Capítulo
26
El fin de semana ya estaba recuperada por haber podido decir lo que
sentía, como si hubiese ido al mejor de los terapeutas, que sin duda lo eran,
porque eran mis mejores amigos. Desperté
a la mañana con mil proyectos en la cabeza. Mientras desayunaba preparaba mi agenda
y consideré conveniente ir al Spa para
recobrar energías y dedicarme a mi persona. En horas del mediodía y casi
dispuesta a marcharme todo el día sonó el timbre y sospeché que eran los chicos,
pues no habían tocado el portero. Atendí la puerta sin preguntar y me encontré
con la imagen de un hombre de ropa sport
y cara conocida que me decía apoyado en el marco de la puerta…
—¿Me
invitarías a pasar?
Mi asombro casi impedía mi respiración y con un hilo de voz dije…
—¡Fernando!¿
que haces aquí?, pasa por favor—dejando paso a su figura dentro del
gran living de mi departamento.
—¿Cómo estás?¿Cuándo
regresaste?—Pregunté cómo sin importancia, pero no era así lo que sentía, no quería
mostrar la ansiedad que me causaba su presencia. Al verlo mi corazón se me
salía de mi pecho, porque de alguna manera era como estar con una parte de Federico.
—Hoy muy
temprano, me imagine que a esta hora te encontraría por eso no vine antes.
—¿Y a
que se debe tu visita?, ¿venís como correo?— Pregunte con
un tejo de ironía.
—Primero
te quiero aclarar que Federico no sabe que vine a verte. No vengo de mensajero,
solo vengo como amigo. Porque me considero amigo de los dos.
—Bueno
eso es un problema, porque no podes estar en los dos bandos—dije
con una sonrisa socarrona y ofreciéndole una copa.
—¿Cerveza,
vino o champagne?... para recordar viejos tiempos.
—No es
tu estilo ser irónica, tu perfil es dulce y componedor—dijo con una
sonrisa y mirándome a los ojos.
Me sentí avergonzada pues se estaba
comportando como un caballero y de mi
parte solo recibía hostilidad. Consideré oportuno cambiar mi postura y ser cordial
en el trato.
—¿Almorzaste?
te puedo ofrecer…—No me dejo terminar la frase que dijo con simpatía…
— Solo
un café, porque quiero que me escuches y no estés a la defensiva conmigo.
—Ofreciéndole
una taza de expresso y sentándome en el sillón le dije…
—¡Te
escucho!
Comenzó a remontarse en mi estadía en Egipto y el primer incidente
cuando me fueron a buscar con Felipe. Debo reconocer que al principio escuchaba
sus palabras con cierto fastidio cuando hizo referencia a mi estadía en Egipto,
pero hubo un nombre en todo el relato que hizo que mi atención se enfocara a su
narración mucho más atentamente. Nuevamente en esta situación aparecía el
nombre del Príncipe…
— ¡Disculpa!...
¿cómo me dijiste que se llamaba el
Príncipe…?
—Príncipe
Munir Kalar, el que te iría a buscar, si no te sacaban del refugio Federico y Felipe, donde te tenían encerrada.
Mi mente comenzó a tomar un giro inexplicable, mi mente estaba abierta
al diálogo y su relato empezaba a tener por primera vez un significado para mí.
De inmediato a la asociación corte nuevamente su relato y…
—
Perdona la interrupción, pero se me están aclarando las ideas, ¿es el mismo que
estaba en el departamento de Federico?
—¡ Así es, el
mismo! El mismo que Federico tuvo que hacer un trato para que no te tomara en
su poder y pertenecieras a una de sus mujeres por el capricho de verte y tener
tu documentación. Estando en Egipto y
pasando por lo que pasaste, como extranjera y soltera, estos hombres no tienen
piedad y se creen que se pueden adueñar de uno como si nada. El dinero todo lo
paga. Eso es lo que él trato de negociar. ¡Tu libertad ¡ ¿recuerdas? fuiste
testigo cuando te entrego tus pertenencias en aquella caja dorada famosa, que
todos quedaron sorprendidos y felices,
porque créeme las negociaciones diplomáticas para liberarte no fueron fáciles.
