Capítulo 15
Me desperté varias
veces en la noche sobresaltada y con las recurrentes pesadillas.
Me costaba
conciliar el sueño, pues la partida en la mañana me tenía nerviosa e inquieta. No quería mover,
ni intranquilizar a Federico, por lo que me levante y me detuve a observar
minuciosamente los adornos y libros que tenía en su biblioteca a un costado de
su dormitorio.
Se podía observar
muchos libros de relaciones humanas, situaciones de conflicto, diplomacia en
los tiempos actuales y miles de ellos que daban a las claras que no solo se
quedaba con sus cursos y diplomas en las mejores facultades, sino que su
investigación no tenía fin. Con detenimiento aprecie y tomándolo entre mis manos, lo acerqué a un pequeño rayo
de luz que se filtraba por la ventana, un portarretratos con las foto de dos
mujeres. Esas dos mujeres que había visto por primera vez cuando me mostro su
habitación, pero que no me anime a preguntar, por no ser indiscreta o por temor
a su respuesta. Solo una cosa me daba tranquilidad, no tenían el aspecto de ser
musulmanas.
—¿No me vas a preguntar quiénes
son?—dijo desde la cama con el brazo apoyado en su cabeza y como haciendo
mucho tiempo que observaba mis movimientos.
—¡No sé si debo!...— Dije
mirándolo con mis manos aun ocupadas por
las imágenes.
—Ven… —Y me estiro su
mano izquierda para que me aproximara al borde de la cama.
—Primero… tienes todo el derecho
de preguntarme lo que quieras y segundo…, esas dos mujeres son las que ocupan
un lugar importante en mi vida… son mi madre y mi hermana.
—Cuéntame…—le dije para
saber de su vida.
—Mi madre vive en el Sur, Neuquén,
junto con mi hermana que está separada y tiene dos hijos estudiando afuera. Se
ven una vez por mes que viajan los chicos, Carola y Juan mis únicos sobrinos.
Ella es mi hermana mayor Susana y luego, los hombres de la casa, Ignacio y mi
padre, en las fotos de arriba del mueble. Ignacio es
polista, vive en Buenos Aires pero viaja mucho al exterior por su actividad deportiva y profesional.
Ante el silencio,
le pregunté con sumo cuidado…
—¿Y tu padre?—al ver
que no me lo mencionaba.
—Falleció hace ocho años de un
infarto mientras dormía. Se acostó en la noche y se quedó dormido.
—Eso te debe dar tranquilidad en
pensar que no sufrió. —acoté con pesar.
—¡Sí!, es verdad, era un hombre
extraordinario, parte de lo que soy ahora se lo debo a él ya que era un
apasionado de la política, había trabajado en la cancillería, pero su pasión
era la historia, publicó varios libros con sus investigaciones.
—Todos tus afectos tienen miradas
francas, tiernas, serenas, como tú.¿ Cuántas veces viajas a la Argentina a
verlos?— Pregunté con suma curiosidad.
—Dos veces al año, en invierno
donde aprovecho para esquiar y hacer una visita larga y para las fiestas, donde
no faltamos ninguno.
Quedé con la mirada
perdida en pensar como sería su viaje estando yo en Argentina, como distribuiría su tiempo… y
ante mi pequeña ausencia me dijo…
—Eso puede cambiar ahora que
tengo otro interés más fuerte para realizar el viaje. Tú lo dijiste, deja que
las circunstancias marquen nuestro destino, solo sé que hay algo que no se va a
poder modificar, nuestros sentimientos y encontraremos una solución a lo
nuestro. Pero cuéntame un poco más de tu vida —pregunto cómo
sabiendo lo que quería conocer específicamente…
—Ya sabes todo de mi vida, en parte te la conto Alejo — y con
mi cara en tinieblas sin que pueda ver mis ojos que comenzaban a demostrar mi
tristeza dije…—Solo sé que con lo que me cuentas y viendo las fotos tienes una muy
linda familia.
—¿Y tú no?... pocas veces vi un
padre tan dedicado y amoroso con una hija mujer. Está a la vista que te ama con
locura y te diría que por lo poco que
hablé con él eres la razón de su vida. Y no cabe duda que hizo una labor
formidable contigo.
—Si lo sé y yo también lo amo con
locura, le debo todo, lo que soy como persona, como mujer. Es un hombre que me
crio con el amor, con libertad y afronto todas las etapas de mi vida, aun
postergando las de él. Le debo todo y no
quiero defraudarlo.
—Y no lo harás…—respondió
con seguridad y acariciándome mi cabello, vino la pregunta obligada…
—¿ y tu madre?
Y cambiando mi tono
de voz y mostrando una faceta no tan tierna y dulce le dije…
—Preferiría no hablar de ella… no
tengo recuerdos de pequeña y ahora de adulta
solo una comunicación telefónica con reproches.
