Capítulo Nº 16
En uno de los
pasillos se veía como los médicos incluyendo al Dr. Omar Yehia y Malak,
intercambiaban opiniones y estrategias con los militares que custodiaban
las entradas y las salidas de la mezquita para poder salir sin riesgo. Había
notificado mi intención de comunicarme con la embajada donde se encontraba
Federico, para que ellos intervinieran y poder localizarme y a la gente que estaba con nosotros, que en
total seríamos unas veinte mujeres y niños que quedábamos sin destino. Pero el
tema pasaba porque no querían involucrar a los militares con la embajada, para
que no pensaran que era una ayuda para
el estado o de organismos internacionales que estaban implicados y necesitaban
más cautela y refuerzos para hacer dicho
contacto.
El Dr. Omar Yehia
había tenido un acercamiento muy particular con Malak y conmigo pues hablaba en
español perfectamente ya que era nacido en Turquía pero se había criado en una
familia de padre turco y madre española. Ambos se habían conocido en un viaje
en barco y el destino les había marcado la ciudad de Turquía para anclar y
formar una familia donde el fruto de su amor había nacido Omar junto a tres
hermanos más. En tanto Omar estaba en esta oportunidad en Egipto por hacer una
jornada solidaria ofrecida por la UNESCO como médico de campaña de catástrofes
y emergencias.
Era realmente
asombroso escucharlo hablar de las situaciones más dramáticas y extremas con
total naturalidad. Su personalidad fuerte y segura, daba confianza en el
accionar de sus actos. Era un hombre atractivo de pelo moreno, tez muy blanca y
ojos color almendra claro con una sonrisa brillante que se dejaba ver a menudo
por su buen sentido del humor.
Una noche cayó un
soldado herido, grave, producto de un ataque en las calles cercanas a donde nos encontrábamos, en la cual se
requería para su atención más personal médico y enfermeras de los que estaban
en la mezquita para atender las múltiples heridas de gravedad que presentaba. Malak se ofreció de inmediato para ayudar, en
cambio mi personalidad me llevaba a que las corridas, la sangre y situaciones
extremas me paralizaran y en lugar de colaborar entorpecía la escena, por eso
esa noche junté a los niños en una habitación, ocho en total y traté con juegos
distraer su atención.
A altas horas de la
noche los niños habían caído en un sueño profundo alejados de todo peligro y yo
como centinela, satisfecha que les había brindado un olvido transitorio a
tantas imágenes desagradables. Hay que decir que ser centinela de ocho niños,
no era una tarea fácil en una habitación donde solo se cuenta con cuatro
paredes y sin puerta que pueda aislar del mundo
que nos rodeaba. En la mitad de la madrugada aún con la oscuridad,
escuché que alguien con sumo cuidado se acercaba hasta donde nos encontrábamos
con los chicos reposando, de inmediato traté de ponerme de pie, siempre
ayudándome con mi guardaespaldas, la pared, aliada como protección y verifique
si aún tenía el bisturí que había sacado
de la sala de emergencias. Tenía a mi favor que estaba acostumbrada a la
penumbra y el intruso desconocía con que se encontraría.
Cuando vi una
silueta masculina que entraba muy despacio,
lo sorprendí a sus espaldas apuntando justo en la base del cráneo con la
filosa punta y manteniéndome a cierta distancia para que no fuera tomada por
detrás. En un inglés claro le infundí una orden que mi tono manifestaba
seguridad y resolución a realizar cualquier cosa en defensa de los pequeños…
— Kneel slowly and put your
hands over your head—
despacio arrodíllese y ponga las manos sobre su cabeza.
Mi cuerpo
manifestaba miles de sensaciones, estaba sumamente alterado mientras amenazaba
al sujeto. Ante la insistencia de mis palabras respondió…
—Si tú me lo pides estoy
dispuesto hacer lo que quieras…
Cuando escuché su
español claro y su voz suave de inmediato reaccioné y entre risas y lágrimas
solo se me ocurrió decirle…
—Por favor no me lo vuelvas a
hacer, por favor, te lo pido, por poco muero del susto.
Omar Giró sobre sus
talones y sujetando mi mano donde tenía el cuchillo de cirujano, me lo sacó con
delicadeza y en una ráfaga se acercó a mi rodeándome con sus brazos y me dio un
beso en mis labios que me tomó por sorpresa y me dijo…
—Sé que tenes muchas habilidades
pero no te veo muy familiarizada con ese instrumento.