En este viaje del Príncipe ante
la situación reinante en Egipto, quería apretar a Federico y fuera de los intentos de ambas Embajadas de aceptar
sus peticiones, se instaló aquí para presionar más de cerca y lograr que su
hija saliera del país, para tener una vida mejor y no corriera riesgos, ni le pasaran facturas políticas que está dejando marcadas en el país. Ese favor que
quería cobrarse el príncipe, era que Federico se ocupara de instalar a su hija
a su cargo, cosa que el aceptar, sería un compromiso encubierto y el no estaba
de acuerdo en aceptar tal arreglo. Nunca lo aceptó ni lo aceptará. Eso llevó días de reuniones, de explicaciones
, pero no vencido, el Príncipe igual realizó su último intento de viajar hasta
aquí y presionar a Federico, junto a su hija sacándola de Egipto, con el riesgo
que eso implica. Hoy como amigo y a espaldas de Federico vengo a contarte esto,
porque los quiero muchísimo a los dos y no quiero que se destruyan. En breve
tendrás noticias de de su regreso, pero
me sentía muy mal si yo no te contaba en detalle lo sucedido. Porque sé que
todo surgió como un mal entendido. Sabías que no me negarías una visita y
posterior explicación.
Su relato continuó y me dejó
impactada su versión ya que como decía Pía, ahora sí, estaban todas las fichas sobre la mesa y podía entender la conducta y el accionar de Federico.
Todo ocurrió en un clima distendido y como era habitual en nosotros, el
diálogo e intercambio de ideas fluía
tocando todo tipo de temas. Ya se podía ver que en mi rostro tomaba otra
expresión diferente y había abandonado
la idea del Spa porque era mucho más agradable todo lo que tenía para
contarme. Entrada la tarde- noche me
propuso ir a cenar y fue inevitable mi pregunta…
—¿Y tu
novia Fernando? ¿Sabe que estas en Argentina?
—Lo de
Silvina fue, Fátima. Fue un encuentro de amigos, nada tan fuerte como lo que
tienes tú con Federico.
Y escucharlo de su amigo fue como una inyección de energía y optimismo
que hizo brillar mis ojos aún más.
—
¿Aceptas la invitación?—Dijo esperando una respuesta.
— ¿Me
puedes esperar a que me cambie?—dije con sorpresa.
—¡ Por supuesto!,
adelante…
— Ponte cómodo
ya vuelvo, sírvete lo que gustes—dije conduciéndome hacia mi cuarto
donde se encontraba mi baño en suite. Estaba feliz de alegría, por primera
vez veía una luz en mi futuro y en el
panorama de mis últimos días.
Me pegue una ducha rápida, me recogí el cabello en una cola de caballo
y me vestí con un conjunto de pantalón, camisa y pullover largo en color crudo
con botas al tono. Era un look informal pero arreglado pues no sabía donde
iríamos, sabía que seguiríamos hablando
de Federico y eso me entusiasmaba mucho.
En el restaurante elegido por Fernando nos encontramos de casualidad con
Andrés y Ana quienes nos invitaron a sentarnos con ellos en la mesa. Estaban
festejando un ascenso de Ana en su trabajo y Andrés dueño de una clínica médica
porteña, no paraba de saludar a gente conocida vinculada con la práctica.
Había algo que me intranquilizaba, Fernando en todo su relato me decía
que pronto llegaría Federico a la Argentina,
pero no largaba en todo el diálogo aproximación de día o fecha. Llevábamos unas cuantas
semanas luego de su partida y cada vez
que le preguntaba evadía la respuesta. Estaba ansiosa. Necesitaba tener más
detalles. Pero debía tener paciencia. Habíamos adelantado mucho con toda la
información que me había suministrado. Solo debía tener fe, como decía Pía.
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