— ¿Esas son tus pesadillas nocturnas?
—No… no merece tener un lugar tan
importante… pero te dije que no quiero hablar de ello, solo me interesa mi
padre y Alejo mi hermano del corazón. — Y tomándome por la cintura con
su masculinidad y fuerza, me subió encima de él y acariciando mi cara expreso…
—Perdóname si te incomodé. Ven
acuéstate, todavía es temprano para
levantarnos.
Y me acurrucó entre
sus sábanas y con su boca acariciaba mi frente para calmar mi ansiedad y lograr
que recupere el sueño nuevamente.
En la mañana llegó lo
más difícil, las despedidas… Todos con palabras de aliento, cariñosas, donde se
podía percibir que no solo yo, había tenido experiencias lindísimas en compañía
de todos ellos, sino que había cambiado algo de la rutina y el ceremonial de la
embajada con mi presencia. Había virado con mi sencillez y espontaneidad, una estructura rígida,
protocolar nunca antes experimentada en
esas paredes de concreto, donde solo parecía que se escuchaban problemas
de ciudadanía, relaciones
internacionales, negociaciones y
como solía pasearme por todos los pisos siempre encontraba a alguien que me
saludaba con afecto.
Tamir nos esperaba
en el auto para llevarnos al aeropuerto. Fernando que nos acompañaría hasta Buenos Aires, iba en otro auto
detrás con otro miembro de la embajada.
Ya dentro del
automóvil y en el asiento trasero, junto a Federico, realice mi última mirada a
esas imponentes rejas y casa señorial, blanca, con jardines en perfecta simetría que iban quedando cada vez más lejos de mi vista.
Los ojos de Federico no perdían mis movimientos y su mano junto a la mía, en
comunión, realizaban movimientos tranquilizadores ante el momento vivido. No
hablábamos pero estábamos conectados. Ya prestando atención a los alrededores,
uno tomaba dimensión del caos que presentaba esa ciudad con conflictos
políticos e ideológicos que llevaban a una revolución sin fronteras y con un
precio muy alto. Los accesos estaban abiertos, pero apenas había tráfico y
algunas calles adyacentes a las carreteras estaban bloqueadas por módulos de
cemento. La mayoría de los comercios continuaban cerrados.
La matanza de
presos y de policías se había cobrado muchas vidas, donde parecía un espiral
sin destino final de actos de venganza, tanto de un lado, como del otro. Llegando
al centro de la ciudad y circulando por
la calle Sharabeia en el barrio de Shubra, todo era destrucción y confusión.
Encerrados entre dos autopistas comienzan a escucharse muy cercanos, unos
disparos que desconocíamos de donde provenían. Federico comenzó a inquietarse
dándole órdenes a Tamir que retomara por otra arteria para salir de ahí. La desorganización en el tráfico era más
enredada de lo acostumbrado cuando un disparo que impacto en unos de los laterales
de las ventanillas del auto, nos sobresaltó. Todo era gritos exteriores y
movimientos repentinos como en cámara ligera donde confundían el accionar de
todos.
—¡Tírate al piso! — grito
Federico, en un afán de protegerme de lo que se venía.
Antes de lograr
hacerlo, vi que Tamir caía pesadamente sobre el volante del vehículo. Otro
disparo estallo rompiendo en mil pedazos la luneta trasera, rociando nuestras
figuras de cristales. Federico con su
cuerpo me protegía. Vi que abrían las
puertas y dos brazos sacaban la silueta
de él, con violencia, pese a su resistencia. Logré gritar pero al instante un
capuchón tapo mi cabeza y a empujones sujetando mis manos me llevaban a lo que
podía sospechar que era un camión sin techo. Sin reparo algunos me empujaban sobre
personas que estaban en el piso del furgón sin importar el daño que causara. La
sensación de pisar cuerpos era extraña y desequilibrante. Solo se escuchaba gritos de mujeres y niños que con
desesperación pedían clemencia. Luego de un corto recorrido nos bajaron a
empujones y nos trasladaron a un lugar
en ruinas donde brotaba un olor nauseabundo, fétido que no alcanzaba a
distinguir. Con mis manos aún atadas en la espalda y mi cabeza tapada me
empujaron hacia un rincón. Apenas unos minutos de tregua, que me parecieron
eternos en el desconcierto de no saber lo que me esperaba, continuaba
escuchando como música de fondo los llantos de los pequeños y los lamentos de
las mujeres. A mi lado una voz suave de mujer en un inglés extraño me hablaba.
— Do
not panic, ¿do you want me to remove your
hood and let you loose?—No te asustes, ¿quieres que te saque
la capucha y te desate?