Eres tan
encantadoramente irresistible que me sorprendes con tus reacciones y me haces
desearte mucho…—Y
acercaba aún más sus manos y su cuerpo para iniciar un acercamiento más íntimo
y profundo.
—Omar, por favor detente, no te
confundas, se que esta situación nos descoloca a todos, pero preferiría que
mantengas distancia, no permitas que te tenga desconfianza, respétame como mujer.
— ¿Te falte el respeto en algún
momento? —Dijo con sus grandes ojos almendra.
— ¡No! ¡No!... no quise decir eso, es
que no quiero que me malinterpretes y pienses que entre nosotros puede haber algo más que
amistad.
—Yo no te estoy pidiendo nada, solo es
eso… ¡amistad!, es un gesto de amigos, perdóname si te molesto no fue mi
intención.
— Es que no acostumbro a
responder a los impulsos, a no ser que tengamos algo en común.
— ¿Y no lo tenemos? —Dijo
sorprendido.
— ¡No! Omar— exclamé
alarmada, con una sonrisa en mi cara pues noté que no entendía el significado
de mis palabras y que no teníamos nada en común.
—Creo que nunca te di motivos para que
interpretaras que podía haber algo entre nosotros.
— ¿No me terminas de decir que somos
amigos? —Dijo confundido.
— Si, eso sí… — tratando de
acomodar mis ideas.
— Amigos, ¡pero no con derecho a roce!...
dije con autoridad y risa por las circunstancias.
— ¡No te comprendo! —Expresó
realmente desconcertado.
—Hay que difícil se me está poniendo
esto para explicártelo—dije tocando mi frente cansada.
Y era verdad, era otro lenguaje que hablábamos, estaba tomando conciencia que hablábamos
de relaciones de amistad y de
sentimientos entre dos persona de diferentes culturas, totalmente diferentes.
Se me estaba complicando el diálogo y nunca me había visto en una situación
similar.
Mientras hablaba y
trataba de explicarle mi punto de vista, note que no soltó en ningún momento mi
cintura y cada vez hablaba más cerca mío para no despertar a los niños.
—Omar a ver si nos entendemos, tú
con tus amigas, con tus compañeras de trabajo, ¿tienes acercamientos o relaciones
intensas?
— ¡No te entiendo!, ¿qué es para
vos relaciones intensas? —Expresó con las cejas contritas.
Fue cuando me
dispuse hacer directa y hablar sin rodeos, así como viene la cosa….
— ¿Tienes sexo con tus amigas?
— ¡Seguro!, eso es parte de
nuestra amistad, es una manifestación más de nuestro aprecio— lo
expresó con suma seguridad y sin ningún miramiento.
Quedé impactada y
mis ojos se lo hicieron notar. Dejaron al desnudo que estaba sorprendida por su
respuesta. Era notorio que no compartía el mismo criterio. Cuando su respuesta
me dio lugar a decirle…
—Bueno ahí está la diferencia
entre tu manera de pensar y actuar a la mía. En una relación de amigos, aún de
diferente sexo no tengo ese tipo de acercamientos, es como que solo eso se
ajusta en una relación de pareja. Una pareja tiene relaciones intensas,
intimas, tienen sexo.
— ¿Me estás diciendo que no te
permites tener sexo con alguien que se te brinda total y enteramente como
amigo, compañero, cómplice? ¿Y que diferencia tiene con una pareja?
—El << amor>> Omar,
el <<amor>>, una gran diferencia—marcando con énfasis mi
discrepancia.
— ¿Qué… tu no amas a tus amigos? —Comentó sorprendido.
— ¡No! en la figura literal de la
que hablas. —Dije
con total seguridad.
Era un diálogo
fluido, franco, rico en contenido, donde cada uno ponía su postura sin censurar
ni imponer nada al otro, escuchándonos e intercambiando ideas u opiniones.
—Yo quiero muchísimo a mis amigos
y de hecho tengo dos amigos varones que nos conocemos desde pequeños pero jamás
nos permitimos intimidar entre nosotros, se mezclaría mucho las relaciones.
— ¿Cómo es eso de no intimidar?
