  se sentían disparos de ametralladoras ruidos de tanques por las inmediaciones, parecía que no terminaría nunca una situación hostil y que los días de paz habían terminado por completo.


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