Con un hilo de voz
atine a decirle….
—¡ Yes, please ¡—¡Si por favor!.
Mientras lo hacía
muy suavemente continuaba su cuestionario.
—¡You're not
an american! ¿Where are you from?—No eres americana!¿
de dónde vienes?
—Soy argentina, hablo español más
que inglés. —Y en un español muy apto,
continuo…
—¿Qué haces aquí? ¿Quién te
trajo?
Traté de explicarle
pero mis palabras se cortaban y mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas por
las imágenes que estaban a mi alrededor. Cuerpos ensangrentados, madres con sus
hijos lastimados en brazos, pequeños de muy escasa edad llorando al lado de un
cuerpo de mujer que no respondía a sus pedidos. Las imágenes me paralizaban.
—No estás acostumbrada a esto ¿
no?
—¿Tu si?—Le pregunté
con mi cara de asombro.
—¡No!, no lo estoy, pero esta ciudad me hizo fuerte para soportar las injusticias que se
cometen. A propósito me llamo Malak.
— Hermoso nombre —dije mirando sus grandes ojos morenos.
—Significa Ángel ¿y el tuyo?
—Fátima.
—Porque tienes ese nombre viniendo de Sudamérica… ¿Sabes lo que
significa aquí?
—Creo que hija de Mahoma… pero en realidad me lo colocaron por creencias
religiosas de mi país, por la Virgen de Fátima,
aunque mi padre dice que le gustó más el significado de ser única.
—Aquí… significa esposa de Alí, al igual que su hija. Emperador nacido
en el imperio otomano en 1700, era gobernador de Egipto considerado como el
fundador.— Mientras
me hablaba como actividad disuasiva para aflojar mi tensión trataba de sacarme
la soga que sujetaba mis manos por detrás.
Era interesante
escucharla con la voz calma y segura con que hablaba, pero fuimos interrumpidas
por un nuevo batallón de hombres que con armas y su prepotencia nos indicaban
que debíamos irnos a las instalaciones de más adentro.
Era de esperar que
llegada la noche no pudiera dormir, pensaba en todo lo ocurrido, no podía sacar
de mi mente a Tamir caído sobre el volante y a Federico con su desesperación
para cubrirme y sacarme de ese embrollo en la que estábamos. No sabía nada de
ellos,¡¿ que les había ocurrido y donde estaba yo?!
—Malak, ¿dónde estamos?
—Estamos en el refugio de los hermanos musulmanes en la mezquita de
Al-Fath.
—¡Pero está destruido! —Dije con expresión contrita.
—Esta violencia llevó a destruir todo cuanto se les cruza, no importan
los edificios la oración, ni la historia de estos monumentos, solo la
destrucción.
Un pequeño de unos
pocos años, lloraba cerca de una señora
que dudaba que fuera su madre. Estaba con otros dos pequeños tapando sus ojos
para que no viera lo que a sus alrededor era ruinas, desolación y muerte. Me
acerque para ganarme su confianza y Malak hizo lo propio con otro pequeño que
se lo veía perdido. Traté de abrazarlo, tranquilizarlo, para que mis brazos trataran de contener su llanto y
su desolación. Por un momento pensé que era mucho más afortunada que ese pequeño que a tan corta
edad debía padecer el egoísmo de un pueblo que solo pensaba en el poder. Me
aferre más al él en símbolo de protegerlo y aunque sabía que no me entendía mis
gestos, trataban de infundirle confianza. A lo lejos se oyeron nuevamente
disparos que indicaban el asedio y la violencia de las calles. La represión
mostraba a las claras que había dividido a los egipcios como nunca había
ocurrido. Poco antes del ataque, la mezquita se había convertido, en uno de sus
salones, en una morgue improvisada.
Mi aspecto era
desastroso porque todo era suciedad y polvo. Con una tela que había encontrado
Malak se las había ingeniado para cubrir mi cabeza y no llamar la atención con
mi cabello a modo de hiyab o shayla. Por suerte, como estaba próxima a viajar
me había colocado ropa oscura, pantalones azules de hilo con una camisa al
tono, el blazer como mi bolso, habían quedado en el auto.
Luego de estar
aproximadamente tres días, el ambiente se ponía cada vez más hostil y pesado,
los pequeños comenzaban a tener apetito y faltaba el agua. Una noche donde un
grupo de musulmanes estaban más que efusivos por las infusiones que tomaban,
seleccionaban a las mujeres y las apartaban. Malak me miraba con cara de estar
todo bien, pero sabía que lejos de ello estaba, fue cuando la elección corrió
para nuestro sector y fue elegida por uno de ellos que pese a su cara tapaba la
expresión de sus ojos destilaban furia.