Como me gusta como hablas, ¡te escucharía horas!
Y si, sin duda era
una forma diferente la que estábamos hablando a lo que estábamos acostumbrados,
el daba prioridad a sus deseos.
—Te pregunto… ¿te enamoraste
alguna vez Omar?
— ¡Muchas! —asegurándolo.
Su respuesta me
dejo sorprendida y comencé a darle una descripción de manifestaciones y
sensaciones corporales que se perciben cuando una está enamorada, que noté que
le resultaba atrapante y mucho más sorprendente mi descripción. Ante su
silencio y expresión casi con asombro le dije…
— ¿Me entiendes? Una relación de
pareja es mucho más, es un sentimiento profundo, único que no se quiere
compartir porque es solo tuyo y quieres esa exclusividad. Compartir secretos,
mantener un lazo de intimidad. Nos necesitamos el uno al otro y deseamos estar
juntos en todo momento. Hasta la ausencia temporal te duele.
— ¿Tú sientes eso? —Dijo con
un gesto de asombro.
— ¡Si, y perdóname!..., pero no
es hacia ti, sino hacia el hombre que me espera y al que amo— respondí
respetuosa y segura.
— ¿Y no te parece una relación
muy asfixiante? estar demasiado pendiente de él y no actuar por ti misma.
— ¿Te parece que no actúo por mí
misma? ¿Te parezco sometida?... Yo tengo una vida, amigos, padres y una
profesión en mi país que me gustaría compartir con él y te aseguro que son
totalmente opuestas.
— ¿Y cómo vas hacer para
equilibrar esas dos vidas?
— ¡Esa es buena pregunta, Omar!…
pero justamente confío en el amor, en el presente y en el futuro que podamos
armar los dos juntos como pareja. Una vez escuche que a mayor profundidad, mayor aceptación y
eso es lo que espero entre nosotros. Confío que si realmente lo nuestro es
fuerte y se sustenta frente a las diversidades, nuestro sentimiento se afianza
con el tiempo, se acepta y modifica todo.
— ¿No tienes miedo a tanto
desafío amoroso?
— ¡Y quién no!... Pero justamente
es lo mejor del amor, aceptar, luchar, responder a lo que mi corazón me diga y
me lleve, mirar las cosas con relatividad, porque me despego de mi misma, de mi
ego para compartirlo con mi pareja, con mi ser amado.
Mientras
transcurría el diálogo note que estaba hablando con el deseo, él corazón y la
necesidad de tenerlo a Federico cerca mío, deje volar mi sentimiento y mis ojos
comenzaban a manifestar mi tristeza y
angustia por la falta de no tener a ese hombre que se me había instalado en mis
venas. Noté que Omar percibía mi tristeza y que mi fortaleza demostrada hasta
el momento se estaba desvaneciendo. Me tomó de la mano, me la besó con palabras
dulces y su mirada tierna me dijo…
—Que afortunado es de tener una
mujer que pueda expresar con palabras tan dulces y mágicas, tanto sentimiento.
Es encantador escucharte, me pasaría horas, ¿pero te consulto? ¿Él lo sabe? ¿Se
lo has dicho como a mí me lo explicaste?
Y fue cuando tome
consciencia, recapacite que nunca había hablado tan francamente y espontáneamente
de mis sentimientos como lo había hecho con Omar. A Federico le había
demostrado con mis actos, mi interés y
mi entrega total pero nunca le había dicho con palabras lo que realmente sentía
por él. Cuando le expresé….
—Tal vez no se lo dije como a ti,
pero sé que él lo sabe y que ambos sabemos que nuestros sentimientos son muy
fuertes, aunque debo reconocer que nos debemos muchas charlas.
—Eso quiere decir que tienes sexo
con él….
—Sí, porque lo amo y fue mi único
hombre.
Se quedó en
silencio unos minutos y tomo una de mis manos y me la beso suavemente, me miro
con sus grandes ojos y dijo…
— ¡Que afortunado es! Que lealtad
de sentimientos y que privilegio tiene. Eres tan pura de espíritu, de alma y cuerpo, entregada a él en
todas sus formas. Tus palabras es un canto de esperanza ante tanta destrucción
que se vive en estos días.
— ¡Y tú!, luego de lo que te
conté, ¿amaste a una mujer?
—Luego de la cátedra de
relaciones sentimentales que he tenido, debo decirte que no llegue ni a una
cuarta parte de tener las emociones que describiste.
Me tomó de la mano
y nos sentamos en un espacio que encontramos en la gran alfombra rodeados de
los pequeños y continuando nuestro diálogo por infinidad de temas y vivencias
de cada uno. Me sentía feliz luego de sus preguntas y mis respuestas, que se
encaminaban siempre a ese hombre tan deseado por mí. Era como blanquear mis
sentimientos en voz alta.
— Puedo pedirte una última cosa,
como amigo, ¿sin ser algo tan
provocativo como el sexo? —Dijo con una sonrisa.
— ¡Porque me suena que será
difícil lo que me vas a pedir! —dije con una sonrisa en los labios.
—Conozco tus ojos y son hermosos,
¿puedes quitarte por un momento la túnica, es decir el hiyab de la cara, para poder recordar tu rostro
completo?
Con suaves
movimientos fui desprendiendo prolijamente para recordar luego como lo había
hecho Malak. Cuando quedó sobre mi falda y al descubierto todo mi rostro y
cabello note su asombro que de inmediato expresó…
—Te imaginaba bella, tus ojos
resaltan en el negro de la túnica, pero eres sorprendentemente hermosa. Entiendo a tu hombre, debe de estar
desesperado en perderte en esta comunidad musulmana donde no es común ver
mujeres con tu figura.
Desperté en la
mañana con la caricia de las manitos de unos de los pequeños que me pedía algo
de comer. Cruzando los pasillos, se podían ver los patios que conducían a las
madrazas, cúpulas o minaretes. Si bien esta estaba en muy buen estado no dejaba
de ser un refugio con clase pero encarcelados sin posibilidad de comunicación o
contacto con el mundo exterior.
Esa tarde, le había
enseñado a Yamil a jugar en las instalaciones, a las escondidas, donde me había
sentido feliz en sacarle por primera vez a ese niño tan pequeño una sonrisa
genuina. Había empezado una búsqueda
haciéndome la distraía porque había visto su pequeña silueta detrás de una de
las columnas a la que pronto se me desdibujó. Llegando a la sala de oración, donde pensé que estaría
oculto, una figura masculina vestido con túnica y un rifle en la mano me tomo
por sorpresa del cuello y comenzó a
gritar en arameo llevándome a empujones al medio del pasillo.
Pude notar que la
expresión de todos palideció y Yamil corrió donde estaba el resto de la gente con llanto y
deseperación. El dialogo de Omar con
este hombre era tranquilo para calmar a
la bestia que ajustaba cada vez mas mi cuello con su brazo, quitándome el
aliento e inmovilizándome. No entraba en discusión, quería su libertad pero yo
era su salvoconducto.
Durante el traslado
de la mezquita de Al –Fath, se había filtrado entre las mujeres y niños para no
ser capturado y por eso estaba solo con un arma, donde habían llevado a algunos enfermos, mujeres y niños para su
posterior identificación. La discusión no tenía fin y para mí mucho más, con su lenguaje desconocido, note que lo que quería, en forma imperativa e
inflexible, era resguardar su persona, su libertad y que los militares no lo
apuntaran sino yo sería la primera que sufriría las consecuencias. Casi a la
arrastra, alcanzo a llevarme a la
almimbar, que era el pulpito, donde en su forcejeo logro sacarme la túnica que
tenía en la cabeza y su sorpresa fue mayor al ver mi cabello y comprobar que no
era musulmana. Ya no se trataba de uno de ellos a quien tenía como rehén, era una extranjera que poco le interesaba.
A empujones me colocó en una habitación alfombrada donde solo había una puerta
de acceso y salida, lo que implicaba que estaba acorralada, no tenía forma de
salir. Su inseguridad y locura, hacía que se moviera de un lado a otro del
cuarto pronunciando palabras sin sentido para mi entendimiento y sin descubrir cuál
sería su próximo paso a seguir. De inmediato se escucho el sonido de los
minaretes del lugar y de la zona, estos tenían como función principal proporcionar
un punto para la llamada a la oración o
adhan.