Cuando la atrapo del brazo a Malak y tironeo para llevársela, mi instinto y reacción
inmediata fue gritarle ¡NO!... A lo que respondió con un fuerte golpe de puño
en mi rostro que por unos minutos quede aturdida en el piso. Lo que si se, que nuestros dos
pequeños quedaron agarraditos de mi mano y en posición fetal cuidándome que
nada me pasara mientras quedaba tendida inconsciente en el piso.
Al despertar no vi
a mi lado a Malak. Fueron horas eternas y no sabía nada de ella, cuando en la
madrugada extenuada de cansancio vi una sombra que se arrimaba a mí. Abrí suavemente mis ojos con el dolor de tener una
piedra sobre mi cara, después del golpe
que me habían proporcionado y era ella con la cara toda cubierta.
—Malak, viniste,¿ qué ocurrió? —pregunté inocentemente.
—Sigue durmiendo, que no se despierten los pequeños.
Percibí que no era
la misma voz dulce de antes y trate de descubrir su rostro de la tela negra que
la cubría, donde su firmeza me lo impidió.
—¿Qué te ocurrió?, ¡cuéntame! —dije
dulcemente.
—No querrás saberlo, déjalo así…
¡Si!... Era lo que
me imaginaba, había sido abusada y su rostro había sido golpeado. En silencio,
le tome la mano muy fuerte, acaricie como me hacía Federico para tranquilizarme
sus nudillos, en un afán de que supiera que estaba presente. Casi de reojo,
para no incomodarla estudie su ropa y no solo estaba manchada de sangre sino
rajada y desalineada. Era una pesadilla lo que estábamos viviendo y esta vez me
sentía sola.
En la mezquita
donde nos encontrábamos, los refugiados seguidores del ex mandatario Mohamed
Mursi negociaban con funcionarios del
ministerio del interior, la liberación de mujeres y niños, por eso, no
interesaba a que partido o bando pertenecíamos, éramos un número a negociar.
Entrada la mañana
las fuerzas del orden egipcias habían intensificado las medidas de seguridad en
las inmediaciones del Tribunal Constitucional en El Cairo, adonde los
seguidores de Mursi pretendían llegar en nuevas marchas contra el golpe
militar.
Cuando los
militares irrumpieron en la mezquita 385 miembros de los hermanos musulmanes
habían sido detenidos por las fuerzas de seguridad en el desalojo de la
mezquita de Al Fath. En ese procedimiento quedamos en medio de la lucha Malak y
yo, sin despegarnos de los pequeños adoptivos.
Así mismo, la
policía había incautado rifles automáticos, cartuchos con municiones para armas
cortas, 24 cocteles molotov y una gran cantidad de balas de alto calibre.
La policía había
irrumpido en el interior de la mezquita, después de que, a lo largo de toda la
noche, tratara de negociar una salida pacífica y controlada de los seguidores
de Mursi que permanecían en su interior. Mientras tanto las mujeres y niños que
nos encontrábamos adentro, éramos clasificadas para llevarnos a otra
dependencia. En el interior de la mezquita se encontraban
aproximadamente 1.500 manifestantes, entre ellos 70 heridos y 31 médicos.
Gracias a la ayuda
de dos de los médicos, nos trasladaron a las mujeres y los niños, sin agresión y cuidando de la salud e
integridad de los pequeños. Fuimos llevados a la mezquita de Rabaa Adawiya,
ubicada en el corazón del campamento, al este del Cairo. Se podía escuchar el
ruido de llamado a la oración de los aminaretes de las distintas mezquitas que
la rodeaban.
Yehia, el médico del hospital nos indicaba el
lugar propicio para alejarnos de la miseria que se encontraba al alcance de los ojos de los pequeños. Él fue
que en un gesto de sabiduría me tomó del brazo y quiso curar una herida que
llevaba en la pierna luego de salir entre las ruinas de cemento y hierros.
— Necesitas asear la herida. Vengan conmigo que las llevare a un lugar
que solo nosotros los médicos tenemos el acceso. Pudimos usar agua para
higienizarnos y lavar a los pequeños, el que Malak había tomado se llamaba Rasí y tenía cinco años, en
tanto el mío no hablaba una sola palabra, se lo veía de contextura mucho más
pequeña y lo bautice Yamil, que Federico
me había enseñado que su significado era bonito- guapo.
—Así está mejor…— le dije a Yamil, cuando con mis dedos trataba de
peinar su cabello mojado. Él, en tono de sorpresa tocaba mi cabello largo y aún
húmedo donde me hizo tomar conciencia
que debía cubrírmelo nuevamente.
A la noche se sentían disparos de ametralladoras ruidos de
tanques por las inmediaciones, parecía que no terminaría nunca una situación
hostil y que los días de paz habían terminado por completo.
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