Se realizaba desde el Musallah, a través de
micrófonos a un sistema de altavoces, donde estábamos nosotros, debajo de la
cúpula en la sala de oración, sala contigua de donde nos encontrábamos y su
sonido era ensordecedor. Se hincó en un
ángulo de la habitación y de rodillas con sus manos junto a su cara comenzaba a
decir plegarias y a balancearse adelante y atrás como en suplica. Por un
momento dejo su arma a un costado y mil
cosas se me cruzaron por la cabeza, pues jamás había usado una y el solo verla
me daba escalofríos. Minutos después se escucho que en el exterior los militares lo llamaban a la reflexión para
que depusiera su actitud y me dejara en libertad, cosa que mucho lo enfureció y
fue que ante tal amenaza se dirigió a mí, me tomo del cabello en alza y con una
orden me indicaba que me colocara de rodillas propiciándome puntapiés,
rodillazos en mis costillas y varios golpes de puño en mi rostro. No sé cuánto
tiempo transcurrió el estar a solas con ese hombre que era capaz de cualquier
locura con tal de lograr su objetivo, solo sé que escuchamos el tercer llamado
a la oración, dolorida y asustada por
sus ojos de venganza.
Continuaba en un rincón amenazada con un
arma a la que se había sumado una navaja que acercaba más a
mi cuello y rostro cuando escuchaba los llamados desde la puerta. Su ira iba
creciendo a medida que su cansancio lo
dominaba y por el ocultamiento del sol, la única entrada de luz era la de
una ventana, en una de las altas paredes y a esa hora se había esfumado. Solo
percibía su presencia por su respiración agitada pues no lograba verlo.
Fue la noche más
larga de mi vida. Quede despierta apoyada sobre la pared que era mi única
aliada con el temor que en cualquier momento se despertara y se lanzara sobre mí
con cualquier intención. Con los primeros rayos de luz, comenzó el
hostigamiento y el diálogo de militares detrás de la puerta a lo que respondió
en forma agresiva acercándose nuevamente donde me encontraba. Inesperadamente
me tomó de los pelos y con su navaja
apuntaba mi garganta pues era eminente que la puerta cedería en cualquier
momento. Y en escasos minutos eso fue lo que ocurrió…
Al ver nuestro
estado, los ojos de los militares y médicos ante la imagen de ver la escena quedaron perplejos,
puesto que en perfecta sintonía se volvieron un paso atrás. Continuaba dirigiéndome
con mis cabellos en mano y pretendía
llegar a un acuerdo cuando sentí que su navaja se deslizaba por mi cabello y caía
un mechón, siendo mi cuerpo escudo ante las armas que lo amenazaban. Era obvio
que yo no le importaba y quería hacer el mayor daño posible y ante la situación
planteada, me jugué, en un acto impulsivo,
coloque un codazo con todas mis fuerzas en sus genitales logrando que aflojara
su presión hacia mí y me tire al piso,
cuando les di el blanco justo a los militares, para dejar su imagen en
libertad de acción y arremeter contra él.
Salí entre las
piernas de los que obstruían la puerta, cuando vi extendiéndose la mano de Omar que esperaba mí salida de ese funesto
lugar. No quise mirar la imagen de ese
hombre que no hubiese dudado en apuntar su arma o ajustar su navaja en mí, sin
medir consecuencias y de inmediato me llevaron a una sala donde atendían a los
heridos. Los médicos y Omar con sus órdenes, me curaron unas heridas en mi
cuero cabelludo por el impacto y la resistencia que opuse en un principio y
algunos golpes que habían dejado su huella en distintas partes de mi cuerpo y
rostro. Eran detalles menores a toda la destrucción y muerte que había visto en
los últimos días. Pero mucho me impacto ver a Yamil, con sus ojos llenos de lágrimas
y con un mechón de pelo entre sus manos ofreciéndomelos con sus manitos ajadas
y secas por el mal trato de una infancia poco feliz.
Fue donde tomándolo de los brazos y aún con mi cuerpo dolorido lo abrace muy
fuerte y lloré, lloré, no por mi cabello, sino por una infancia perdida en un
mundo feroz, donde por primera vez me pregunté donde estaba Dios que no ayudaba
a estos pequeños. Omar intentaba ofrecerme hasta lo que no estaba a su alcance
para calmar mi angustia. Mi cuerpo era un nudo de nervios y temblores que
comenzaban a delatar los efectos del
cansancio y deterioro a una jornada muy difícil. Trató con cuidado de
acomodarme en una camilla, arropándome como un chico para mitigar mis temores y
tensiones.
Me habían colocado
un sedante para lograr dormir un poco, sentía que mi cuerpo era ajeno a mí, no
había sector que no me doliera.
Luego de dormir
unas largas horas, entrada la tarde escucho entrar a la habitación a Malak que me despertó
con una cálida sonrisa y ayudándome con
mi cuerpo dolorido a bajar del catre donde me habían depositado, me dijo…
— ¡Ven!... esto es un regalo de
la vida.
Y en el pasillo vi
a una joven cubierta en sus ropas típicas, con su cara desprotegida llorando y
abrazando a Yamil a quien le respondía con abrazos y caricias. La imagen era
conmovedora nos enterneció a todos. Los
militares habían realizado los contactos y la búsqueda necesaria para dar con
el paradero de la madre de Yamil que no era su nombre real sino que su madre lo
llamaba acariciando su tez morena Kosei,
que quería decir león.
Los médicos
hablaban del cuidado y demás tratos que
el pequeño había recibido y que en el momento de estar en la mezquita de
Al-Fath fue llevado con su padre, que
ante la confusión se había perdido entre la cantidad de gente. Su abrazo de
despedida fue tan tierno que sentía que me estaba quedando sin fuerzas. Su
madre, en su idioma, solo me prodigaba palabras de agradecimiento. Si tan solo
supiera que su hijo fue el sustento para soportar tanta miseria, destrucción y
dolor, que era lo que en mis últimos días había vivido. Su hijo me había dado esperanzas en un país
tan hostil y donde no me había dado una buena bienvenida.
Cuando volví para
la sala a sentarme en una silla porque mi cuerpo lo requería Malak me dijo
suavemente…
— ¿Quieres que te arregle el
cabello, si algo puedo hacer en ese nido que tienes?
—Debo estar espantosa, ni quiero
acercarme al espejo, sería mi peor enemigo.
—No importa tu aspecto, lo que
más valioso tienes es tu interior— admiraba las reflexiones y la paz interior que
tenía Malak al hablarme.
Y me deje a la
voluntad de sus manos suaves, que con cariño acariciaban mi cuero cabelludo
maltratado y dolorido, unas manos amigas me querían demostrar su compasión, ante lo sucedido.
— ¿Te parece un recogido con una
trenza?, tienes un hermoso cabello y mucha cantidad aunque te lo quisieran
cortar —esbozo con una sonrisa.
—A tu hombre ¿cómo le gustas?
— ¿Cómo sabes de mí hombre?, me gustaría saber algo de él. Me sorprende lo
serenas que estas en estas situaciones, tienes un temperamento admirable— le
expresé con ojos de gratitud por lo que hacía por mí.
—Omar se encargó de contarnos que alguien te
espera y quiere recuperate. —Dijo con
una leve sonrisa— y no lo creas lo de mi aparente
serenidad, es todo un aprendizaje
viviendo en un país donde siempre se está luchando por los derechos de las
mujeres y de los hombres. Una sociedad donde falta vivienda, donde tu mayor deseo de formar una
familia con amor, se ve frenada por la necesidad de que el novio tenga un piso
y muebles para ofrecer. Ahorrar lo
suficiente para conseguir una esposa puede llevarte diez o más años. Y eso si
lo logras, porque después del año vienen otras exigencias, es necesario
demostrar a la sociedad que puedes tener hijos de lo contrario es un problema
para ambos. Uno se va acostumbrando.
— ¿A qué te dedicas aquí? —Pregunte
con cierto recelo por miedo a incomodarla.
—Estudio letras y soy la
colaboradora de una escritora Nawal al-Sadawi, que no puede publicar aquí
porque es feminista y su libro,<< la cara desnuda de la mujer árabe>>
no se lo permiten difundir. Con ella aprendo mucho del mundo, de la vida y de
las costumbres de este y muchos países.
Me permite viajar en la imaginación. Y tener fantasías que en un futuro
pueda salir de este país y hacer mi propia familia, no bajo el régimen egipcio,
sino formada por el amor y en un país más libre. Creo en el amor.
—Y sin duda lo conseguirás,
tienes muchos encantos y objetivos muy firmes— dije mientras
continuaba tocando mi cabello con delicadeza.
Se hizo una pausa
en nuestro diálogo… Cuando expresó.
— ¿En que piensas… en lo que te
conté? ¿En tu hombre? —dijo con una voz tenue al notar mi silencio y mi
mente perdida.
— ¡Si! En qué ironía. Tú quieres irte de este país para encontrar el
amor y formar una
familia y yo que
vengo de un país libre de elección, llego aquí y encuentro el amor.
—Por eso no hay que perder las
esperanzas, tu hombre pronto vendrá a buscarte porque sabe que no puede
perderte. Estamos cerca, estamos cerca… ya pasó
lo peor, ahora debemos esperar que las aguas se tranquilicen y pronto
nos reuniremos con nuestros afectos.
— ¡Porque lo dices! ¿Qué sabes? —Le
pregunte ansiosa al ver que lo afirmaba con tanto convencimiento.
—Sé que están trabajando en eso y
pronto tendrás novedades. Ya estamos más cerca.
Las palabras de
esperanza de Malak me habían dado un poquito de optimismo y entusiasmo. Eso
logro que en la noche descansara mejor, aunque mis temores iban en aumento. En
la madrugada me desperté sobresaltada y un grito ahogado hizo despertar a Omar que se encontraba en el catre de al
lado. De un brinco se levantó al igual
que Malak y ambos trataban de calmar con palabras y caricias tiernas mi
angustia. Mi salud física se estaba deteriorando junto con la espiritual. Ya no
sonreía y más de una vez me habían sacado de mis pensamientos perdidos. Los
médicos del lugar estaban preocupados por mi salud y luego de lo ocurrido,
aunque habían visto mi felicidad por lo
de Yamil-Kosei, notaban que ya iba perdiendo energías.
A la mañana
siguiente, desde la entrada de la mezquita un militar pronunciaba mi nombre y
alcancé a ver una imagen en jeans y camisa donde mi rostro se iluminó y comencé
a llorar sin parar. Fui en su búsqueda todo lo más rápido que podía y él se
acercaba pero mi imagen borrosa no me permitía distinguir en su totalidad el
perfil del hombre que se acercaba y a medida que me iba acercando se me
desfiguraba cada vez más el parecido a Federico. Me extendió los brazos y me
abrazo fuertemente donde mi sonido de dolor hizo ver sus ojos tristes, con
expresión de cansancio y agotamiento que no eran común en él, pero que expresaban
tanta alegría como los míos. No era Federico era Fernando que había llegado en
mi búsqueda .Tenía en mi cabeza mil preguntas, dudas, angustias y ruegos, pero
sabía que debía esperar.
Me despedí de
todos, incluyendo de Omar que acercándose a mi oído me pregunto…
— ¿Es tu hombre? ¿Ese es el
hombre afortunado?
— ¡No! Es su amigo, él me espera
en la embajada.
— ¡Mucha suerte!... te deseo lo
mejor, tendré en cuenta muchas cosas que aprendí contigo.
Fue un saludo
especial y su abrazo fue muy intenso, que encerraba las vivencias compartidas.
Solo atiné a tomarlo de las manos y a decirle una cosa…
— ¿Puedo pedirte algo?
— Lo que quieras—respondió
seguro de sí mismo.
— ¡Quiero que encuentres el
amor!, que lo disfrutes, que te
apasiones con una mujer… ¡por lo menos inténtalo!...
—Lo haré….Recordaré cada palabra
tuya.
Omar, dirigiéndose
a Fernando, con su mano sobre su hombro le dice…
—Hermano, lo único que te pido ¡cuídala!, tienen un diamante
transformado en mujer.
Nos conducimos en
un camión militar para ir a la Embajada
y con nosotros se sumo Malak y Rasí que le buscarían un destino más seguro
hasta su posterior reencuentro y traslado a donde se encontraba toda su familia que quedaba a las afueras de El
Cairo, en un pueblo campesino, lejos de este infierno.
La despedida fue
muy emotiva y fue un abrazo sentido y profundo el que manifestamos delante de
los guardias y del mismo Fernando. Si no hubiese sido por ella y compartiera su
amistad, no podría haber soportado las
vejaciones, agravios y ultrajes que se habían cometido con todos nosotros. Ella
continuaría camino y yo, debajo del camión, con mi mano en alto saludándolos,
me limitaba a entrar tomada de Fernando para caminar hasta la gran puerta al
encuentro de Federico. La entrada de la gran casa blanca al frente me parecía
eterna y note que mi cuerpo estaba
cansado y que no mostraba una imagen de lozanía. Mientras llegábamos a su
encuentro Fernando me ponía al tanto de lo sucedido, el ataque al auto diplomático,
había dejado consecuencias muy dolorosas. En la emboscada Tamir había sido
alcanzado por una bala y había fallecido, la búsqueda de mi paradero, el
malestar internacional por lo sucedido con civiles, entre ellos mujeres y niños
que nada tenían que ver con estas manifestaciones que fueron presas de sus intereses. Pero a toda su
charla nada me decía de Federico, ¿porque no era él que había ido a buscarme?
¿Que era más importante que nuestro reencuentro…? Cuando vi la imagen, dio una
explicación real de los motivos.
En la embestida al
auto diplomático cuando nos dirigíamos al aeropuerto, Federico fue capturado
por los hermanos Musulmanes y lo confundieron con un agente del gobierno, donde
lo tuvieron dos días cautivo y le propiciaron
una buena golpiza.
Mi encuentro fue
contenido, fue un abrazo a medias y sin poder manifestar todo lo que tenía
reservado o como hubiese deseado. Tenía
una bota de rehabilitación en la pierna derecha a la que se sostenía por una
muleta, un sujetador en el brazo izquierdo
y su cara presentaba signos de haber tenido un encuentro poco agradable.
Igual fue tan
emotiva y cariñosa como si nos hubiésemos abrazado. El se sorprendió mucho por mi estado. Mi imagen era deplorable. Había
dejado atrás a esa niña rica, prolija y elegante a pasar a ser una mujer con turbante, aunque mi cara estuviera despejada. Mi
ropa estaba rota, manchada de sangre y
muy deteriorada por los escombros de lo vivido. Con los movimientos mi túnica
había caído sobre mis hombros, llevaba parcialmente el cabello descubierto con
la trenza que me había realizado Malak desarmada y desprolija.
—A juzgar por tu apariencia no te
fue tan bien con tus palabras conciliadoras—dije a tono
risueño para romper la imagen impactante de tanto dolor.
— ¡Creo bonita que vos tampoco venís del spa! —Dijo con su mayor cara de tristeza.
Y nos fundimos en
un abrazo que podía percibir nuestra ausencia.
El también había tenido golpes en su rostro, sus grandes ojos
presentaban un arcoíris más que el azul propio
de su mirada, mostraban tristeza y
preocupación y su figura donde no se
veía tan enérgico y pujante como la imagen de la última vez.
— ¡Déjame verte!—Dijo en
tono de desesperanza a lo que en forma disuasiva y restando importancia le dije…
—Había un musulmán que no le
gustaba mi presencia en la mezquita.
Sentía pudor en
abrazarlos, Ema miraba con lágrimas en los ojos la escena y fue cuando en un
acto de aflojar la tensión existente dije…
—Mejor que ni se me acerquen pues
un zorrino huele mejor que yo… necesito urgente un baño.
— ¡Si, si señorita! ya le preparo
todo—salió como flecha Ema para
organizar todo.
Con su voz muy
suave y acercando nuestros rostros me dijo…
—Creí que te había perdido y mi
desesperación me volvía loco.
—Estoy bien, solo son heridas que
con el tiempo se van a curar… ¿pero tú no te ves mejor? ¿Cómo te sientes? —Dije mirando mejor su
aspecto.
—Bien, me estoy recuperando,
mañana me sacan la bota, no te inquietes es por precaución, estoy fuerte.
—Pero dime tú ¿qué te sucedió que
estas tan desmejorada?
—No te preocupes, nada que un
buen baño y una buena comida puedan
solucionar…
Pero sabía que
había algunas heridas que me llevarían mucho tiempo olvidarlas y quedarían en
mi retina para siempre. La brutalidad de los hombres y una sociedad marcada por
las creencias ideológicas y fundamentalistas,
habían dejado estampadas a una mujer muy
distinta de la que había comenzado el viaje.
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